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jueves, 29 de enero de 2026

La Capa del Cura


 

La Capa del Cura

En tiempos de Mari Castaña, vestían los hombres de pana, sayas largas, las mujeres, el cura, capa y sotana.

Iban llenos de remiendos, ¡aquello era una locura! Pobres de solemnidad, y entre ellos, también el cura.

Su capa cae a pedazos, está llena de jirones; no la sabe remendar, solo dar buenos sermones.

El cepillo de la iglesia no le saca del apuro; pobres son sus feligreses, no recauda ni un duro.

Al alcalde pide auxilio, convocan una reunión; con todo el pueblo delante, les da esta explicación:

—"El cura tiene un apuro de solución inmediata: se le cae la ropa a trozos y necesita una capa".

Las mujeres se marcharon, demostrando mucha cara; no soltaban ni una perra para que el cura se tapara.

Pero los hombres cedieron, ¡aquello fue una locura! Y a escote pagaron todos la capa nueva del cura.

Más al verle tan gallardo, ¡se vuelven a cabrear! Pensaban que aquel dinero... ¡Era para irse a capar!

Y así termina la historia de aquel pueblo y su locura, que por no entender de telas... ¡Dejó "sin capar" al buen cura!

La Confusión de María


 

La Confusión de María

—Te veo triste, María, cuenta qué te ha ocurrido. —Una desgracia tremenda: ¡se mató mi marido!

—No me lo puedo creer, noticia tan inesperada; si te llevabas bien con él, cuarenta años casada.

—Era un ser fabuloso, de lo bueno, lo mejor, pero perdió la cabeza haciéndome el amor.

Le entraron los sudores, no podía terminar, pegó un salto de la cama y se fue a duchar.

Abrió la puerta del armario, no sabía lo que hacía, y al verse frente al espejo ni él mismo se conocía.

Solo le escuché decir: «¡Estoy metido en un lío! Me cortará los pinreles si me descubre el marido».

Le dije: «Ven a la cama, que yo soy tu mujer». No me hizo ni caso y salió a todo correr.

Estaba fuera de sí y ocurrió lo peor: abrió la puerta y cayó por el hueco del ascensor.

Y ahora lo velo con pena, aunque me causa pavor: ¡se mató por miedo a sí mismo creyéndose su invasor!

La Pesadilla del Millonario


 

La Pesadilla del Millonario

Un millón de euros, gané en la primitiva, me sacó de mis casillas y dio un vuelco a mi vida.

Compré un apartamento, mi primera decisión, quería vivir solo y pasármelo cañón.

Contraté a un abogado de un famoso consorcio, me costó mucha pasta tramitar el divorcio.

Adquirí un deportivo que corría como un diablo, era tan sofisticado que no supe ni arrancarlo.

Fui a un gran restaurante con platos de degustar, no supe meterles mano y me quedé sin cenar.

En una agencia de chicas contraté a una señorita, la tía estaba de lujo y costó una buena guita.

Pero al verla desnuda, casi caigo desmayado, era un guapo travesti bien dotado y operado.

¡Tremenda situación! y por miedo a la calvez, retrocedí paso a paso, culo contra la pared.

Tantas emociones juntas me dejaron hecho papilla, ¡qué alivio fue despertar de tan loca pesadilla!



En Busca de la Castaña.


 Crueles éramos de niños, a veces una desgracia. Ver llorar a un compañero nos hacía mucha gracia.

El pobre perdió una vaca al borde de la montaña. La vaca tenía nombre: se llamaba "la Castaña".

Llorando desesperado, preguntó a una mozuela si alguno había visto la castaña de su abuela.

Nos partíamos de risa, uno añadió con saña: —"Pregúntale a tu abuelo, que él conoce la castaña.

Él sabe bien cómo está: si está cruda o está asada, si la mantiene con pelos o ya la tiene pelada".

Seguimos con la crueldad, mientras él seguía llorando; nosotros, dando por saco, nos seguíamos burlando.

Al fin halló a la Castaña paciendo allí en el prado, con la tripa bien rellena... ¡El chico quedó encantado!

Se difundió la noticia, lo supo el pueblo entero. Y le marcó para siempre: hoy le llaman "Castañero".

El Cristo y la Calderilla


 El Cristo y la Calderilla

Unos diez años tenía, al correr esta aventura: entré en una ermita vieja, sin pedir permiso al cura.

La presidía un buen Cristo, antiguo y crucificado; la gente le daba ahorros, él perdonaba el pecado.

Poco pecaba esa gente, era humilde y muy sencilla; no tenían ni un billete, solo daban calderilla.

Eran unas cinco pelas, para mí mucha fortuna; el Cristo no las gastaba, ni salía de la cuna.

Entré por un ventanuco, ¡vaya si me hizo sufrir! Recogí las monedas sueltas, pero no pude salir.

Aquel Cristo me juzgó, allí me quedé encerrado; no salía por donde entré, y era muy alto el tejado.

Al rato pasó un amigo, le llamé con gran presteza; él me ayudó a escapar, tirando de mi cabeza.

Liberado del castigo, salté feliz y contento; ¡la que me habría caído, si el cura me pilla dentro!

Compré muchos caramelos, y le di uno al buen Cristo; para que me perdonara, por si acaso me había visto.

