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lunes, 2 de febrero de 2026

El Pastor y la Terrateniente.Nº 2


Continuación del cabrero y la terrateniente 

Después de tanto buscar, encontré el desinfectante. Seguro que a ti te pasan muchas cosas como estas: al recibir arañazos, ¿con qué te los desinfectas?

—Sí que recibo arañazos, los desinfecto en un plis; en el campo estas cosas se desinfectan con pis.

—Pues dale caña al asunto, no me hagas esperar. Me están picando un montón, ¡empieza a desinfectar!

Con la jeringa en la mano le empiezan los temblores; ella, al notar el contacto, rompe en fríos sudores.

Llega al rasguño profundo y se detiene un momento. Ella le dicta la orden: —¡Desinféctalo por dentro!

Al ser la hija del patrón, la tiene que obedecer. Su padre le paga el sueldo, ¿qué otra cosa puede hacer?

Un mes de curas al día... no cura ni de chiripa. El pastor está más flaco, a ella le crece la tripa.

El padre dice a la moza: —Te crecen tripa y tetas, dime si has ido al huerto y has usado cebolleta.

Lo mejor es que te cases, serás una linda novia. Se casó con el cabrero y aquí se acaba la historia.

El Pastor y la Terrateniente 1


 

Romance de la Terrateniente

Él era un pobre pastor, ella una terrateniente. Por miedo a su gran riqueza, no tuvo un pretendiente.

Se le pasa ya el arroz y no consigue ligar. Se marcha sola hacia el campo a ver qué puede pillar.

Enamorada del mozo, va al campo para mirarlo; desde lo alto de una loma, a lomos de su caballo.

Mirándolo entusiasmada, el animal sufre un susto: por culpa de una culebra, la tira sobre un arbusto.

Sufre algunos arañazos, de la rodilla hacia arriba. No se puso pantalones, fue muy poco precavida.

Sentada queda en el suelo, muy triste y muy asustada. Llama a voces al pastor, pues quiere ser auxiliada.

—¡Desnúdese, señorita!— tras los fuertes costalazos, pues al caer en espinos le han quedado arañazos.

Al contemplarla desnuda, él no sabe qué pensar. Son heridas de la piel, pero hay que desinfectar.

Ante tal situación, sin tener desinfectante, ¿qué puede hacer el pastor para seguir adelante?

¿Yo no lo sé? No lo sé. Vosotros podéis pensarlo; en el próximo episodio trataré de averiguarlo.


 

La Hija del Rico y el Cabrero


 

La Hija del Rico y el Cabrero

Seis familias en el pueblo, solo una con dinero, con una hija casadera que ofrecen al cabrero.

La chica es cojonuda, una mujer de primera, pero él le pone un defecto: tiene poca delantera.

En su trabajo diario, acostumbrado al ordeño, el tamaño de esos pechos le resulta muy pequeño.

El padre, ante tal pega, rápido la soluciona: le paga una operación, ¡seis kilos de silicona!

Ante esa delantera el cabrero está flipado; son los pechos más grandes que jamás había soñado.

No se puede resistir ante cosa tan hermosa; no lo duda ni un segundo: la acepta por esposa.

En la noche de bodas él la quiere ya ordeñar; lleva el cántaro a la cama por si lo puede llenar.

Soñó con un buen negocio, que aquello sería una mina; no sacó gota de leche: ¡una puñetera ruina!

Al casarse sin amor, como a veces suele pasar, el negocio fracasó y al padre la fue a dejar.

Se difundió la noticia, cosa tan insospechada: la disputan las revistas para verla en la portada.

Él se quedó con sus cabras, ella se hizo famosa, ¡que a veces sale más a cuenta la silicona que la esposa!



El secreto del canijo


 

El secreto del canijo

Llegó un circo hasta el pueblo lleno de seres extraños, entre todos ellos destaca un hombre de gran tamaño.

Anuncian a bombo y platillo que es el "Hombre Maravilla", que nadie logra hacerle reír ni haciéndole mil cosquillas.

Si alguien es capaz de hacerlo, tendrá de premio una entrada, mil pesetas en metálico y una cena bien pagada.

Desfiló ya medio pueblo ante el Hombre Maravilla; nadie ganó aquel premio ni haciéndole mil cosquillas.

Quedaba el flaco del pueblo, en quien nadie confiaba; le susurró algo al oído... ¡Y le sacó una carcajada!

Pasó un año de aquello y el circo volvió al lugar; esta vez ofrecen premio al que le haga llorar.

Desfila todo el pueblo, él sentado en una silla; nadie le saca un sollozo al gran Hombre Maravilla.

Le toca el turno al canijo, la gente empieza a pensar: "¿Qué inventará esta vez para hacerle de llorar?".

Le habla despacio al oído, él no lo puede aguantar; mira al canijo asombrado y empieza pronto a llorar.

El dueño, muy sorprendido: —Este tipo es un bicho... Para hacerle de llorar, ¿qué coño es lo que le ha dicho?

—La primera vez le dije: "Deja ya de presumir, que yo la tengo más grande", y él se echó a reír.

La segunda quiso verla, no lo pudo remediar; se la enseñé en un momento... ¡Y al verla se puso a llorar!