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viernes, 30 de enero de 2026

Compañeros de Trabajo

 

Compañeros de trabajo, colegas de dormitorio. Todos éramos muy jóvenes, aquello era un jolgorio.

Casi todos responsables, sobre todo en el trabajo. Pero había mucho desmadre al acabar el destajo.

Trabajando en un hotel, con chicas de vacaciones, había material de sobra para muchas diversiones.

Todas las noches había tertulias con fantasía, y cada uno decía: «es más guapa la mía».

Había muchas discusiones sobre las mujeres tiernas, aunque bien nos valía la que separase las piernas.

Algunos con veinte años iban con una de cincuenta, con tal que ella invitara y pagara la cuenta.

Algunas peleas hubo, pero eso ya se olvida; lo mejor es recordar lo que te alegre la vida.

Cuando uno ya es abuelo, ¡cómo se acuerda de ellos! La juventud siempre deja unos bonitos recuerdos.

Todos teníamos motes, los tengo en mi memoria; me propongo escribir a cada uno su historia.

El Cuello del Pavo.


 

Años de los sesenta, media novia, medio amiga; proponerle hacer el amor era casi una osadía.

—"Yo solo puedo hacer eso dentro del matrimonio. Son tentaciones muy graves, son cosas del demonio.

Soy católica ferviente, hacer eso me humilla; lo más que te puedo hacer, si quieres, una pajilla".

¡Vaya con la puritana! Aquello era un tormento, y no paraba de pensar en darle un escarmiento.

La imaginación despierta al ver un pavo colgado; me hago con su pescuezo, lo más parecido al nabo.

En un cine muy oscuro, camuflado en la bragueta, le digo: —"Puedes empezar, hasta que la pongas prieta".

Empieza con ilusión, está dale que te pego; la chica no lo distingue, le estoy dando bien el pego.

Satisfecha mi venganza, ya me siento más ufano; me levanto muy alegre y se la dejo en la mano.

—"¡Me la arrancaste de cuajo! ¡Yo eso lo necesito! Me marcho corriendo a urgencias para injertarme otro pito".

—"Como a mí ya no me vale, mejor te quedas con ella; puedes hacer un cocido o añadirla a la paella".

El Burro y el "Milagro

 El Burro y el "Milagro"

Esa época pasada, cuando para ir al curro, se hacía el trayecto a pie o bien montando en el burro.

Esta es la curiosa historia que me contó una mujer; juró que era la verdad, yo no lo podía creer.

Solo queda un viejo burro y una burra resabiada; necesitan que la monte y que la deje preñada.

Él es ya demasiado viejo, no la puede ya montar; buscando que la fecunde, lo llevan a "comulgar".

Atan una soga al cuello, cortan su respiración; no puede ni rebuznar, no quiere la comunión.

Cinco mozos empujando, el pobre se está asfixiando; la sangre le baja al nabo, que se le va agrandando.

Es el milagro esperado, la gente está emocionada: lo suben sobre la burra para dejarla preñada.

Termina la desventura sin llegar a buen puerto: el burro estiró la pata, allí mismo quedó muerto.

Sin ese medio de transporte, no saben qué va a pasar; los trayectos son a pie y deciden emigrar.

Pasados ya muchos años, la historia produce risa: todos usan el coche y casi nadie va a misa.

Sueños de Juventud.

 Sueños de juventud: tener una novia hermosa, sin pensar que una algo fea te proporciona más cosas.

Tuve una allá en el pueblo que no era una hermosura, pero tenía de todo: era bruta y algo ruda.

Me hacía muchas caricias si me encontraba cansado; con sus ásperas manos me dejaba relajado.

Labios curtidos y gruesos... si me daba un chupetón, me dejaba un mes marcado luciendo aquel moratón.

Sus pechos eran enormes, yo estaba entusiasmado; al meter uno en la boca casi quedo asfixiado.

Darle un pellizco en el culo era pura fantasía: me quebré una vez los dedos de lo duro que lo tenía.

En el amor, ¿qué decir? Nunca llegué a la meta; sentía un enorme pánico al bajarme la bragueta.

Sabía que con sus manos tenía que tener cuidado: si me agarra el "pinganillo", lo deja despellejado.

