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jueves, 15 de enero de 2026

La Postura del Pez.

 

Abuelos hablando de sexo, y uno fantaseando, los otros están incrédulos de lo que están escuchando.

El fantasma va presumiendo de todas sus fantasías, que se lo hace a la abuela unas tres veces al día.

Uno antes de almorzar, para que esté despejada, y prepare el desayuno tras terminar la colada.

Otro, después de comer, ese mola un montón, pues resulta el mejor postre y ayuda a la digestión.

Cambiando siempre de bando, la del perrito primero, otra del kamasutra y termina el misionero.

Esa la deja echa polvo, pero le mola un montón; se va rendida a la cama y así duerme de un tirón.

—Deja de contar mentiras, vamos a tomar un vino; si tienes alguna más, la cuentas por el camino.

Esas posturas extrañas no las vuelvas a contar, que tu mujer tiene reuma y no se puede doblar.

Tienes la lengua muy larga, tu manguera está arrugada; vienes de salir del baño con la bragueta mojada.

No te creemos ni una, admítelo de una vez: seguro que la que usas es la postura del pez.

—Esa no la conozco, me tendréis que informar; la incluyo en el repertorio para poderla usar.

—En fantasmas como tú, siempre ha sido la empleada: ¡es la de pasarse el tiempo sin comerse una tostada!



El Dilema de las Posturas.

 

La mujer va a confesar, le cuenta al cura su drama; lo está pasando muy mal, sobre todo en la cama.

Si me tumbo del izquierdo, me duele el lado derecho; si me acuesto boca abajo, se aplasta todo mi pecho.

Si me pongo boca arriba, tengo que abrirme de piernas; si las mantengo cerradas, me pican las zonas tiernas.

De pie no me encuentro bien, sufro estando sentada; espero me recomiende alguna postura rara.

—No es el mejor lugar para preguntar al cura; mejor que vayas al médico, él te mandará una cura.

—Precisamente el doctor fue el que me habló de curas; vengo a confesar, por eso, que me enseñe otras posturas.

—Si el médico te manda, necesitas un milagro; me enseñarás tus posturas a ver si puedo hacer algo.

Dame pronto tu dirección, estudiaré bien el asunto; puede que se solucione si rezamos los dos juntos.

Me tengo que asegurar, no quiero manchar mi honor; dime los años que tienes, no vayas a ser menor.

—No me acuerdo exactamente, ya he perdido la cuenta; serán sobre ochenta y cinco, puede que sean noventa.

—¡Ve en paz, hija mía! Yo rezaré ahora mismo; que el Señor se apiade de ti y te cure el reumatismo.

El Dilema del Triangulo.

El chico está indeciso, se siente en un gran lío; no sabe cómo salir, pide consejo 

a un amigo.

Su amigo es un experto en casos muy complejos; espera que lo oriente para seguir su consejo.

—Tengo tres novias —le dice—, y las estoy comprobando: dándoles mucho dinero para ver cómo lo están gastando.

Una lo gastó en ropa, hasta el último centavo; quiere estar muy hermosa y tenerme enamorado.

Otra me compró un traje para que luzca elegante; presentarme a su familia y poder seguir adelante.

La tercera invirtió en bolsa; pasados ya seis meses, me devolvió aquel dinero con bastantes intereses.

Son variables muy distintas, no sé bien qué debo hacer; tú que eres experto en damas, ayúdame a escoger.

—Fácil de solucionar, no es un problema complejo; como soy amigo tuyo, te daré el mejor consejo:

Ante tal indecisión y el dilema que hoy abordas, te sugiero que te quedes... ¡con la de las tetas gordas!

Repites la Faena


 Mamá, te cuento un secreto que me tiene preocupada: no me baja la regla, creo que estoy embarazada.

—Compartiré tu secreto, se lo diré a tu padre; haremos una reunión y que venga el responsable.

Se presentó un caballero con porte y muy bien vestido, conduciendo un Ferrari, un señor muy distinguido.

