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lunes, 12 de enero de 2026

El último abrazo al minino


 

El último abrazo al minino

Su gato está muy enfermo, ella vive preocupada; le tiene un cariño inmenso, está de él enamorada.

Si ella lo quiere tanto, también lo adora su nuera; lo llevan al veterinario, no quieren que se les muera.

«Revíselo, por favor, mire que es una monada. Al acariciarlo noto que tiene la tripa hinchada».

Pasadas ya las dos horas: imposible salvación. El gato yace cadáver, murió en la operación.

Lo estrecha entre sus brazos, lo aprieta contra su cuerpo; con ojos como dos ríos, pregunta de qué ha muerto.

—Si un gato no tiene gatas, estando siempre en celo, se chupa y tanto se lame que traga mucho pelo.

Esas bolas de pelaje atascaron su intestino; esa fue la triste causa del final del pobre minino.

Fue un ser muy especial, por eso yo lo he querido; murió de la misma dolencia que se llevó a mi marido.



. Los sesenta y la posguerra

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Los sesenta y la posguerra

Estamos en los sesenta, la mujer ya se libera; lejos de la familia, ve el sexo de otra manera.

Se conquistan a las chicas si se tiene caradura; si eres un poco formal, muestras muy poca apertura.

Tropiezos y desengaños jalonan la juventud; escondiendo la cabeza cuál si uno fuera avestruz.

Si tienes poco dinero y no lo puedes gastar, te quedas siempre a dos velas sin tener dónde rascar.

Poco a poco, despacito, uno se va soltando; perdiendo la vergüenza, alguna se va ligando.

Los de la clase más baja tuvimos pocas opciones: muchas horas de trabajo y muy pocas vacaciones.

El salir con la novia no te quitaba las ganas; solo había poco tiempo: dos tardes a la semana.

Nos  casamos por la iglesia,  con muy poca experiencia. Antes del casorio, no teníamos convivencia.

Eso nos pasó a muchos, nuestra vida fue muy perra: fuimos los hijos nacidos tras el final de la guerra.

El Niñero sin Titulo.

 


Al ser yo el primogénito, cuidaba de mis hermanas; a veces con entusiasmo, otras con muy pocas ganas.

Con un cajón de madera, les fabriqué un carrito; tirado con una cuerda, que corría muy poquito.

A una le hice una herida con una lata con filo; un avión que yo hacía con un carrete de hilo.

Otra vez un chichón, tirándole un palo fuerte; creo que estaba gafada, siempre tuvo mala suerte.

Creo que me aprecian, que me tienen cariño; fueron cosas sin querer, pues yo también era niño.

Los padres en el campo, yo quedaba de niñero; carecía de juguetes y no tenía dinero.

Pelotas hechas de trapo y muñecas de cartón; hasta eso nos faltaba para tener diversión.

Así pasamos el tiempo, con muchas lamentaciones; pero salimos muy duros ante tantas privaciones

Cuestión de feo y de barro.

Cuestión de feo y de barro.

Pregunté un día a mi madre, con amor y con cariño: —"¿Me explica usted, por favor, cómo se fabrica un niño?"

—"Vete donde haya barro, haz uno que a ti te guste; lo dejas secar bastante y después le sacas lustre.

Cuando ya esté muy bonito, si eres un buen cristiano, le pides mucho al Señor y Él te echará una mano.

Tienes que rezar con fe, no decir ni una mentira; si resultas elegido, el Señor le dará vida.

Y si no eres elegido... cuando tengas el dinero, lo compras ya fabricado, ¡que los hace bien el tejero!"

—"Yo pensaba de otra forma, más sencilla de entender: que a los niños los hacían un hombre y una mujer".

—"Las madres solo ayudamos a dar teta y a criarlos, pero no intervenimos a la hora de fabricarlos".

Aquello no me convenció, no entraba en mi mente; yo veía a los animales hacerlo muy diferente.