Como estaba casi seguro de que no me abandonaría, no le hacía mucho caso, la dejé desatendida.

Ella quería algo serio, pretendía echar raíces. Se fue con otro y me dejó... con un palmo de narices.

La factura del autónomo


 

La factura del autónomo

Se quejan los gobernantes de la economía sumergida, pero si no falta el trabajo, hay que buscarse la vida.

No piensen que resulta fácil a la hora de ir a cobrar; siempre ponen muchas trampas para después no pagar.

Llamaron al fontanero por un par de averías, y tardó en repararlas tres horas y todo un día.

Al pasarle la factura, la mujer quedó asustada: —"¡Eso es mucho dinero! No estaba preparada".

—"Yo te podría pagar con un método algo raro: sería tuya medio año, que mi marido está en el paro".

Se fue con ella a la cama mientras iba desatascando... ¡Y
salió el marido del armario con un cuchillo gritando!

—"¡Eres un hijo de puta por lo que estás haciendo! ¡Ahora mismo te rajo si no te largas corriendo!".

Escapó a toda leche, creo que aún no ha parado; el pobre se meó encima... ¡Y sin haber desatascado!

Es una de tantas trampas en esta puñetera vida: son los riesgos que conlleva la economía sumergida.

Entre pitos y flautas


 

Entre pitos y flautas

Dos amigas se encuentran, han pasado quince años. Hablan de sus cosas, sus aventuras y apaños.

—Hija, yo me casé con aquel tan cariñoso. Tengo un hijo y una hija, a cada cual más precioso.

—Ahora cuéntame tú, que eras la perfección. Seguro que eres feliz con un guapo cuarentón.

—¡Qué más quisiera yo!, eso no llegó a pasar. Estoy soltera y sola, y aun sin estrenar.

—Mujer, en estos tiempos, eso no se llega a concebir. Demasiadas cosas raras te han tenido que ocurrir.

—Cuando tenía pretendientes, estudiaba sus defectos. Encontraba muchos fallos, no encontré al hombre perfecto.

Salí un tiempo con uno, guapo, educado y decente; eso no llegó a cuajar: era de la acera de enfrente.

Después salí con otro, este por recomendación; como tenía un Seiscientos, no encontré la posición.

Llegó el hombre soñado, se despertó mi pasión; fuimos a su apartamento... no me gustó su colchón.

Uno con bastante tripa, no quise ponerme debajo; no pudo hacerlo de pie, ¡otro que se fue al carajo!

Aburrida de los jóvenes, me pretendió un vejete; como la tenía floja, otro que se fue al garete.

Así que, entre pitos y flautas, no sé qué me va a pasar; ahora soy feminista... y moriré sin estrenar.

Demasiada Burocracia.

 


Abandonamos el pueblo, abandonamos la tierra. El conquistar a una chica era como ir a la guerra.

Tremendas calamidades se llegaron a pasar, para acercarse a una moza y poderla conquistar.

Si a ella le gustabas, pero a los padres nada, era batalla perdida, difícil de ser ganada.

Forma muy recomendada para no recibir palos: empezar por los padres haciéndoles unos regalos.

Se empezaba por el padre con un regalo muy fino; el que siempre funcionaba: un pellejo de buen vino.

A la madre, blusa y falda para un día señalado. Se ponía toda chocha, la tenías de tu lado.

Si no estabas a su altura era un obstáculo más. Le decían a la chica: «¿Tú con ese a dónde vas?».

Los abuelos opinaban y daban sus explicaciones. Todo un camino espinoso, lleno de tropezones.

Al cabo de medio año, sí, se dejaba besar. Quedaba menos camino para llevarla al pajar.

Una vez en el pajar, no se quitaba la faja. No podías comer el grano y te conformabas con la paja.

Se abandonaban proyectos, había mucha burocracia. Demasiados obstáculos si no caías en gracia.

Abuelas, chollos y condones


 

Abuelas, chollos y condones

Dos abuelas nonagenarias, ya con bastantes dolores, si ven algo que regalan, se transforman en dos flores.

Una joven en la calle algo está repartiendo; no quieren quedar sin ello, y rápido salen corriendo.