Aún recuerdo aquel aviso, que el Señor me habrá mandado; le llevaré más dulces... ¡Y el trato queda cerrado!



Diagnóstico de un paseo


 

Diagnóstico de un paseo

Al escribir sobre esto, nada tengo por certeza; son ideas algo absurdas que rondan por mi cabeza.

Los matrimonios maduros, que se observan paseando, sin miedo a equivocarte, sabes cómo van marchando.

Si se cogen de la mano y van a la misma altura, el matrimonio funciona: ese es el amor que dura.

Si ella camina delante y él la sigue cabizbajo, es ella el jefe en la casa... ¡él la manda al carajo!

Si acaso fuera al revés y ella camina detrás, es un tipo de mal genio que impone su autoridad.

Si van a la misma altura, pero existe separación, falta poco para el divorcio: se está rompiendo la unión.

Si uno acelera su paso y el otro camina lento, es que no quieren ni verse: se agotó el experimento.

Si la lleva de la mano como quien va arrastrando, no es por exceso de ganas... ¡Es que se está meando!

Si es ella la que tira como si fuera un lastre, al pobre le queda poco: está ya para el arrastre.

Ese amor de toda la vida es una quimera pura; no tiene caducidad: siempre dura... lo que dura.

Que el amor no es un contrato, ni una meta, ni un destino, es solo el arte complejo de aguantarse en el camino.

La jaca y el pigmeo


 

La jaca y el pigmeo

Un amigo me rogó que le echara una mano: tenía una chica de sobra y solo tenía dos manos.

Rápido dije que sí, no lo dudé ni un segundo, dicen que así se las ponían al gran Felipe Segundo.

Tras las presentaciones, me quedé muy asombrado: la chica tiene más carne que mi peso duplicado.

Salimos pronto a bailar, más al querer abrazarla, sus pechos dan en mi boca y no logro ni abarcarla.

Salimos luego a pasear, yo me iba acomplejando: ella era una buena jaca, yo un pigmeo a su lado.

Para darle un buen beso tengo que dar saltitos; lo máximo que consigo es darle unos poquitos.

Descarté llevarla al catre (que fue lo que pensé primero), pues no llegaría a la cima al no ser yo montañero.

Una conquista tan fácil no la pude aprovechar; al sentirme tan pequeño lo tuve que abandonar.

A veces tanta abundancia no da muy buen resultado; con la mitad de mujer me habría conformado.

Travesuras de Niño.


 La llegada hacia mi pueblo, era un camino de carros. A veces con mucho polvo, y otras con mucho barro.

A mitad del recorrido, lo cruzaba una corriente. Con cuatro piedras en medio, así cruzaba la gente.

Vi llegar a la maestra, y empecé a imaginar: ¡Con la falda tan estrecha! ¿Cómo lo podrá cruzar?

Observé los alrededores, y miré sus pantorrillas. Se había subido la falda, por encima de las rodillas.

Estando a mitad del charco, a mí se me fue el "tarro". Empecé a tirarle piedras, para llenarla de barro.

Quieta encima de una piedra, me sentí muy emocionado. Fue mi pequeña venganza, por haberme castigado.

Fácil era esconderse, entre el bosque y la maleza. Rápido escapé de allí, con soltura y con presteza.

Hizo mil investigaciones, y además cogió un catarro. Pero nunca descubrió, quién la puso así de barro.

Travesuras que recuerdo, y de las que me arrepiento. Ella era buena persona, y hoy su castigo lamento.

miércoles, 28 de enero de 2026

La Cuarta Juventud


 

La Cuarta Juventud

Al salir de un baile, me quedo medio flipado, contemplando a una pareja al ver que habían ligado.

No es una discoteca de jóvenes embalados; es la salida del baile del hogar de jubilados.

¿Es amor lo que destilan? Al verles esa actitud, dirías que están en forma... ¡en su cuarta juventud!

En mitad de la calle les viene un apretón: se pegan un buen sobo, paran la circulación.

Parecen dos tortolitos vestidos como pinceles; al terminar con él sobo, ella busca sus pinreles.

Se ve que son de su agrado al seguir caminando: ella se aprieta a su lado, y se los sigue tocando.

Pierdo el campo de visión, me siento algo atontado. ¿Será verdad lo que vi? ¿O será que lo he soñado?

Me pellizco, estoy despierto: fue pura realidad. ¡Qué bonito es vivir eso, más en la tercera edad!

Un placer electrizante


 

Un placer electrizante

Treinta años estuvo a oscuras la pobre de la Manuela, sin conocer la corriente, siempre alumbrada con vela.

Al fin le ponen la luz, no sabe cómo apagarla, sufre por si llega el cobro y no sabe desconectarla.

Buscó el método barato, el sencillo y más fiable: para cortar el contacto, unir y desunir el cable.

Sintió una descarga leve, al ser la corriente baja, un cosquilleo especial que la serena y relaja.

Se dio cuenta la Manuela de que el mal se le remedia: ¡vale más que diez orgasmos hacer de toma de tierra!

Con cables en los pezones, todo su cuerpo temblaba, la dejaba como nueva... ¡y jamás se embarazaba!

Pasaron así los años, sin apenas novedad, hasta que subió la fuerza de aquella electricidad.

Con la salud resentida y la potencia más fuerte, recibió tal sacudida que le produjo la muerte.

