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martes, 6 de enero de 2026

El Misterio del Aparato



 

El Misterio del Aparato.

—¡Pero qué guapa, María! ¡Qué lozana desde viuda! Se te ve toda alegría, sin rastro de la amargura.


—¡Ay, amiga, cuánta razón! Mi marido era un "garrapo", siempre había discusión por usar el aparato.

Ahora que ya estoy libre vivo como una sultana: el aparato es mi esclavo y lo uso cuando a mí me da la gana.

Me pillo mis buenas siestas, disfruto yo sola un rato, lo agarro con las dos manos... ¡y le enchufo al aparato!

Me tiro sobre el sofá, ¡eso es una gloria bendita! Y de tanto que disfruto me quedo pronto fritita.

Aquel "cierzo" de marido me decía todo el rato: «¡Quita tus manos de encima, ni me toques el aparato!».

—¡Pues el mío es diferente! Lo compartimos a ratos: yo le busco siempre el momonto0
... ¡y él enchufa el aparato!

Para eso nos casamos, para darnos el placer; si él me lo quiere enchufar, yo no me voy a oponer.

—¡No te confundas, amiga! Que eso también me gustaba, y los dos juntos gozábamos cada vez que lo enchufaba.

Pero lo mío es más grave, ¡escucha mi confesión!: ¡Es que el muy tacaño no soltaba... el mando de la televisión!

El Milagro del Doctor


 

El Milagro del Doctor

Llaman urgente al doctor, la familia entra en desvelo: una joven doncella quiere marcharse al cielo.

Al revisar a la chica, se lleva una sorpresa. "No es muerte, es catalepsia, aunque esté así de tiesa".

Pregunta a los parientes si la joven tiene novio. "Necesita, por vía urgente, un supositorio propio".

Nadie quiere ser testigo, el pudor los desconcierta. Y dejan al doctor solo... "operando" a la muerta.

Como está boca arriba, aprovecha la postura. Ignora el lugar redondo, va directo a la ranura.

Rápido surge el efecto al terminar de entrar; la "difunta" siente el roce y empieza a respirar.

Viendo que el truco funciona, repite la operación. La muerta salta del lecho cantando el alirón.

Al tercer supositorio brinca como una rana. Se arranca por Rosalía y baila por sevillanas.

Se despide del doctor con vítores y alegría: "Doctor, guarde el instrumento por si hay otra recaída".

Pasado un mes le llama, él vuela al consultorio. El doctor va bien armado con un gran supositorio.

La encuentra muy radiante, fresca como una rosa. "El remedio fue bendito, estás mucho más hermosa".

—"Ya no le ocupo, doctor, pues ya me busqué un novio. Él me da el cariño... y siempre me pone el supositorio.

Pero acaba de morir mi abuela, aquí la tengo, bendita... ¡Meta el dedo, doctor, a ver si me la resucita!".



El Hornero "Manos de Trapo"



El Hornero "Manos de Trapo"

Se las da de constructor haciendo hornos de barro, pero es un gran chapucero que no vale ni un cigarro. No ha hecho uno derecho desde que entró en el gremio, y al que lo llama "hornero" habría que darle un premio.

Se pringa hasta las orejas moldeando los adobes, y aunque le pone empeño, ¡no hay quien lo vea y no robe! Como usa barro y paja y es un poco descuidado, va siempre hecho un gorrino, perdido y embarrado.

El hombre no tiene letras ni sabe de ingeniería, y todo lo que levanta se dobla al tercer día. Como no tiene estudios ni oficio profesional, lo que empieza con orgullo acaba en un dineral.

Para cuadrar los ladrillos no encontraba la postura: si los ponía por fuera se le iba la estructura. El dueño le pega un grito: "¡Me has hecho una porquería!", y él contesta: "No se apure, que cambio de técnica hoy día".

"Ahora los pongo por dentro", dijo el tío muy convencido. Y el horno quedó niquelado, ¡ni el de un rico ha lucido! Aquello era una belleza, redondo y bien rematado, pero el tonto, por su cuenta, dentro se quedó atrapado.

Como hizo la puerta chica —porque es corto de entendederas—, no le pasaban los hombros ni aunque usara una escalera. Solo asomaba el hocico, con cara de circunstancias, mientras los vecinos ríen a base de bien las gracias.

¡Socorro!, grita el mendrugo, dentro de aquel cascarón. La que ha liado el "maestro" no tiene comparación. Pasa un borracho de vuelta, lo mira con duda aguda, y suelta: "¡Vaya con Dios, que se joda esa tortuga!".