—Si la dejaste en estado, te casarás con ella; somos de buena familia y además, ella es muy bella.

—Me haré cargo del asunto, pues la dejé en estado; más no me caso con ella porque ya estoy casado.

Si lo que viene es una niña, la cuidaré con alegría: le regalaré una villa y una pensión de por vida.

Si lo que viene es un niño, me hace mucha ilusión: le regalaré un chalé y diez millones de pensión.

Pero si tiene un aborto, será cosa del pasado: me olvido de este asunto y me marcho de su lado.

Saltó el padre muy molesto: —¡No te vas a desvincular! Si ella tiene un aborto... ¡Te la vuelves a tirar!

La Plancha del Amante.

Estando en plena faena oyen un extraño ruido; es el chirriar de una puerta: el regreso del marido.

Él no sabe qué hacer, ella se queda pensando: —¡Métete en el cuarto de ropa, le diré que estás planchando!

El marido no sospecha al ver al tipo sudando; bien sabe que su mujer las pasa canutas planchando.

—Vamos a otra habitación, no le metas mucha prisa, que si se pone nervioso quemará alguna camisa.

—Ese tipo es un novato, usa la plancha muy fría; para la próxima vez, usa la tintorería.

—No te preocupes, cariño, aunque la use muy fría; ese no cobra por horas, ya volverá otro día.

El amante, a la mañana, se encontró con un amigo, y entre trago y apretones le contó lo sucedido:

—Ayer lo pasé muy mal, terminé hecho una sopa; ¡la muy pilla me obligó a planchar toda su ropa!

—La ropa que tú planchaste... tengo la corazonada, que fue la que yo lavé toda la semana pasada.

Días Rojos Cristales Limpios

 

Entra el hombre en la farmacia sin saber muy bien qué hacer, se olvidó del fiel encargo que le hiciera su mujer.

Se siente desorientado, nada le viene a la cabeza; no es igual que entrar al bar y pedir una cerveza.

La empleada se lo queda mirando, pues la chica es muy apuesta; él se acerca sonriente y una ayuda le solicita.

—"No recordar el encargo me está causando un estrés... Es algo que usan ustedes, creo que una vez al mes".

—"No se preocupe, señor, no me causa una sorpresa; seguro que ella le ha dicho: 'tráeme un pack de compresas'".

Se despejaron sus dudas, vio la luz como el sol; ella sacó las compresas y un frasco de Crista sol.

—""Solo quiero las compresas, lo otro no lo ha encargado; ella lo tiene muy limpio, ¡hasta se lo ha rasurado!".

—"No es para ella, señor, espero que no se asombre, que el líquido de cristales lo suele usar más el hombre".

"Esos días de la esposa no suelen ser muy normales; y el marido, por no aburrirse... ¡Se pone a limpiar cristales!

El Dilema de la Cena.


La mujer está aburrida, su jornada ha sido plena. Llega a casa medio frita y tiene que hacer la cena.

«Este ritmo no es vida, no lo puedo soportar. Cocinaremos por días, me tendrás que ayudar».

«Cariño, lo que tú mandes, es una idea muy buena. De ahora en adelante, nos turnaremos la cena».

Ella se echó una siesta y la piensa disfrutar; comerá lo que él le ponga a la hora de cenar.

Llega el momento esperado, toda llena de ilusiones... ¡Su marido está en pelotas tocándose los cojones!

Con una mano en un vaso, despanzurrado en la silla: «Cariño, siéntate encima, ¡que vas a cenar morcilla!».

«Eres un gran cocinero, no te complicas la vida. Rica está la "morcilla", deliciosa la bebida».

«Mañana me toca a mí, creo que vas a flipar: cenamos las sobras de hoy... ¡Y me lo vas a chupar!».


Una curiosa Historia



El pobre sufre un complejo que arrastra desde pequeño: tiene los huevos muy grandes y el pito... ¡Sin mucho empeño!