Son cajitas muy pequeñas, preguntan su contenido: —Son promoción de una marca, contienen preservativos.

—Muchas gracias, hija mía, la cojo aunque no los uso; llevo veinte años viuda, mi chichi ya está en desuso.

La otra, más avariciosa, sueña que los va a usar; quiere llevarse tres cajas, por lo que pueda pasar.

La joven que los reparte se queda petrificada; no sabe muy bien qué decir ante abuela tan osada.

La compañera reacciona a su desmedida ambición; ante cosa tan extraña, le llama la atención:

—Mujer, no los vas a usar, y nunca los has usado; no sabes para qué sirven, tu chisme está ya oxidado.

—Cuando regalan las cosas, no las puedes rechazar; quizás un día los necesite, y entonces los pueda usar.



El Castaño del Amor

 

 El Castaño del Amor


Un viejo castaño me dejó impresionado; era un árbol enorme, jamás lo habían podado.

Es el castaño del amor, de un amor sin igual; me cuentan la historia de un trágico final.

El dueño de ese castaño era un rico importante, que además de su mujer tenía una joven amante.

Con un hijo en plena forma, ni se puede figurar que es un rival de cuidado y se la puede birlar.

Se impone la juventud, el amor sale triunfante; ese rico con dinero pierde a la joven amante.

Ese padre abandonado, con su orgullo muy herido, les pone una vigilancia hasta descubrir su nido.

El castaño tiene un hueco en su tronco algo podrido; allí hacen el amor, es un lugar escondido.

Su secreto, al descubierto, le dispara varios tiros; después él se pega uno, allí se quedan tendidos.

Los entierran en el hueco, olvidan el cementerio. ¿Será verdad o mentira? Eso agranda el misterio.

No la inventé yo, esta historia de misterio; me la contó una abuela de niño, allá en el pueblo.

Quizás por esta leyenda sus castañas son pilongas. ¿Puede ser realidad? ¿O será solo una milonga?

La Pueblerina Fina.


 

Me presentan en bandeja una chica pueblerina; a pesar de ser paleta, era de canela fina.

Nueva es en Madrid y no tiene compañía; está demasiado triste, solitaria y aburrida.

Yo me pongo muy feliz, más feliz que un enano; me la llevo hasta el baile, bien cogida de la mano.

Todo está perfecto y salimos a bailar; la chica se aprieta bien, yo empiezo a soñar.

Sobra la conversación, no hace falta para amar; es suficiente motivo que ella se deje apretar.

Ilusiones concebidas se pueden venir abajo; culpable, un paisano suyo, y todo se va al carajo.

—Préstamela un momento, somos del mismo pueblo; al finalizar un baile, rápido te la devuelvo.

Nunca terminó ese baile, todavía estoy esperando; la cogió en sus brazos y se la llevó volando.

Me quedo como un pardillo, sin saber reaccionar; sigo esperando por ella para volver a bailar.

Me recordó a la niñez, cuando tenía una golosina y me la birló, en un descuido, el niño de la vecina.

Me ocurrió de verdad, esto no es fantasía; se la llevó calentita... ¡Qué mala suerte la mía!

El Despistado del Año.

 

El Despistado

No se entera de nada, es la mar de despistado; si la mujer se insinúa, no se da por enterado.

—Hoy te noto diferente, algo cambió en tu cuerpo; estás radiante y hermosa, capaz de resucitar a un muerto.

—Es muy normal en mí, me pasa de vez en cuando; tú eres un despistado y nunca lo estás notando.

—Al mirarte a los ojos, encontré algo extraño; me mirabas fijamente, estaban como brillando.

—Si me dieras un achuchón, verías lo que estoy sintiendo; tengo un calor sofocante, mi cuerpo se está encendiendo.

—Estamos en invierno, no me acaba de cuadrar que lleves tan poca ropa, pues te puedes resfriar.

—Tú tienes la solución para aliviar mi zozobra; no me seas gilipollas, ¡pon ya manos a la obra!

El marido, hecho un lío, piensa y requeté
piensa; no sabe si ir al médico o llevarla hasta urgencias.

Se ilumina su cerebro, encontró la medida: la mete en la bañera... ¡con agua muy, muy fría!