La jubilada "madame"

La jubilada "madame"
 

Con una vieja "madama", la amistad era discreta, pero muy interesante por ser ella una alcahueta.

Se dedicaba al apaño, encuentros a comisión, con todas sus conocidas y con mucha discreción.

La cita era sorprendente, estaba ya apalabrada, rodeada de misterio: ¿sería soltera o casada?

Con el servicio pagado y la hora concertada, la "tía", en bolas con bata, se encontraba preparada.

Uno se ponía a cien, era una aventura loca; podía ser joven o vieja, o gorda como una foca.

Alguna vez salía bien, otras salía torcido, o se quedaba a medias por si llegaba el marido.

Todo era puro misterio cargado de intensas dudas; si te pillaba el esposo, ¡te daba una tunda de aúpas!*

Mucha emoción y suspense, era una aventura fina: ¡no hacía falta ir al gimnasio para quemar adrenalina!


N

Soledad.la solterona.



 



Soledad.la solterona.

Soledad, la solterona, anda supercabreada. Va repartiendo patadas a todo lo que se halla.

No levanta la mirada en su paseo diario, mascullando entre dientes por el parque solitario.

Entre paso y berrinche ve una lámpara tirada, y sin pensarlo dos veces le suelta una patada.

El genio que estaba dentro sale un poco cabreado: —¡Coño! Me has hecho daño, pero me has liberado.

No ha sido muy ortodoxo sacarme de esa manera; ahora soy tu esclavo, pídeme lo que quieras.

No concedo tres deseos, soy del planeta Neptuno; allí rigen otras normas: solo concedemos uno.

—Soy pacifista y estoy sola, mi vida es una mierda; ¡quiero que llames a Putin para que pare la guerra!

—Qué difícil me lo pones, no sé de diplomacia... mejor pídeme otra cosa, que esa no me hace gracia.

—Búscame entonces un novio: rico, guapo y con bondad, que me ame locamente y acabe mi soledad.

El genio se queda mudo: —¡Eso lo querría para mí! En este perro mundo no quedan tíos así.

Yo me pongo en tu lugar, es una petición bella... pero llamaré a Putin, ¡a ver si para la guerra!




Soledad, la solterona, anda supercabreada. Va repartiendo patadas a todo lo que se halla.

No levanta la mirada en su paseo diario, mascullando entre dientes por el parque solitario.

Entre paso y berrinche ve una lámpara tirada, y sin pensarlo dos veces le suelta una patada.

El genio que estaba dentro sale un poco cabreado: —¡Coño! Me has hecho daño, pero me has liberado.

No ha sido muy ortodoxo sacarme de esa manera; ahora soy tu esclavo, pídeme lo que quieras.

No concedo tres deseos, soy del planeta Neptuno; allí rigen otras normas: solo concedemos uno.

—Soy pacifista y estoy sola, mi vida es una mierda; ¡quiero que llames a Putin para que pare la guerra!

—Qué difícil me lo pones, no sé de diplomacia... mejor pídeme otra cosa, que esa no me hace gracia.

—Búscame entonces un novio: rico, guapo y con bondad, que me ame locamente y acabe mi soledad.

El genio se queda mudo: —¡Eso lo querría para mí! En este perro mundo no quedan tíos así.

Yo me pongo en tu lugar, es una petición bella... pero llamaré a Putin, ¡a ver si para la guerra!



Romance del Conde Celoso


 

Romance del Conde Celoso 

Parte el Conde hacia la guerra recién salido del altar, con la duda entre las cejas de a quién podrá ella abrazar.

—Esposo, yo os esperara, mas volved con prontitud, que el cuerpo se vuelve herrumbre si se acaba la virtud.

—Para evitar los agravios y dormir con devoción, os guardaré la entrepierna con este fiel cinturón.

—¡Marido, sois un desconfiado! —la Condesa le gritó—. ¿Tan poco vale mi honra que me ponéis tal candado?

—No es falta de confianza, es por lo que pueda ser, que en tiempos del Rey Arturo ya hubo cuernos que temer.

Y le encajó una herramienta que no valía un real, de mano de obra extranjera y de un hierro muy fatal.

La guerra, que era de un día, mil días se prolongó, y el Conde, tras tres inviernos, a su casa regresó.

Halló a su esposa crecida, ancha de carnes y talle, con el culo como un bombo y un hierro que no hay quien falle.