Si el alpiste le gustaba, no murió de la cirrosis; el médico dio el informe: —¡Murió de una sobredosis!

Ni el vino ni los varones le dieron tal alegría, murió con los pelos tiesos ¡bendita sea la energía!

La Confesión de la Bisabuela.


 La Confesión

Necesito confesar, que soy una pecadora: uso la cama de noche y también a cualquier hora.

—Eso no tiene importancia, a veces son cosas tontas; prosigue con tu relato... ¿Dime cómo te lo montas?

—De lado, de boca arriba, probé todas las posturas para calmar los picores y bajar las calenturas.

Al quedarme en pelotas, pongo debajo una almohada, con las rodillas arriba me siento más relajada.

Si no me quedo hacia el techo, uso un gran almohadón, que me levante el trasero... ¡qué cómoda posición!

—Soy un cura y soy un hombre, y no dejo de pensar en todas esas posturas que me hacen hoy pecar.

Eres oveja perdida, quizás una entre mil, ya hallarás el camino para volver al redil.

Perdonaré tus pecados, ¡pues a eso es a lo que vienes! Para darte penitencia... ¿dime cuántos años tienes?

—Los próximos a cumplir serán ya los noventa; puede haber diferencias, pues ya no llevo la cuenta.

—Vete en paz, hija mía, ¡eso son buenas señales! Rezaré por ti al Señor, que Él te cure de tus males.

Se marchó la pobre anciana, cojeando y muy sonriente: —¡Lo que hace la artrosis, padre, en el cuerpo de una inocente!

El mozo que suplió al toro


 

El mozo que suplió al toro

Tiran del carro con fuerza, una vaca y un gran toro, pero el buey sufre un traspié y se quiebra el hueso solo.

Padre e hijo, desolados, se ponen a cavilar: ¿cómo llegar hasta el pueblo? Allí no pueden quedar.

Lanza el padre juramentos, el hijo ni uno solo; está en plena juventud y decide suplir al toro.

Tira con garbo del carro, ¡avería solucionada! La vaca lanza un mugido y se queda enamorada.

La noticia, al conocerse, fue malinterpretada; para enredarlo aún más, la vaca estaba preñada.

Cien vacas se concentraron en la plaza del lugar, todas mugiendo a la vez, haciendo el hierro sonar.

Para ellas es un ídolo, ¡un auténtico toro bravo! Y al verlo pasar de cerca, todas levantan el rabo.

Ante tanta cornamenta y aquel coro de mugidos, no le quedó alternativa: escapó dando alaridos.

Nadie sabe a qué lugar, dicen que llegó al infierno; le cogió miedo a las vacas y pavor a cualquier cuerno.

Desde entonces, por los campos, corre el mozo sin descanso, que prefiere ser soltero a ser buey en un remanso.


 

Pan negro y manos de campo


 

Pan negro y manos de campo

Es un recuerdo a mis padres, que cultivaban el campo. Comiendo siempre pan negro, no conocieron el blanco.

Pienso que vale también, para la inmensa mayoría; esa que vive del campo, de la caza y de la cría.

Si la cosecha era buena, se celebraba un fiestón; si venía un año malo, reinaba la resignación.

Su vida era muy sencilla, de contadas emociones. Se comían el tocino y vendían los jamones.

Lo mejor de aquella vida: no vivían estresados. Trabajaban para ellos sin estar asegurados.

No disponer de dinero tampoco era un problema. Ellos cantan y ellos bailan si tienen la tripa llena.

Gastaban las calorías, no había la obesidad. No existía ese problema en aquella sociedad.

Sin inventos tan modernos, su vida era diferente: no tenían gas ni luz, ni tampoco agua corriente.

Dejo aquí mis sentimientos, por si los quieren guardar. Que no se pierda en el viento, lo que hoy les vine a cantar.



El Artillero Retirado


 

El Artillero Retirado

Surgen problemas diarios, que ella no llega a entender; que no apuntemos con tino, no lo logra comprender.

El cuarto de baño es siempre foco de mil discusiones; nos consideran a todos unos torpes y meones.

Si uno se casa muy joven, el punto de mira es alto; y cuando vas a la faena, el tiro sale con salto.

En la mediana edad, ya se empieza a desviar; se marcha hacia los costados a la hora de apuntar.

En la tercera edad, si no lo haces sentado, con la pistola oxidada se va para cualquier lado.

El cierre ya no funciona, el cañón se ha encogido; recuerdas cuando era nuevo y te quedas afligido.

Ellas usan sus compresas, no se les escapa nada; nosotros no disponemos de una funda preparada.

Tendría que ser de goma, que se pudiera estirar... Solucionaría problemas, ¿los podéis imaginar?

Moraleja:

Así que, amigos queridos, no perdáis el buen humor, aunque el tiro sea torcido o ya no tenga el vigor. 

Mejor mear sentados, evitando el "chaparrón", ¡que así dormiremos tranquilos sin broncas en el salón!

Anatomía del Arte 1


 

Anatomía del Arte 1

Reunión en el convento: pésima es la situación. La superiora pretende encontrar la solución.

«Estamos en bancarrota, no se arregla con rezar; hay que ponerse las pilas y empezar a trabajar.

Las que sepan cocinar, preparen ya magdalenas. ¡Batan muy bien esos huevos, que así quedarán más buenas!