Historias de nuestras madres, relatos de las abuelas... que si hoy se las cuentan a un niño, ¡a ninguno se la cuelan!

La Aventura del Albañil.


 Le surgió una gran aventura con una mujer divina. Tenía que aprovecharla, ¡la ocasión de su vida!

Ante tal acontecimiento le asalta una preocupación: que se le afloje el invento o le falle el corazón.

Se encuentra tan nervioso ante la gran aventura, que busca pronto un remedio que asegure la tersura.

Trabajando de albañil tiene material de sobra: kilos de yeso y escayola que se trajo de la obra.

Se puso una capa gruesa, pensó: "vaya buen apaño, aguantará un rato largo y aumentará mi tamaño".

Aquello asustó a la chica, que no sabía qué hacer; jamás vio nada parecido y escapó a todo correr.

Él no logra comprender comportamiento tan extraño, ¡si solo había aumentado cuatro veces su tamaño!

Pero ante lo desconocido siempre hay curiosidad; la muchacha se lo piensa y le da otra oportunidad.

Esta vez, sin escayola, ella queda convencida: no iba tan mal de "herramienta" y se unieron de por vida.

Hoy, que ya son abuelos, recordar aquello mola; y ella le dice al oído: —¡Quiero tocar algo duro, ve a por la escayola!


El Conjunto de Lencería


 El Conjunto de Lencería

Ve un conjunto muy sexy y queda impresionada. Es fino y transparente, le parece una monada.

Pero al ver el precio, se acaba el romance. Es carísimo el conjunto; está fuera de su alcance.

El dueño la contempla, pues es una chica preciosa, y le propone un trato para conseguir la cosa:

—Si hacemos el amor con el conjunto puesto, te lo llevas por la cara... si no te tiras un cuesco.

Tengo que advertirte: en el amor soy un jabato; si sueltas un solo pedo, ahí se acaba el contrato.

Imposible conseguirlo, tuvo una mala hora: no disparó un solo tiro, ¡fue una ametralladora!

Se lo contó a su madre: —¡Hija, eres un desastre! Verás cómo lo consigo y lo dejo para el arrastre.

Allí se presentó ella con su cuerpo madurado, dispuesta a dejarlo KO, o más bien, a dejarlo frito.

No se le escapó solo uno, lo hizo con tal violencia que aquello parecía una traca de las fallas de Valencia.

Regresó luego a su casa con el ceño muy fruncido. La hija le dice al verla: —¿Mamá, lo has conseguido?

—Necesito ir al banco, lo traigo para lavar... A ver si me dan un crédito para poderlo pagar.


 

El Precio de la Elegancia.

 

En un lugar de altos vuelos entra un señor elegante, con la firme intención de cenar en el restaurante.

Al echar una ojeada recorriendo el interior, ve a una "chica, bombón" sentada en el comedor.

Se acerca rápido a ella con la mejor intención: si comparten hoy la mesa, él paga la consumición.

—"Para compartir la mesa y poder cenar conmigo, necesitas un millón, tres motos y un deportivo".

—"Si sueñas llevarme al catre, eso es otra cuestión: veinticinco centímetros, dos lanchas y un avión".

—"Tengo más de diez coches y veinte aviones volando, cien chalets en el Caribe y todo está funcionando".

—"Mil millones en el banco, cien en moneda virtual; podría bañarte en oro y me quedaría igual".

—"Sé que eres muy bonita y te sientes una diosa, pero no voy a complacerte por ser tan caprichosa".

—"¿Que quieres veinticinco centímetros? Por ahí no voy a pasar: me sobran más de ocho y no los pienso cortar".

La Sonata del Huerto.


 Sin váteres en el pueblo se van a mear al huerto. Para que no los divisen buscan un ángulo muerto.

El hombre, para hacer pis, no se tiene que agachar; por eso ve a la vecina cuando ella sale a mear.

Es delicia contemplar cuando ella sale al huerto: no toma precauciones ni busca el ángulo muerto.