Perdidas están las llaves, el cincho está bien trabado, y el Conde, por más que tira, lo encuentra todo oxidado.

—¡Sois un ruin y un tacaño! —dijo ella con gran decoro—. ¡Esto no hubiera pasado si el cinto fuera de oro!

—Si de oro fuera la prenda —respondió el Conde burlón—, ¡ya te habrían robado el alma, el cuerpo y el cinturón!

—Pues ahora os fastidiáis, que no habréis de catar nada. ¡Marchaos por donde vinisteis, que mi puerta está cerrada!

Montó el Conde su caballo y a la batalla volvió, dejando a la esposa presa a que encuentre un limador.

Corrió ella tras el herrero, que con maña y con tesón, le fue limando los hierros... ¡y gozan de la ocasión!

El Conde halló una aldeana que le dio paz y pasión; sin pasar por la iglesia... ¡y sin tener cinturón!


¿Qué

La abuela futbolera..


La abuela futbolera..

 La Seguridad Social, no sabe qué está pasando; en los días de partido veinte terminan ingresando.

Tienen el mismo problema y en el idéntico lugar; dan cuenta a la policía para que empiece a investigar.

A pesar de los registros y de poner todo su empeño, no encuentran nunca la causa y los casos se van sucediendo.

A las doce de la noche, una abuela con premura, con una bolsa en la mano va a tirar la basura.

La pobre tropieza y cae, no se puede levantar; un policía la ve y la corre a ayudar.

Coge la bolsa la abuela y sale como un cohete, pero se le olvida un bolso que va lleno de billetes.

¡Qué mala suerte la abuela, una caída nefasta! El policía pregunta: «¿De dónde sacó la pasta?».

—Vivo justo aquí enfrente, en esa casa chiquita, con un jardín muy pequeño y una valla muy bajita.

Cuando empieza el partido, yo me pongo a vigilar con tijeras en la mano, porque saltan a mear.

Cuando el tipo está meando, completamente absorto, le digo: «Suelta la pasta o ahora mismo te la corto».

—Es un negocio redondo, ¡es usted una abuela dura! ¿Pero qué hay en esa bolsa que llevaba a la basura?

—Después de lo que ha visto, yo se lo voy a explicar: ¡son restos de "objetores" que no quisieron pagar!


El último vuelo de la bruja

 

El último vuelo de la bruja

Tiene una suegra tan "santa", tan noble y tan singular, que allá donde pone el pie no vuelve hierva a brotar.

Él le tiene un gran afecto, un amor casi profundo: ya le compró la parcela... ¡pero en el otro mundo!

Han pasado veinte años alimentando el rencor; ella se pone más tiesa, él se dobla del dolor.

Un día le dio un síncope, la vieja se quedó frita; voló desde la terraza la "pobre" tía maldita.

Al recibir la noticia se quedó tieso el cuñado, brindando porque por fin la bruja hubiera cascado.

Pero al llegar al asfalto la vio todavía viva, con una mueca de asco y la mirada agresiva.

En su último suspiro le escupió con sentimiento: "No te librarás de mí, seré tu peor tormento".

Él se ha quedado muy calvo, camina mirando el suelo, pues si se descuida un poco le llueve mierda del cielo.

Su sospecha se confirma: la bruja sigue acechando, se hizo paloma de plaza para vivirlo cagando.

No le des veneno al postre, mejor dale una sonrisa: irá al infierno contenta... ¡y se irá mucho más deprisa!


ilustracion para el ultimo vuelo de la bruja

El Último favor al marido"


 


El hombre exhala su aliento, le pregunta a su mujer: —Ya que me voy al infierno, dime si me has sido fiel.

—Eso es una grosería que no voy a contestar. A ver si cierras los ojos y vuelves a resucitar.

Tú siempre fuiste un putero, un cerdo de gran calado. Dime con cuántas mujeres me has el cuerno plantado.

—Yo estaba lleno de vida y me sobraba gasolina. Le enchufé la manguera a toda hija de vecina.

A tus amigas del colegio, en cuanto tuve ocasión; si les venía un catarro, les metía la inyección.

Como bien sabes, trabajaba en despedidas de soltera, y allí tenía que "cumplir", quisiera o no quisiera.

Vi salir humo de un bloque, ardía hasta la persiana; me "sacrifiqué" por tres viudas y les apagué las llamas.

Fui a un centro de acogida de mujeres separadas; las tuve que "consolar", estaban tan... abandonadas.