Pero lo más novedoso, el negocio más seguro: aquella que sepa pintar, ¡pinte hombres al desnudo!».

Pintados por una monja... ¡Sería el gran invento! Ganarían buen dinero, salvarían el convento.

—¡Sor María, eres artista, pintando haces diabluras! Pinta tíos bien desnudos, deja ya de pintar curas.

Pintó al hombre perfecto, de medidas especiales, pero se quedó muy corta al trazar los genitales.

Es una obra perfecta, es como vivir un sueño, pero todas coinciden: «Su aparato es muy pequeño».

Como no tenía idea, se pone a investigar; buscará pronto un modelo para poderlo copiar.

No pretendo ser pesado, que esto se va prolongando... Pasaré a otro capítulo, ¡que ella siga investigando!

La Anatomía del Arte 2


 

La Anatomía del Arte

La investigación la guía, al que la puede enseñar: Teodoro el jardinero, el que viene a podar.

Se lo pide por favor, pero no la tiene dura; el tamaño es similar al que busca en la pintura.

«Está muy poco rellena, la tienes muy arrugada; como no aumente su talla, no me sirve para nada».

—Para ponerla en su punto, te tienes que desnudar. Con esos sayos tan largos, ¿cómo se va a enderezar?

Pensó estar en el cielo de lo bien que le venía; veloz se quitó la ropa y comprobó la medida.

La prueba y la reprueba en todas las posiciones, buscando para su cuadro las mejores dimensiones.

Diez años para pintarla, nunca se queda conforme; le dice a la Superiora: «Este trabajo es enorme».

Al fin terminó el cuadro, las deja muy sorprendidas; conocen lo que faltaba... ¡hasta saben las medidas!

Es un lienzo muy especial, exclaman todas a coro: «¡Conocemos al modelo, es el pene de Teodoro!».

El Festín de los Gorrones


 

El Festín de los Gorrones

La Demosingracia empieza, salta el pueblo de alegría; creen que es método perfecto que arregla la vida mía.

Ahora es mayor de edad, la seguimos protegiendo, pero muchos a su sombra se están aprovechando y yendo.

Compiten desesperados para llegar a la meta; todos quieren el triunfo para chupar de la teta.

La vaca de cien mil tetas es una pura ficción, la dejarán en los huesos al haber tanto chupón.

El ciudadano currante no llegará nunca a meta; es un puro espejismo: no probará de la teta.

Contemplará la carrera como mero espectador; en esta competición no siempre gana el mejor.

El consenso no existe, solo lanzan sus sermones; nadie es culpable de nada: ¡una panda de gorrones!

Unos le chupan la sangre, otros le sorben los sesos; al pueblo llano y sencillo solo le dejan los huesos.

Si no estás de acuerdo o no le ves la gracia, procura pasarlo bien... ¡E ignora la Demosingracia!

La Carpeta deApuntes


 Paseando por el parque, bajo una tenue brisa, pasaste por mi lado caminando con prisa.

Diste tal acelerón, sin haber cerca una meta, que algo raro ocurrió: se te cayó la carpeta.

Tus apuntes volaron, ¡vaya amarga faena! Te ayudé a recogerlos con el alma de pena.

Dijiste: "¡Muchas gracias!", toda tú avergonzada, y admiré tu hermosura en tu cara sonrojada.

Esa flecha llegó, me sentí emocionado; te ofrecí mi presencia para andar a tu lado.

Difícil que a la primera aceptaras compañía; con discreto silencio... "Nos vemos otro día".

Soñaba cada noche, los días eran lentos; por volver a encontrarte esperaba el momento.

Llegó el día esperado, pero murió mi gozo al verte acompañada del brazo de aquel mozo.

Como estatua quedé, no quise volverte a ver; pasé un mes en la cama sin ganas de comer.

Tú no supiste nunca la anemia que sufrí; han pasado los años... y aún me acuerdo de ti.

El Epitafio del Finado


 El Epitafio del Finado

Tenía una gran obsesión: coleccionar varios finos; solo quería reunir botellas de buenos vinos.

Ni comía ni bebía, su mujer le regañaba: —¡No sé para qué las guardas si nunca te bebes nada!—

Cuando uno nunca bebe, ya se sabe lo que pasa: el hombre se quedó tieso, se murió como una pasa.

La viuda se quedó sola, sin tener nada que hacer; rodeada de botellas, también le dio por beber.

Noche y día andaba ebria, sin poderlas terminar; buscó ayuda en su agonía con el borracho del lugar.

Visitan al pobre muerto, sobre su tumba bailando; se trincan varias botellas, se terminan mareando.

En una noche de invierno, a bajo cero los grados, se duermen sobre la losa, mueren allí congelados.

EPITAFIO Aquí yacen tres personas, ¡ved por qué causa murieron!: uno fue por no beber, ¡los otros porque bebieron!

El último deseo


 

El último deseo

A veces surgen amores de una manera muy burda; es lo que siente este hombre, que tiene fe en su burra.

Era su ojo derecho, se hacía pronto querer; el hombre la había criado, pues su madre murió al nacer.

Ella le correspondía, en la cuadra rebuznaba; se restregaba contra él, pedía que la rascara.

Fue su medio de transporte, siempre callada y sumisa; se ponía de rodillas cuando él asistía a misa.

