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martes, 6 de enero de 2026

Romance del Conde Celoso


 

Romance del Conde Celoso 

Parte el Conde hacia la guerra recién salido del altar, con la duda entre las cejas de a quién podrá ella abrazar.

—Esposo, yo os esperara, mas volved con prontitud, que el cuerpo se vuelve herrumbre si se acaba la virtud.

—Para evitar los agravios y dormir con devoción, os guardaré la entrepierna con este fiel cinturón.

—¡Marido, sois un desconfiado! —la Condesa le gritó—. ¿Tan poco vale mi honra que me ponéis tal candado?

—No es falta de confianza, es por lo que pueda ser, que en tiempos del Rey Arturo ya hubo cuernos que temer.

Y le encajó una herramienta que no valía un real, de mano de obra extranjera y de un hierro muy fatal.

La guerra, que era de un día, mil días se prolongó, y el Conde, tras tres inviernos, a su casa regresó.

Halló a su esposa crecida, ancha de carnes y talle, con el culo como un bombo y un hierro que no hay quien falle.

Perdidas están las llaves, el cincho está bien trabado, y el Conde, por más que tira, lo encuentra todo oxidado.

—¡Sois un ruin y un tacaño! —dijo ella con gran decoro—. ¡Esto no hubiera pasado si el cinto fuera de oro!

—Si de oro fuera la prenda —respondió el Conde burlón—, ¡ya te habrían robado el alma, el cuerpo y el cinturón!

—Pues ahora os fastidiáis, que no habréis de catar nada. ¡Marchaos por donde vinisteis, que mi puerta está cerrada!

Montó el Conde su caballo y a la batalla volvió, dejando a la esposa presa a que encuentre un limador.

Corrió ella tras el herrero, que con maña y con tesón, le fue limando los hierros... ¡y gozan de la ocasión!

El Conde halló una aldeana que le dio paz y pasión; sin pasar por la iglesia... ¡y sin tener cinturón!


¿Qué

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