Se echó novia de mayor y, siguiendo con el tema, buscó pronto un curandero que arreglara su problema.

Era un curandero negro de una tribu de Gabón, donde el pene usan los viejos ¡como si fuera un bastón!

El ungüento es efectivo, ni él mismo se lo creía: el miembro se desarrolla un poquito cada día.

Le pide pronto a la novia un rápido casamiento, temiendo que eso se encoja y se le joda el invento.

La mujer, con semejante arma, lo pasa de maravilla; pero sigue aquel creciendo por debajo la rodilla.

Efectos colaterales: ha pasado más de un año, no quiere que crezca más... ¡Ya!
no cabe ni en el baño!

Deja de darse la crema y se le encoge un montón, la piel no le queda tersa: parece un acordeón.

Es una cosa muy rara, no lo tiene controlado; necesita más ungüento para volver a su estado.

Pero ya es demasiado largo, tiene que tomar medida: al vaciar la bañera, ¡él le tapa la salida!

—Cari, esto es demasiado, pasa de castaño oscuro. —No te preocupes, amor... ¡Podemos hacerle un nudo!

—Si te molesta al bañarte, no me hagas la puñeta: lo mejor es que te duches subido en una banqueta.

El Habito del Desertor.


Un soldado va escapando de una estúpida guerra. Él no quiere ser valiente, todo le importa una mierda.

Salta el muro de un convento donde se piensa ocultar. Es un terreno sagrado, nadie lo irá a buscar.

Una monja está rezando absorta en su oración; él ve allí un escondite y aprovecha la ocasión.

Bajo el hábito ancho se siente bien protegido. Nadie entra en ese sitio, ni el más fiero enemigo.

La monja no dice nada, pues cumple con su deber: es amor hacia el prójimo, perdonar y proteger.

Pasado ya cierto tiempo se encuentra más relajado. Siente un roce en la cabeza: el peligro ha terminado.

Da las gracias a la monja con un abrazo y un beso. Nota unas piernas de hierro y el roce de "su grueso".

—Yo te sacaré de dudas y te hablo con certeza; solo tienes que pensar en el golpe en tu cabeza.

Soy desertor como tú de esta guerra de mierda; me disfrazo de novicia... ¡Pues no quiero ir a la guerra!



El Luto Inespersdo.


Por andar de picos pardos, pescó una enfermedad; el pito cae a trozos, solo queda la mitad.

La parienta le recrimina, ya no duerme en su cama; con dolor de cabeza, del amor no tiene gana.

Él ama a su mujer, quiere seguir adelante. El médico le aconseja: —Lo mejor es un trasplante.

—Yo no quiero la de un viejo, que es el único donante. Un joven jamás la dona, no habrá quien lo trasplante.

—No te preocupes, cariño, déjame pensar en algo; quizá existan otros métodos que puedan solucionarlo.

—No pienses en siliconas ni medios artificiales; de esos ya tengo de sobra, solo admito naturales.

Al fin llegó el trasplante al decimoctavo día; se lo enseñó a su mujer y la dejó sorprendida.

—¡Eres un pedazo de cabrón, un verdadero demonio! No quiero saber de ti, aquí acaba el matrimonio.

Se marchó lejos de él, no quería ver su canuto; se vistió toda de negro, de riguroso luto.

Cuando una amiga la vio, quiso saber del entuerto: —¿Cómo es que vas de luto, si tu marido no ha muerto?

—No es por ese cabrón, que es un verdadero cerdo; el luto que estoy guardando... ¡Es por la pérdida del perro!

Soluciones da Cantina.

 

—Sospecho que no me amas, haces el amor sin gana; creo que escondes a alguien debajo de nuestra cama.

—Estás mal de la azotea y vives obsesionado. Puedes echar un vistazo: verás que está despejado.

En efecto, comprobó que ella tenía razón. Todo estaba despejado, no quedó ni un rincón.

Su obsesión no se le pasa, no lo puede soportar. Pide cita al psiquiatra por si lo puede curar.