No necesita esconderse, ella usa mejor maña: como usa falda larga, monta tienda de campaña.

Él ya le cogió el tranquillo por la noche y la mañana; sabe que nunca le falla los siete días por semana.

Llama mucho su atención una cosa inesperada: mueve falda y tira pedos al terminar la meada.

Ella madruga bastante, eso lo hace a diario. ¿Será acaso el despertador que despierta al vecindario?

Los que suelta por la noche los lanza con más ganas. Seguro que es la señal de irse pronto a la cama.

No le convence el asunto, lo tiene que descifrar; no le queda más remedio que tener que preguntar.

—Eres un poco cotilla además de preguntón; para despejar tus dudas te daré la solución.

Como no tenemos pito y tenemos manantial, se nos queda la humedad y nos moja el matorral.

Veo que tú la sacudes al terminar de mear; ¡yo muevo falda y tiro pedos para poderme secar!

La Criada Precavida.

 

Todos buscan una interna que les lleve bien el hogar; pero en los tiempos que corren es difícil de encontrar.

La mujer se desentiende de tan complicada cosa, y le encarga a su marido: "Búscame una que sea curiosa".

Decisión equivocada encargar eso al marido, pues busca una que le deje meter el pájaro en nido.

La mujer sale de viaje, se marcha muy mosqueada; el marido está feliz quedándose con la criada.

Ella es un poco de pueblo, parece muy inocente; a él eso no le importa: quiere "meterla en caliente".

Con el trasero que tiene, bien le daría un buen viaje; ¡sería más fácil que meter el coche dentro del garaje!

Al proponerle el asunto, el hombre es rechazado; la pega que ella le pone: "Usted es un hombre casado".

"Nada le debo a usted, ni de antes ni de ahora; quien manda aquí es su mujer, y a mí me paga la señora".

"Por eso no te preocupes, en eso estoy de acuerdo: te daré una paga extra y, además, un sobresueldo".

El dinero abre las piernas, esa es la pura verdad; pero ella pide un informe: "Que no tenga enfermedad".

Al comprobar que está sano, se estremece de alegría; se desnudó en un minuto, ¡lo que el hombre quería!

"Dale ya caña al mono, ¿de esta te vas a acordar? Soy tan buena en el asunto que no lo vas a olvidar".

"Te permito repetir hasta que afloje el canuto; ya sabes que soy de pueblo: me gusta hacerlo a lo bruto".

Al terminar las funciones, el hombre queda pensando:  "¿Es esta una chica tonta, o se está cachondeando?

"Eres una mujer fantástica y veo que estás al día; al pedir el certificado, fuiste muy precavida".

"Se lo pido a todo hombre, así soy de precavida: ¡disfruto como una loca cuando les pego el SIDA:

Tiempos de Prohibición



Tiempos de Prohibición

Tiempos eran de prohibición: ni mirar, ni abrazar, ni tocar. Hasta la noche de bodas, nada se podía catar.

Tres años llevan de novios, sin agarrarse ni un brazo. Un día, por un impulso, quiso darle un gran abrazo.

—¿Qué te figuras que soy? ¡Cacho perro del demonio! Solo te dejaré tocar, consumado el matrimonio.

—Eres igual que tu abuela, solo dices necedades. Las mujeres y los hombres tienen sus necesidades.

Fíjate bien en tus padres: ellos no se reservaron, y por eso tú naciste el día que se casaron.

—Estás hoy muy encendido, ¡olvídalo de una vez! Vas y te la machacas, pero ya, con rapidez.

Machácala bien a fondo, déjala bien machacada, que se te quiten las ganas por una larga temporada.

Acojonado y sumiso, de su lado se marchó. Con una maza y un yunque, el tonto la machacó.

Tal grito pegó el muchacho que los edificios temblaron, los animales huyeron y los pájaros emigraron.

Cuatro ancianas centenarias no lo pasaron mejor: creyeron que venía a por ellas el Ángel Exterminador.