Paseando por el parque se me acercó un grupo; cuatro modelos hermosas querían probar mi canuto.

Recuerda aquel cumpleaños, entre tartas y regalos; a las madres de los niños les quité todos los males.

Soy un hombre caritativo y siempre muy cumplidor: si una mujer lo precisa, le hago siempre un "favor".

—Nunca llegué a imaginar que fueras tan "misionero"; siempre ayudando a las damas... ¡con el instrumento entero!

Por ser tan "benefactor" estás hoy aquí estirado. Tengo pruebas suficientes para haberte envenenado.

Vete tranquilo a la tumba, y entérate de una vez: mientras tú hacías "favores", ¡yo me estaba tiraba al juez!


¿Qué

Limonda del demonio y milagro de San Antonio



Limonda del demonio y milagro de San Antonio

 En aquel Madrid variopinto, atiborrado de casas de huéspedes y posadas de mala muerte, uno se cruzaba con personajes que se ganaban la vida de las formas más insospechadas. En una de esas, coincidí con un cura que, en lugar de preguntarme por mis pecados, me preguntó por mis amores: si tenía novia o si, al menos, aspiraba a ello.

—Ahora mismo no tengo ni a quién darle los buenos días —le confesé—. Está la cosa difícil; si no eres un tipo de anuncio o tienes buenas referencias, las chicas no te dan ni la hora. No me como una rosca, padre.

El cura, que parecía tener línea directa con el "departamento de emparejamientos" del cielo, me soltó: —En ese campo yo puedo ser tu celestino si sigues mis instrucciones. Te vas a la ermita de San Antonio de la Florida, le enciendes una vela al santo y sueltas una limosna generosa. Yo haré un poco de presión desde aquí rezando por ti. Ya verás; allí las modistillas van buscando novio como quien busca una rebaja.

Decidí probar suerte. Al fin y al cabo, la inversión era poca y, con el enchufe del cura, el santo me miraría con mejores ojos.

Al llegar, la magia (o el destino) hizo su entrada: una chica tropezó en los escalones y aterrizó frente a mí. La ayudé a levantarse con mi mejor porte de caballero y la escolté a un banco para examinarle la rodilla. Tenía un rasguño, así que saqué mi pañuelo —que milagrosamente estaba limpio—, se lo vendé y la acompañé a su casa, sintiéndome yo el mismísimo don Juan.

Su madre me recibió como si hubiera salvado a la infanta. Entre elogios y bendiciones, me plantó en el comedor y me sirvió una limonada mientras lavaba mi pañuelo. Pero entonces, soltó la bomba: me dijo que era vidente y que, en agradecimiento, me leería el futuro gratis.

Ahí mismo se me cortó la digestión. Mi educación de la niñez me dio un bofetón: para mí, una vidente no era una profesional del futuro, sino una sucursal de Lucifer en la tierra, una bruja de las de verruga y escoba. Mientras me echaba las cartas, yo solo pensaba en salir corriendo antes de que me saliera rabo o cuernos.

Las predicciones fueron maravillosas, pero yo no oía nada. Dijo que mi pañuelo era un talismán y que nuestra amistad sería eterna. Salí de allí con las piernas de trapo. Mi cabeza era una coctelera: las calles se movían, el metro parecía ir hacia el infierno y yo, que solo había bebido dos vasos de limonada, me sentía más borracho que un pirata en una bodega. Tenía unas ganas de mear de otro mundo, pero el susto me tenía el grifo cerrado. Llegué a la pensión flotando, convencido de que estaba poseído por un espíritu burlón.

¿Mi primera medida de exorcismo? Le prendí fuego al pañuelo. Si había hechizo, que se quemara con la tela.

Días después, le conté la "tragedia" al cura. El hombre casi se parte de risa: —¡Pero hombre de Dios! —me dijo—. Esa chica era la elegida, la joya de la corona, y la madre solo era una señora con mucha imaginación. Has suspendido el examen de fe por culpa de tus miedos de niño. Deja de buscar brujas donde hay suegras y pide perdón al santo, que si sigues así, la próxima vez no te va a mandar ni una mirada.

Me quedé con la duda de si volver a pedir ayuda, porque a ver qué otra prueba me ponía San Antonio... que la última casi me deja sin pañuelo y sin cordura.

El santo se portó bien, la chica estaba de vicio, yo buscaba una aventura, ¡y casi acabo en el hospicio!