Alegre acude a la cita en la primera ocasión. ¡Le parece que es muy cara! Curarse valdrá un pastón.

Triste regresa al hogar, pensando por el camino: «Me sale más económico agarrar un pedo con vino».

Va directo a la cantina, allí, entre vaso y vaso, le comenta al cantinero lo singular de su caso.

Este, que es un lince, se ríe de su obsesión; entre risas le comenta: —Yo tengo la solución.

Dices que tu cama es alta y no sabes qué hacer... ¡Prueba a cortarle las patas y nadie se podrá esconder!

Si esta recomendación no te sirve de modelo, olvida cama y colchón ¡y te acuestas en el suelo!

Lencería para un difunto

 

Lencería para un difunto

Dos viudas coinciden visitando el cementerio: una viste de colores, la otra guarda el misterio.

La de negro se arrodilla y se pone a rezar, rosario siempre en la mano y no para de llorar.

En cambio, la de colores no siente ningún complejo: luce una minifalda que casi enseña el conejo.

A veces se abre de piernas, las lleva bien depiladas, y le pide al esposo que mire sus mini bragas.

Otro día se despoja de la prenda superior, para lucir el escote y el mini sujetador.

La viuda de luto negro está muy alucinada; ante tan rara conducta, no entiende nada de nada.

—¿Cómo es que en tus visitas nunca vienes a rezar, y cada prenda que estrenas se la vienes a mostrar?

—Mi esposo era un viajante de lencería fina; dejó maletas tan llenas que el armario no termina.

Como siempre andaba fuera, poco pudo contemplar; ahora que sé dónde ubicarlo, se las vengo a modelar.

Te extraña que esté tan alegre, cantando y sonriendo... ¡Es que hoy sé dónde descansa y quién se lo está comiendo!



El Joven y la Avería

 

El Joven y la Avería

El joven tuvo una avería en un lugar algo oscuro. Se encuentra sin cobertura y no lo cubre el seguro.

A lo lejos ve una luz en medio de la espesura; parece un lugar habitado, se acerca a pedir ayuda.

Allí encuentra a una familia dispuesta a prestarle ayuda; una singular familia que siempre anda desnuda.

—Ahora ya es muy tarde, te invitamos a cenar; debes quitarte la ropa para no desentonar.

A su lado, una rubia toda en pelota picada; su miembro golpea la mesa sin él poder hacer nada.

Ella le dice al oído al terminar de cenar: —Por normas de la familia, te la tengo que bajar.

Se la dejó como un trapo, y emocionada repetía: —Cuando pases por aquí, ¡simula otra avería!

Esto contó a un amigo, el cual no se lo creía: —Mañana paso por allí y simulo una avería.

El recibimiento es bueno, la rubia está a su lado; él se pone muy nervioso, se sienta de medio lado.

Por contemplar a la rubia cometió el error primero: no asentó bien el trasero y se le escapó un pedo.

El padre le dice al hijo: —A este se le van los pedos. Llévalo a tu habitación y ¡tápale el agujero!

La Tragedia del Amor


 Es un muchacho sensible, de muy noble corazón, que se entrega por entero a la primera ocasión.

Con la vecina del quinto, el padre lo vio abrazado; tuvieron una charla seria en un lugar apartado.

—Hijo, deja a esa muchacha, su madre es la Mariana; tuve una aventura con ella... ¡Puede que sea tu hermana!

Ante tal revelación, él se quiere suicidar; era su primer amor y lo tiene que olvidar.

Ha pasado casi un año, ya superó lo peor. Su vida se normaliza: encontró un nuevo amor.

Esta será la elegida, ya lo tiene decidido; pero al verla, nuevamente, el padre halla un parecido.

—Hijo, tienes que dejarla, hazme caso, por tu bien; mira bien sus facciones, son las mías, ¿no las ven?

De joven fui un semental, y fumaba marihuana; el próximo amor que busques... ¡Mejor que sea australiana!

