Años de los sesenta, media novia, medio amiga; proponerle hacer el amor era casi una osadía.
—"Yo solo puedo hacer eso dentro del matrimonio. Son tentaciones muy graves, y son cosas del demonio.
Soy católica ferviente, hacer eso me humilla; lo más que te puedo hacer, si quieres, una pajilla".
¡Vaya con la puritana! Aquello era un tormento, y no paraba de pensar en darle un escarmiento.
La imaginación despierta al ver un pavo colgado; me hago con su pescuezo, lo más parecido al nabo.
En un cine muy oscuro, camuflado en la bragueta, le digo: —"Puedes empezar, hasta que la pongas prieta".
Empieza con ilusión, está dale que te pego; la chica no lo distingue, le estoy dando bien el pego.
Satisfecha mi venganza, ya me siento más ufano; me levanto muy alegre y se la dejo en la mano.
—"¡Me la arrancaste de cuajo! ¡Yo eso lo necesito! Me marcho corriendo a urgencias para injertarme otro pito".
—"Como a mí ya no me vale, mejor te quedas con ella; puedes hacer un cocido o añadirla a la paella".

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