La mujer sentía celos de aquel amor desmedido, y a veces llegó a decir: «¡Vaya mierda de marido!».

Se fueron distanciando hasta llegar a enviudar; solo le queda la burra en quien poderse apoyar.

Llegó el fatídico día que a todos nos va a llegar: la burra estiró la pata sin poderlo remediar.

El hombre se hallaba solo, sin nada que compartir; esperando ya la muerte, no quería más vivir.

Se apagó muy lentamente, como vela consumida; pidió que lo sepultaran junto al amor de su vida.

El Bautismo del Recluta


 

El Bautismo del Recluta

Me toca cumplir la mili, llego un poco encogido, va a cambiarme la vida un mundo desconocido.

Sabía que los veteranos me harían las novatadas; pocas eran simpáticas, casi todas, cabronadas.

Primera noche en el cuartel, nos obligan a formar; dicen que fuimos de putas y hay que desinfectar.

A formar todos desnudos, luciendo los atributos; limpieza de las pelotas y lavado de canutos.

Betadine con alcohol, los dos muy bien mezclados; pintando con una brocha, nos dejan desinfectados.

Todos allí soportamos los tremendos escozores; con lágrimas en los ojos, aguantamos los picores.

Corriendo vamos al baño para lavarnos deprisa; los cabrones que lo hicieron se partían de la risa.

No eran ni oficiales, eran de enfermería; con gorros y batas blancas, nadie los conocía.

Todo el cuartel se enteró, pero allí no pasa nada; eran cosas muy normales: sufrir una novatada.


Cuestión de puntería


 

Cuestión de puntería

Dos días de separación, el marido y la mujer; él le pregunta enseguida: —¿Cariño, qué hiciste ayer?

—Me aburrí más que una ostra, ya no sabía qué hacer; me tiré más de una hora y no lo logré meter.

—Sería que estabas nerviosa, perderías la paciencia; llevas años haciéndolo, no te falta la experiencia.

—A veces no lo recuerdo y confundo lo primero; se pone a temblar el pulso, no acierto en el agujero.

—Para meterlo mejor, lo primero es chuparlo; así se pone más tieso, ¡tú procura recordarlo!

Le das unos lengüetazos, le retuerces la punta, procura guiñar un ojo, media vuelta... y apuntas.

Si no entra a la primera, olvida pronto el asunto: lo lames una vez más y le encontrarás el punto.

—Das consejos sin saber, pareces una "Maruja"; ¡la próxima vez vienes tú y metes el hilo en la aguja!

Guisos, Pedos y Recuerdos


 

Guisos, Pedos y Recuerdos

Cuando yo me críe, tenía muchos caprichos: robar peras y manzanas, ir al campo a cazar bichos.

A veces cazaba ranas, se las llevaba a mi madre; las echaba a las patatas, ¡estaban de puta madre!

Si le añadía unas setas aún estaban mejor; con un pájaro añadido, eso era lo superior.

La comida era variada, el aderezo muy fino: dos gramos de pimentón, cinco gramos de tocino.

La col era la estrella de comida tan variada; valía como primero, como carne y ensalada.

Repollo con pimentón... ¡Me chupaba bien los dedos! Si solo comía eso, tiraba muy buenos pedos.

Con los corruscos del pan, un sopicaldo de ajo; en cazuela de barro, eso estaba de carajo.

Primero y segundo no sabía que existían; a veces me conformaba con una comida al día.

Escribiré mis recetas en un libro chiquitín; con él espero me den una estrella Michelin.

El Pájaro y el Gato


 

El Pájaro y el Gato

Encontré un pequeño pájaro, casi a punto de expirar; le di aire boca a pico y empezó a reaccionar.

Lo guardé entre mis ropas, allí encontró el calor; se repuso lentamente, se sintió mucho mejor.

Le cacé varios insectos, le hice una buena papilla; se puso como una rosa, estaba de maravilla.

Qué orgulloso me sentía, supe salvar una vida; era casi mi mascota, él me pedía comida.

Mis amigos del colegio me miraban admirados; ellos también lo intentaron, pero todos han fallado.

Lo sentía como un amigo, casi de mi propiedad; no entendí que todo pájaro necesita libertad.

Llegó ese temido día en que me dejó de lado; desde mi hombro voló hasta el filo del tejado.

No conocía los peligros, no tuvo tiempo al esfuerzo; lo cazó un gato negro... y le sirvió de almuerzo

Aquel gato negro, no me hacía mucha gracia, Cada vez que lo veía, ocurría una desgracia..

El Vago Redomado.


 

Propuesta corregida

Siempre apuntado al paro, vago hasta el aburrimiento, buscando mil excusas, viviendo siempre del cuento.

No le importa el gobierno, pasa de las elecciones; su única preocupación es tocarse los cojones.

De las normas él pasaba, órdenes no admitía; no nació para el trabajo, sí para vivir la vida.

Ni mujer quería, ni hombre; el tío pasaba de todo, vivía una vida feliz según sus normas y modos.

Un día se pone malo de un resfriado normal; es vago para ir al médico y menos al hospital.

Se queda en la cama sobando, va muriendo lentamente; se da cuenta de que no sale una vecina de enfrente.

Estando ya en las últimas, difícil es de curar; le presentan al cura por si quiere confesar.