Tengo muy mala Suerte.

 Qué gran compañera eres, tienes grandes cualidades, siempre te tengo a mi lado aliviando mis pesares.

Cuando sufrí el accidente y quedé medio chafado, tú, en todo momento, te mantuviste a mi lado.

Fracasé en un negocio, lo tuve que dejar; tú me ofreciste el hombro para poderme apoyar.

Me despidieron del tajo, me recibiste con flores, dijiste: "no te preocupes, ya vendrán tiempos mejores".

La vez que lo pasé mal, aquella que fui operado, no te separaste de mí hasta estar recuperado.

Con aquella depresión que no me dejaba dormir, me levantaste el ánimo para ayudarme a salir.

Eres mujer admirable, mereces cien monumentos, por estar siempre a mi lado en los peores momentos.

Tener tanta mala suerte me da mucho que pensar: ¡Como tú eres el amuleto, yo me quiero divorciar!

Poema al Autónomo

 Desde que se jubiló, ve la vida muy negra: le han prohibido comer el jamón de pata negra.

Puede comer el tocino con una simple patata; un plato que engrasa bien y es una comida barata.

El pescado que sea azul, pues tiene mil vitaminas; lo mejor que le vendría es que coma solo sardinas.

Olvidado ya el marisco, que eso le hace mucho daño; casi nunca está en rebajas y es caro durante todo el año.

A la cama sin cenar, un trago de agua caliente; te sentirás más ligero y dormirás ricamente.

Si ya no funcionas bien, a tu edad es lo normal; pero la Viagra no la paga la Seguridad Social.

—Estoy temblando, doctor, tengo un susto de cojones... ¿Tan mal me ve de salud para tantas prohibiciones?

—Te jubilaste de autónomo, entérate de una vez: si no sigues este régimen, ¡no llegas a fin de mes!

Como autónomo que soy. Hablo con propiedad, lo mejor es no dar guerra y no llegar acierta edad.




El Negocio de los Cuernos


 El Negocio de los Cuernos

Muchos hombres y mujeres, en estos tiempos modernos, viven de forma opulenta con la venta de los cuernos.

Al hombre antes le pesaban, era carga exagerada, caminaba por la calle con la frente claudicada.

A la mujer la juzgaban por "corrupta" e "indigna"; no le daba el "buenos días" ni la gente más benigna.

Ahora el que tiene amantes se jacta de sus favores, y el mundo le envidia el éxito llamándole "picaflores".

La que sale con diez hombres es "chica adelantada"; por moderna se le tiene, como mujer liberada.

Si no tienes una infamia, nada tienes que ofrecer, eres bulto en la marea, seas hombre o seas mujer.

Se cotizan en la prensa y en el chisme denodado, por ser "seres diferentes" o haber salido del armario.

Una historia no interesa si es aburrida y liviana; no hay nada que relatar del ayer ni del mañana.

Féminas y femeninos, personajes del montón, si no lucen cornamenta no pisan la televisión.

Los cuernos se pagan caros, como el vender la carne. ¿Será que no estamos hartos o que nos aprieta el hambre?

La Leyenda de la Presa


 La Leyenda de la Presa

Cuentan de otro pueblo, que eran brutos de cojones. Que se les ocurrió hacer, una presa con jamones.

Otros le añaden más, para rizar más el rizo. Que también le añadieron, unas tripas de chorizo.

Según mi información, hay algo de verdad. No eran ellos tan burros, esta es la realidad.

Eran tiempos de guerra, venían aquí batallones. Y tenían que esconder, sus chorizos y jamones.

Existe un lugar perfecto, al otro lado del río. Una cueva abandonada, es el lugar escogido.

Los cargan en un carro, tienen que vadear el río. No existe ningún puente, porque ya fue destruido.

Cruzando en medio del río, la carreta sufre un vuelco. Su mercancía se cae, en ese río revuelto.

Sus jamones y chorizos, en la presa, se detienen. Causa de esta leyenda, será de donde ahí proviene.

Recuperaron los chorizos, recogieron sus jamones. Pero esa leyenda, pasa a generaciones.