Se desató una tormenta, en la torre cayó un rayo. Él tardó más de cuatro horas en despertar del desmayo.

Avisaron a la novia, querían que ella lo viera; que explicara qué ocurrió al quedar de esa manera.

—Yo no le he hecho nada, le dije: «A ver si te aplacas, para bajar el deseo, vas y te la machacas».

—Por seguir tus consejos, la tiene a la última moda. Revísala a ver si te sirve para después de la boda.

Cuando ella se la revisa, se quedó impresionada: era un ovillo de carne, morcilla de una fabada.

—Eres un ser de otro mundo, eso no es de un ser humano. ¡Aquí no se usan mazas, se machaca con la mano!

Eres más tonto que el tonto que hubo antes de nacer. Esa pelota de carne ya no la quiero ni ver.

Si esto hubiera pasado en la época actual, subiéndolo a las redes se habría vuelto viral.

No consiguió otra novia, aunque mucho lo intentó. Lo llaman en la comarca: «El tío que se la machacó».

También me pasó a mí, me lo dijo la Asunción. Como yo era pastor... busqué otra solución.

EL Canuto de Lucero.

 

Por andar de picos pardos, pilló una enfermedad: el pito cae a trozos, le queda la mitad.

La parienta le recrimina: —Te quedas sin pajarito; por tu mala cabeza, vas a acabar solito.

Él ama a su mujer y quiere seguir adelante; el médico le aconseja: —Lo mejor es un trasplante.

—No quiero la de un viejo, que es el que suele donar; un joven nunca la cede, no se podrá trasplantar.

—No sufras más, cariño, déjame pensar algo; quizás haya otros métodos que nos saquen del letargo.

—No pienses en siliconas ni medios artificiales; de esos los tengo de sobra, yo solo quiero naturales.

Llegó al fin el trasplante al décimo octavo día; se lo enseñó a su mujer y ella gritó de agonía:

—¡Eres un gran cabrón, un verdadero demonio! No quiero saber de ti, se acabó el matrimonio.

Se marchó lejos de él, sin querer ver el canuto; se vistió toda de negro y de riguroso luto.

Cuando una amiga la vio, quiso saber del entuerto: —¿Cómo es que vas de luto, si tu marido no ha muerto?

—No es por ese cabrón, que es un cerdo y un ratero... ¡El luto que estoy guardando es por él, (perro lucero)!


Hormonas,Tetas y Puñetas.

 

La mujer dice al marido: —Tenemos un gran problema, el que antes era tu niño, ahora quiere ser una nena.

Él responde: —No lo creo, lo acabo de ver desnudo; comparado con el mío, tiene un pito cojonudo.

—No es por el aparato, no te lo vas a creer: dice que lleva por dentro el alma de una mujer.

Quiere cambiarse hasta el nombre, pues el suyo no le viene; de ahora en adelante se hará llamar Irene.

Cree que siendo mujer más metas podrá alcanzar, y tomando las hormonas el pecho le ha de brotar.

—Esto me está superando, no lo llego a entender: que teniendo ese "equipo" prefiera ser una mujer.

Este muchacho está loco, es una gran tontería: querer quitarse la pieza por ponerse una tubería.

Quien está bien equipado no aprovecha la ocasión; si yo tuviera ese "arma", ¡duplico la población!

Se cambió al fin a mujer, más no le gusta su aspecto; ahora quiere otra vuelta hacia el género neutro.

Esto de tener un hijo lo voy a pagar con creces; si vuelvo a verme en el lío... ¡Me lo pienso veinte veces!


El novato y la corriente

 

El novato y la corriente.

En esos primeros amores, yo anhelaba saber los grados de calor que tenía una mujer.

Leía revistas de amor, busqué libros de ciencia; al salir con una chica quería tener experiencia.

Eran tiempos difíciles, tiempos de la Guerra Fría; cada uno se apañaba con lo poco que sabía.

Pedí consejo a unos sabios, sabios de pacotilla, y ellos me recomendaron probar con una bombilla.