—Confiesa tus pecados, así podrás ir al cielo; si te arrepientes de todo, te servirá de consuelo.

—Cuando miro para arriba (que solo es de vez en cuando), no sabría cómo subir... ¡Y no pienso ir andando!

Eso debe estar muy lejos; me tiene que garantizar que pondrán una ambulancia y me tienen que llevar.

Bebe Indeciso.


 En un trayecto de tren, de muy largo recorrido, viaja sola una mujer, con su niño y sin marido.

El crío, de corta edad, se agarra una gran rabieta; la madre, por calmarlo, le ofrece pronto la teta.

Sigue con su pataleo, la cosa va para peor: —¡Nene, si tú no la quieres, se la doy a ese señor!—

El hombre, muy sorprendido, no está para desperdiciar; se cambiaría por el niño para poderla catar.

El nene, sin hacer caso, no encuentra la solución; ella intenta calmarlo con el pecho en exhibición.

—Cariño, toma la teta, que ya no puedo aguantar; como sigas despreciándola me va, incluso, a explotar.—

Va por la enésima vez con el mismo resultado; el hombre, que ya no puede, está supercabreado.

—¡Decídase de una vez!— salta el tipo sofocado—, ¡que hace doscientos kilómetros que tendría que haber bajado!

El Pajar de Santiago


 

El Pajar de Santiago

Estando en un pueblo viejo, me acabaron de contar una historia de amorío ocurrida en un pajar.

De esos pajares de antes que nos narran el pasado; este conserva su nombre: es el Pajar de Santiago.

Era el nido de dos amantes para darse un achuchón; usaban la paja larga, que les servía de colchón.

Deciden hacerlo desnudos por si surge algún problema; están de acuerdo los dos: tienen una estratagema.

Están a media función y no pueden terminar... se va abriendo lentamente la puerta de aquel pajar.

La madre encuentra a su hija, que está en pelota picada, rezando allí de rodillas con las manos enlazadas.

Aparece de pronto el novio, entre pajas y desnudo, gritando: "¡Soy Santiago!", con un susto cojonudo.

"¡Desnúdate, pecadora! ¡Confiesa tus pecados! Me envían del más allá, estoy cumpliendo recados".

La estrategia les funciona, pues se aterroriza la madre; él se larga a todo trapo por si aparecía el padre.

La madre, desnuda, reza; salió lo que programaron. ¿Será verdad o mentira? Es lo que a mí me contaron.

"El Boticario de los Cincuenta"

 

"El Boticario de los Cincuenta" 

Boticario en esos tiempos, mejor que ser diputado; él hacía los análisis, a veces muy bien cobrados.

Al picarle a la mujer, revisa el buen boticario: —"Mejor yo le saco el pis, no me use usted el calvario".

—"Venga cuando esté cerrado, traiga el asunto lavado; que si lo trae algo sucio, sale el pis contaminado".

En su cómoda camilla la tumbaba lentamente; pedía abrir bien las piernas para extraerlo caliente.

—"Cuando apague yo la luz, meteré un aparato; relájese, cierre el ojo, y disfrutará un rato".

Es de lo más avanzado que existe hoy en medicina; de última generación para sacar bien la orina.

—"Sé que es un profesional y sabe lo que está haciendo; si no fuera el boticario, diría que me está jodiendo".

Si la dama estaba buena, la técnica fallaría; no salía bien la muestra... ¡Y siempre lo repetía!

Era un oficio de chollo, era un hombre respetado; ponía fácil los cuernos y encima... ¡Era bien pagado!

La cárcel es un chollo


 La cárcel es un chollo

En España ir a la cárcel, es lo mejor de esta vida: sales rejuvenecido y te sobran las queridas.

Al entrar se les ve a todos con la cabeza agachada, pero salen aplaudidos y con la mano levantada.

Se los disputan mujeres a las que se cae la baba: «¡Quiero estar a tu lado! ¡Seré tu amor y tu esclava!».

Allí se hacen los trasplantes y se quitan la barriga, salen hechos unos pinceles, por abajo y por arriba.

La prensa siempre los busca, salen en televisiones; les pagan las entrevistas, ¡es un chollo de cojones!

Con mi pensión tan pequeña y mi mujer de siempre, me vendría bien un desfalco si el valor no se me arrepiente.

Cosas tan llamativas no entran en mi cabeza; es algo que no comprendo y me deja de una pieza.

La justicia no funciona, la ley no se respeta, como esto siga así... ¡se irá todo a la puñeta!

El Huerto del Amor


 

El Huerto del Amor

Odios entre las familias, con años de antigüedad, impedían a los jóvenes hallar la felicidad.

Eran odios heredados, un rencor casi milenario, pero a veces, de la nada, surge algo extraordinario.

Entre un mozo y una moza, de la misma y corta edad, el silencio era la norma por aquella rivalidad.

Tienen los huertos pegados, bien cerquita, por vecinos; ella con buenos tomates, él con hermosos pepinos.

Él sueña con el tomate, mas no piensa en ensaladas; no se atreve a pedirlo: ¡son familias enfadadas!

Cansada ya de tomates, ella ansía aquel pepino; se armó de valor un día y se acercó a su vecino.

Era difícil negarse a tan dulce petición: tomate con el pepino, ¡qué buena combinación!

