ES MUY FACIL PREDICAR
Hace ya muchos años, el domingo era sagrado. Era día de oraciones, pues así estaba estipulado.
Aunque fueran gente pobre de economía maltrecha, debían dar a la iglesia parte de su cosecha.
El cura, que mandaba tanto, vio a un hombre trabajando. Maldijo toda su siembra por no pasar el día rezando.
Con poco para sembrar, tuvo una mala cosecha. Su familia pasó hambre y quedó muy maltrecha.
Entre rezos pide a Dios que ocurra pronto un milagro, que le envíe el maná del cielo para poder comer algo.
Pero el maná nunca llega y la miseria acentúa. Se le ocurre al pobre hombre pedir una ayuda al cura.
—"¡Eres tonto del culo por creer en lo que digo! Una cosa es predicar, y otra es darte trigo".
Pasó un invierno tremendo, fue una etapa muy dura. Jamás volvió por la iglesia ni a fiarse de los curas.
Segunda Parte: El sudor y la tierra
Pasaron los calendarios, la nieve se fue fundiendo, y aquel hombre, con sus manos, un destino fue tejiendo. No esperó más milagros ni miró nunca hacia el cielo, buscó el pan en la fatiga y el consuelo en el suelo.
Labró de sol a sol, sin descanso y con empeño, siendo él mismo su maestro, su destino y su dueño. Y la tierra, que es agradecida con quien de verdad la cuida, le devolvió con creces lo que el cura le dio por perdida.
Sus graneros se llenaron, hubo lumbre en su hogar, y sus hijos, ya crecidos, no volvieron a rezar. Pues aprendieron la herencia que el padre les enseñó: "Dios no llena la barriga si el brazo no se movió".