Muchacho joven, en paro,
un año sin trabajar.
Ya no le queda dinero
y eso le obliga a pensar.
El pueblo no tiene industria,
las casas abandonadas,
hombres de la tercera edad
y viudas desesperadas.
Se le enciende la bombilla,
aunque con algunas dudas:
podría ganarse la vida
consolando a las viudas.
Es joven, sin compromiso,
nadie le va a reprender;
les cobrará muy barato
y encima le da placer.
Imprime unas tarjetitas,
las reparte en el buzón:
solo para las viudas,
con máxima discreción.
Veinte euros por asalto,
¡servicio garantizado!
Si no alcanza el punto G,
el servicio no es cobrado.
Tarda muy poco en llegar
la primera candidata:
llega sin ropa interior,
solo vestida con bata.
Él se queda emocionado,
hasta se le quiebra la voz.
También sin ropa interior,
solo lleva un albornoz.
Pronto empieza el combate,
él le dice con timidez:
—Avíseme con un suspiro
cuando llegue al punto G.
—Tú dale caña, cariño,
llevo años sin catarlo.
¡No sé ni leer ni escribir,
ni conozco el diccionario!