"Pequeña, de linterna, con dos dedos has de cogerla; llévala a un lugar oscuro y allí podrás encenderla".

Puse anuncio en el diario (la broma no salió barata), pero tras mucho buscar, encontré a la candidata.

Al explicarle mi plan se mostró entusiasmada: "Esto que tú me propones es una prueba muy rara".

Elegimos noche oscura y que fuera en minifalda, que se tumbara en el suelo para yo poder tocarla.

Puestos ya en situación, puse mano en su rodilla; no llegaba la corriente, no encendía la bombilla.

No recibí su rechazo por lo que estaba haciendo, y buscando aquel enchufe mi mano siguió subiendo.

¡Arriba encontré el enchufe! Corriente sí que me daba; la bombilla no encendía, pero mi cuerpo temblaba.

La bombilla estalló al fin, yo seguí siempre explorando; se me caía la baba, los ojos están llorando.

Ella empezó a gemir y le dio un arrebato: me pidió, por caridad, que enchufara otro aparato.

Saqué la mano de allí, dejé libre la rendija, hice el salto del tigre y le enchufé la clavija.

Para descarga tan grande yo no estaba preparado; fue demasiada corriente y allí me quedé pegado.

Se abrasaron los pelos, mi cuerpo se chamuscó; quedé como un torrezno, la clavija se fundió.

Ella se agarró con fuerza, desenchufar, no quería; lo logré desconectar al agotar la batería.

Una experiencia terrible, una cosa sin igual; me dejó para el arrastre, terminé en el hospital.

Para ver la tal clavija, un gran equipo se unió, y todos dicen a coro: "¿Pero dónde la metió?".

Llegó un experto en el tema tras observar un buen rato, y le dijo a los doctores: "¡Este chico es un novato!".

De esta vivencia tan dura, seguro se va a acordar: hay ciertos sitios malditos que se deben evitar.

Es su primera experiencia, la cura será muy larga; ¡estoy seguro de que la enchufó en el coño de la Bernarda!


El Amigo y la Quinta Mujer.

 

Amigos de juventud se llegan a separar, y al cabo de mucho tiempo se vuelven a encontrar.

En un encuentro emotivo saltan los dos de alegría; lo normal en estos casos: cada cual cuenta su vida.

—Yo me casé muy joven, ella se llama Beatriz. Tenemos niño y niña, un matrimonio feliz.

—Mi vida no es igual, no tengo tanta fortuna: ya llevo cinco mujeres y no cuajo con ninguna.

Yo para las mujeres siempre fui como un caramelo, pero ahora estoy asustado y siempre miro hacia el suelo.

—Tu caso es muy extraño, cumplías con tus deberes... Cuéntame qué te sucede para cambiar de mujeres.

—La primera era estupenda pero muy caprichosa; muy buena para el amor, nula para cualquier cosa.

La segunda era católica, lo hacía con tanto anhelo que me decía: "¡no pares, tienes que subirme al cielo!".

Yo no pude subirla, lo intenté noche y día; se fue con uno más joven a ver si él la subía.

La tercera era política, de ideas muy diferentes: cuando yo me quedaba frío, ella se ponía caliente.

La cuarta, era inglesa, tenía otra opinión; terminamos discutiendo por la cuenta del Peñón.

Ahora estoy con la quinta y no la puedo dejar: me tiene acojonado, dice que me va a matar.

Es un bombón de mujer, lo malo es que es italiana; es la hija de un gran jefe de la mafia siciliana.

—Me dejas de piedra, amigo, y no dejo de pensar: ¿qué motivo tiene ella para quererte matar?

—La ley es así en su mundo, si la dejo soy maldito; la venganza más pequeña... ¡Mínimo cortarme el pito!

—No le veo el problema, cumple bien tus deberes: mira solo a los hombres, no mires a las mujeres.

—Para mí sí es un problema, digamos, una putada: soy bizco de nacimiento y no controlo la mirada.