Estando los dos de acuerdo, probaron la ensalada... El pepino "repite" mucho: ella quedó embarazada.

Al enterarse los padres, se llevaron el disgusto, pero a ellos no les importa: ¡viven los dos muy a gusto!

Se terminaron los odios cuando aquel nieto les vino. ¿Unos culpan al tomate? ¿Otros culpan al pepino?

La Vida es un Carrusel.


 La ves floja y no la tocas, verla llena es una gozada; pasas el día mirándola, alegre y entusiasmada.

Vives pensando en ella, no la puedes olvidar; si un día la notas floja, te llegas a enfermar.

Te mola verla tan firme, que parece que va a explotar; pero no pienses tanto en ella, aprende a disfrutar.

La vida es un carrusel, a veces llega la pena; no seas tan egoísta, es difícil tenerla llena.

Al cogerla entre tus manos, la miras emocionada; pero después de usarla, la dejas medio arrugada.

La besas, la acaricias, ella llena tu existencia; mientras el marido aguanta con bendita paciencia.

No permites que la toquen, no la quieres compartir; como un día te la birlen, seguro vas a sufrir.

Ella es tu primer amor, y es una verdadera pena: el segundo es el marido... ¡Si la cartera está llena!


La Jaca Desperdiciada.


 Una señora mayor recuerda con ilusión, que al cumplir los dieciocho la llamaban "el bombón".

Los hombres se detenían, alelados y mirones, y las braguetas sufrían reventando los botones.

Cuchicheando entre dientes, todo el mundo comentaba: —"¡Vaya jaca tan potente, quién fuera quien la montara!".

Tan impresionante era que su belleza asustaba; por miedo a que los barriera, nadie se le declaraba.

Fueron pasando los años y ella se quedó esperando, a ver si algún buen valiente se ponía a su tamaño.

El tiempo nada perdona y, casi sin darse cuenta, de pesar ochenta kilos pasó a pesar los cincuenta.

Y aquellos de su edad, a los que ella impresionaba, hoy están viejos y rotos y ya nadie dice nada.

De poco le sirvió entonces nacer tan linda y percherona; va a morir virgen la pobre, triste, sola y solterona.

Eran tiempos de complejos, de hombres poco decididos, que no salían de caza si el conejo era crecido.

Yo también la conocí y nunca llegué a pensar, qué joya tan exquisita se fuera a desperdiciar.


Pieza de Colección

 


 En eso se equivocaron: se amaron locamente. Hoy ya no pueden hacerlo, y lo tienen muy presente.

Su cabeza aún funciona, y a veces tienen las ganas; se animan uno al otro y se van hacia la cama.

Pero no hay nada que hacer, aunque ella esté dicharachera; le hace mil filigranas y no encuentra la manera.

La noche se vuelve larga, el sueño ya se escapó; queda tiempo para hablar de todo lo que pasó.

—Me acuerdo de lo que hablabas: "aun de lejos yo te veo, para mí tu cuerpo es un objeto de deseo".

Ahora no nos miramos, ni juntos ni separados; tú no quieres ver arrugas... ¡ni yo el "trasto" desinflado!

—Tu escopeta ya no sirve, no funcionas en la cama; para mí tú solo eres un viejo cantamañanas.

En la vida todo pasa, nos van cambiando el guion: ese objeto de deseo... ¡Hoy es pieza de colección!

El Hueso Olvidado


 

El Hueso Olvidado

Nos enseñaron que el Señor nunca se equivoca en nada, pero a nosotros, los hombres, nos hizo una gran putada.

Que nos quitó una costilla... ¡no me lo puedo creer!, si tenemos las mismitas el hombre que la mujer.

Si contamos las costillas, ninguna se echa en falta, pero al mirar el pene... ¡Ahí un hueso nos falta!

Ese hueso fue el que usó para crear a la mujer; si nos lo hubiera dejado, daríamos más placer.

Al carecer de ese hueso, está la mujer cabreada, y nos dice cuando doblas: "¡Ya no vales para nada!".

Yo le doy muchas vueltas, y la idea que me cuadra es que Dios vio el futuro... ¡Y es socio de la Viagra!

Si nos lo hubiera dejado, estaríamos más atentos, iríamos más a misa y andaríamos contentos.

Hubo discriminación, perdió aquí el ser humano; se le olvidó al Creador ese hueso peneano.

En fin, que somos los únicos bajo el cielo soberano, que envidiamos al del perro ¡por su hueso peneano!

Tiempos de Siega y Sotana"


 

 "Tiempos de Siega y Sotana"

Los padres y los abuelos siempre dando sus sermones, advirtiendo a las muchachas que evitaran ocasiones.

Decían que el hombre es malo y, ante cualquier distracción, las dejarían preñadas en el primer apretón.

En contadas ocasiones nos dejaban retozar, a los mozos con las mozas si no había que trabajar.

Pero al llegar el verano la sangre se iba alterando, y entre el calor del rastrojo se andaba el brazo estirando.

Para segar corría el vino, lo poníamos dulzón, por si el cuerpo se alegraba y surgía la ocasión.

Y las pobres de las mozas contenían su deseo; que mostrar el entusiasmo en aquel tiempo era feo.

Época de privaciones, muy jodida y muy oscura, donde todo era pecado y mandaba siempre el cura.