Así que si alguien te cuenta, la historia de los jamones, dile que no era por brutos... ¡Es que sobraban cojones!

El tapón de la discordia


 

El tapón de la discordia

Le mandan llevar la burra a un apartado lugar; el vecino tiene un burro que la debe montar.

—En cuanto acabe la faena no la dejes orinar, que el trabajo del borrico se podría estropear.

El chico queda asustado buscando una solución: ¿qué le pongo yo a la burra que le sirva de tapón?

Tres horas lleva la bestia y todavía no ha meado; si aguanta una hora más, habrá cumplido el recado.

Ya llegando hacia su casa la suerte le fue mezquina: la burra levanta el rabo y suelta toda la orina.

Dos tortas se llevó el pobre sin comerlo ni beber, y pregunta entre sollozos: «¿Pues qué tenía que hacer

—Te llevas un nabo gordo en cuanto el burro termine, se lo hincas bajo el rabo y que la meada retiene.

A muchos nos ha pasado una historia parecida: nos llevamos los sopapos,
¡y el dolor no se olvida!

El negocio de la vaca


 

El negocio de la vaca

El que tenía dos vacas poseía una fortuna, pero caía en desgracia si se lesionaba una.

Eso le llegó a pasar al pisar la vaca un clavo; se le quedó en la pezuña, bien metido, ¡hasta el rabo!

La cuelgan de una viga para extraer aquel clavo; unos sujetan sus patas, otros tiran del rabo.

El clavo fue retirado, pero al bajar a la vaca, vieron que se había ahogado: la pobre estiró la pata.

Pone su carne a la venta, nadie la puede comprar; eran tiempos de miseria y la tuvo que fiar.

Un negocio peregrino, pues el fiar es muy malo; se le ocurrió decir: "¡los huesos van de regalo!"

Sin anotar ni un nombre, aunque la vaca fue enorme, todos llevaron los huesos... ¡y de la carne, ni el nombre!

Y decían que eran tontos y buenos para pagar. No te fíes de los tontos, que te harán espabilar.


¿

Tertulias de Bar


 Me puedo pasar el día escuchando discusiones; sin entrar en las tertulias, me lo paso de cojones.

Es un método barato como entretenimiento: lo escucho, lo escribo y ejercito el pensamiento.

Entre varios jubilados tienen la gran discusión, por una rara palabra como es la exfoliación.

Uno le pregunta a otro: —¿Sabes qué es exfoliar? —Eso es que te la limpies al terminar de mear.

—No tienes ni puta idea, solo dices sandeces. Eso es podar en la viña el sarmiento cuando crece.

—Es ir a una casa citas, entrar en el reservado, pagar una hora a la tía y te deja des foliado.

—¡Qué bolo eres, Manolo!, eso no es exfoliarse. Eso de echar un Kike... ¡Era ir a desahogarse!

—Yo creo que es algo raro que hacen en peluquería, yo le escuché a mi mujer una cosa parecida.

Se pueden tirar el día, les llega el agotamiento... esto parece el Gobierno en sesión de Parlamento.

Pelea en el río Tera.


 Esto es, a grandes rasgos, la crónica de una guerra: de muchachos de los cuarenta en las riberas del río Tera.

Cada pueblo en un costado, tercos y muy poco cultos; lo que se nos daba bien era lanzarnos insultos.

A la familia y demás, las ofensas conjuntadas, y al terminar los insultos... empezaban las pedradas.

Se proclamaba perdedor al grupo que abandonaba, o si alguno, en la pelea, una piedra recibía.

En la segunda batalla, la técnica era más fina: ya no usábamos la mano, sino el fiel tirachinas.

En la tercera pelea, con método más avanzado, ya manejamos la honda: el plan más sofisticado.

Un ángel nos protegía, o quizá tuvimos suerte; lanzar piedras con la honda puede causar hasta muerte.

Con esos cantos redondos de los márgenes del río, se lanzaba con tal fuerza que el aire silbaba un ruido.

Los padres lo toleraban y llegaban a decir: «Son peleas de muchachos, se tienen que divertir».

Zumban los cantos del río, con un silbido de muerte y sin ninguno cayó... fue por un golpe de suerte.

Oda a la cremallera


 Esa generación del cuarenta, en la que vemos tantos avances. Hoy les hablaré de uno que nos produjo percances.

Los pantalones antiguos todos tenían botones. Sale otra novedad que nos toca los cojones.

La sencilla cremallera, al no estar acostumbrados, que al subirla con prisas a muchos dejó capados.

No cerrar un botón se notaba muy poquito; en verano venía bien, refrescaba al pajarito.

En invierno era difícil, casi nunca se olvidaba. Si no se cerraba bien, el pájaro se resfriaba.

Le ponen la cremallera, nos surge el gran problema: te podías pillar un huevo hasta romperte la yema.

Si salías a la calle con la cremallera bajada, ese clamoroso fallo la mujer lo detectaba.

Te ponías colorado al contemplar su sonrisa. Subías la cremallera rápida, con mucha prisa.

Te pillabas un huevo soltando un gran alarido. Oías decir a la gente: «¡Ese va pedo perdido!».

Los jóvenes de ahora, con sus modas tan extrañas, no conocen el peligro de estas feroces hazañas. 

Prefiero mil veces un ojal, aunque sea más tardío, que andar con la cremallera jugándome el poderío.

De esa generación pocos están tatuados. Nos llegaba con tener los pinreles señalados.

Un pueblo en los cincuenta


Un pueblo en los cincuenta

Evoluciona el pueblo, pero muy lentamente. Estamos en los cincuenta, olvídense del presente.

La madre decía a la hija: "Del hombre, mantente alejada. No te fíes de promesas, mantén las piernas cerradas.

Lleva la honra al altar y conserva la decencia. A los hombres no les gusta la mujer con experiencia.

Piensa que si pierdes eso y no se casa contigo, te morirás soltera, arrugada como un higo".

Las viejas tras las cortinas, vigilando cada paso, preparando el comentario por si dabas un traspié. 

No había secreto seguro ni puerta que no escuchara: el chisme era la sentencia que el honor te arrebataba.

El cura desde el púlpito tronaba contra el pecado, dibujando un infierno para el que se había desviado.

¡Qué miedo tenían los cuerpos! ¡Qué castigo la mirada! Si la risa era pecado y la vida era callada.

Difícil para los hombres pillar algo de chiripa. A pesar de esos consejos, alguna salió con tripa.

Vergüenza para la familia si ella no se casaba. El niño, un "hijo de puta", sin tener culpa de nada.

Si en vez de niño era niña, no la miraba nadie. La marcaron de por vida: tan golfa como su madre.

En el bar se hablaba recio, presumiendo de hidalguía, mientras muchos escondían lo que en casa sucedía. 

Mucho rezo en la novena, mucha fe de cara afuera, pero el dedo señalaba a quién salía de la hilera.

Las cosas cambiaron mucho en este mundo en que estamos. A algunos nos tocó esa época que ahora recordamos.


Memorias de un anuncio


 

Memorias de un anuncio

Busca tu media naranja, decía aquel viejo anuncio. Escribí por el contacto y el encuentro lo pronuncio.

Era fina de figura, no muy agraciada de cara. Yo, joven y con hambre... ¡Peor es no tener nada!

Hasta el río me la llevé, pero ella no se bañaba. Sería chica de secano, pues el agua no buscaba.

Extraña era la moza, aunque parecía sencilla; no logré que se riera ni haciéndole cosquillas.

Continué con las caricias, la besé lo más posible. Ella, con ojos cerrados, se mostraba muy pasible.

Yo, que estaba sorprendido, cuidaba cada detalle... ¿Dudaba si era mujer o una muñeca hinchable?

Puse todo mi entusiasmo y toda mi sabiduría. No logré ni un "me gusta", ¡no supe lo que quería!

Hacer mimos de esa forma es como caer muy bajo; a todos nos gusta siempre que valoren el trabajo.

Gasté muchas calorías y agoté mi paciencia. No le pasé la factura... ¡Batallas de la experiencia!

Así eran aquellos tiempos, de anuncios y de cartón, buscando siempre el afecto con mucha desesperación. 

Hoy lo cuento y me sonrío recordando aquel detalle, de cuando busqué el amor... ¡Y encontré una muñeca hinchable!