Ahora, cuando nos juntamos, recordamos las segadas y lo mucho que sufrieron por vivir tan recatadas.

Ya todos somos abuelos, ni el vino nos sienta fino; se marcharon los deseos, todo importa ya un pepino.

Nos queda solo nostalgia de lo que pudo haber sido, diciendo: "si yo naciera otra vez... ¡No me habrían contenido!".



Culpables: Los Calzoncillos


 

Culpables: Los Calzoncillos

Las familias de antes tenían muchos chiquillos; la culpa, en esos tiempos: ¡el uso de calzoncillos!

Fabricados con lino, duros, bastos y sudados, de tanto rozar los huevos se los dejaban morados.

Al trabajar en el campo con pantalones de pana, locos por llegar a casa, cenar y entrar en la cama.

Estando ya desnudado, llamaba él a la parienta para que viera sus partes y de ellas se diera cuenta.

La mujer miraba bien a su querido marido: —Los calzoncillos te rozan, lo tienes todo escocido.

No tengo ninguna crema para esas zonas tan tiernas; para aliviar el dolor, ¡mételo entre mis piernas!

Así, todas las noches, sus heridas van curando; mientras hace de enfermera, la tripa se va hinchando.

Con tejidos más modernos ya no rozan calzoncillos; no se trabaja en el campo y se hacen menos chiquillos.

La Seguridad Social quebrada, los gobiernos preocupados: si no nacen más niños, ¿qué cobran los jubilados?

Invertir la pirámide ya sería un caso extraño; queremos más libertad y no ropa de hace un año.

La cita del pediatra


 

La cita del pediatra

Sale del metro deprisa, como cualquier pasajera, tiene una cita pendiente y lleva una teta fuera.

Su teta es voluminosa, los hombres van alucinando; con la prisa no nota siquiera que todos se quedan mirando.

Las mujeres comentan al paso: «Es una moda pasajera, se ve mucho en los desfiles llevar una teta fuera».

«Es normal en las modelos, están firmes y moldeadas, pero estas rompen las normas, parece que están hinchadas».

Con la hora fija en su mente, ella se va sofocando, y su teta asoma más, parece que va agrandando.

En la sala de espera, no causa gran sensación, los presentes solo piensan: «¡Vaya pedazo de hinchazón!».

Al verla entrar, el pediatra la mira muy extrañado: «Yo no reviso los pechos, es en la puerta de al lado».

«¡Mil perdones, doctor! Soy una gran despistada, ¡por darle teta a la niña... la dejé en casa olvidada!».

Olvidarse a la nena. Eso es una puñeta: a mí me vino muy bien y puedo ver una teta.

El hombre de los tres vinos


 

El hombre de los tres vinos

Al terminar la jornada, se pasa por el bar chino, y pide que le preparen sus tres vasitos de vino.

No los quiere de uno en uno, ni pide mucha rapidez, pero sí que se los sirvan los tres vasos a la vez.

El primero lo dedica al dulce amor de su Luisa, lo saborea con gusto y no lo toma con prisa.

Para el segundo le pide que le ponga una pajita, lo sorbe muy lentamente brindando por la Paquita.

El tercero lo levanta y lo mira al trasluz, se lo trinca de un soplido brindando por su salud.

Más la costumbre le cambia al decirle un día al chino: —Ponme solo dos vasitos de tu mejor vino—.

El tabernero, intrigado, le pregunta: —¿Qué pasó? ¿Acaso Luisa o Paquita... alguna de ellas murió?

—Siguen las dos con salud, hermosas y de buen ver; ¡soy yo el que se ha propuesto que dejará de beber!

Humo, Yemas y Pinzas


 

Humo, Yemas y Pinzas

Lleva años con el humo, ya no puede respirar, no le queda más remedio que dejarse de fumar.

Ya se puso los parches, esos de la nicotina, no le dieron resultado, probó con la medicina.

Se pasó al electrónico, ese que suelta vapor, unos días sin el vicio se sintió mucho mejor.

Pero volvió a engancharse, no valen las medicinas, es difícil resistirse a las putas nicotinas.

Fue a consultar al médico, por si le podía ayudar, con algún nuevo remedio que pudiera soportar.

—Dile pronto a tu parienta que te ponga huevos duros. ¡Tira todos los cigarros y deshazte de los puros!

Al no tener el tabaco, ni tampoco tener puro, ante el ansia de un cigarro... ¡Te comes un huevo duro!

—¡Si fumaba veinte piezas y de vez en cuando un puro! Yo no puedo merendarme esos veinte huevos duros.

La mujer, muy obediente, compró huevos a granel, se pasaba todo el día quitándoles la piel.

Se le hincha la barriga, va caminando pesado, y en lugar de echar el humo va por todos lados hinchados.

Con tantos huevos al día llegaría a reventar... ¿Por qué comer tantos huevos para dejar de fumar?

Volvió cojeando al médico, con la cara de un difunto: —O me cambia la receta o aquí se acaba el asunto.

El médico le miraba con sonrisa muy ladina: —Si no quieres comer huevos, tengo otra medicina.

Otro método fantástico es efectivo y muy nuevo: por cada vez que tú fumes... ¡Ponte una pinza en un huevo!

Estas dos grandes recetas las tienes que asimilar: ¡hace falta tener huevos para dejar de fumar!