Imposible asimilar la historia de aquel padre, y decide consultar la opinión de su madre.

—Yo siempre lo vigilé porque me tenía mosca; su semilla es muy estéril y no se come una rosca.

Deja ya de preocuparte, pásalo de puta madre; vete con la que tú quieras... ¡Que él ni siquiera es tu padre!

La Profecía del Siglo 28

 



La mujer era ignorante en esto de las posturas; le gustaba lo de siempre, por la noche y a oscuras.

Está algo desfasada, no se cuelga ni un adorno; ve poca televisión y nunca entró en el porno.

Su pareja le propone que hace falta innovar: buscar distintas posturas a la hora de chingar.

«Esto es como el tiempo, que de vez en cuando llueve: la próxima probaremos a hacer el sesenta y nueve».

—Eres un caprichoso y te voy a complacer; dime qué postura es esa y lo que tengo que hacer.

—Es una cosa sencilla, no es una cosa rara: tanto el uno como el otro pone el culo en la cara.

—Eso debe ser moderno, no creo que antes se usara; es un poco "guarrete" poner el culo en la cara.

Tenía razón la mujer: con chupada y movimiento, le soltó un pedo en la cara que movió los cimientos.

«Si este es el sesenta y nueve y aún faltan sesenta y ocho... ¡Yo cierro el chiringuito hasta el siglo veintiocho!».

Sabor Tropical

 Sabor Tropical

Regresa de vacaciones, las pasó en Punta Cana. Allí comió mucha fruta, incluida la banana.

Libre de aquel marido que no pudo acompañar, pues no hubo vacaciones y tuvo que trabajar.

Al regreso, su esposo la encuentra muy cambiada: le han crecido los pechos, está más guapa de cara.

Se la lleva a la alcoba y se lleva una sorpresa: al besarle un pezón, ¡aquello sabe a frambuesa!

Emocionado el marido, busca el otro "biberón"; este sabe aún mejor: es fruta de la pasión.

—Cariño, no te emociones, y deja ya de chupar. Te portas como un niño que solo quiere mamar.

—Este sabor tropical algo me está transformando; noto cosas muy raras, pero seguiré probando.

Las tienes tan infladas... tengo que seguir chupando; ¡con cada beso que doy, mi plátano sé va estirando!

Si chupas más abajo, seguro te sabe a fresa y pasados nueve meses¡Te daré una sorpresa!

Tiempos sin locomoción


 Tiempos sin locomoción

Tiempos sin locomoción, en un pueblo ya perdido, con una tropa de hombres buscando el oro en el río.

Sin trabajo y sin dinero, allí espera encontrar la gran pepita de oro para poderse casar.

Pero ya ha pasado un año y no sabe qué ha de hacer: no encontró la gran pepita ni ha visto a una mujer.

Es un lugar solitario, donde no existen placeres. Desesperado pregunta: "¿Dónde hallaré a las mujeres?"

—Es un camino muy largo el que hay que recorrer; llegarás muy fatigado a la "casa del placer".

—Sigue recto ese sendero, encontrarás un cercado; allí verás unas burras pastando hierba en el prado.

Elige la que te guste, que ya haya sido montada; si eliges una novata, puede darte una patada.

Te acercas muy despacito, la empiezas a acariciar; si ella levanta la cola, es que se deja montar.

A su regreso preguntan si se siente satisfecho, si encontró aquel lugar y por todo lo que ha hecho.

—Elegí la burra joven, no se dejaba montar; la cabalgué varias veces hasta que la logré domar.

—Lo de montar a la burra veo que no has asimilado: ¡eran para ir al burdel y no llegar tan cansado!

La Postura del Murciélago.


Madre, tengo un ligue que no se piensa casar. Dime qué tengo que hacer y a dónde puede llegar.

—En estos casos puntuales, hay que usar la cordura y proteger la parcela debajo de la cintura.

De cintura para arriba te puedes dejar tocar; de cintura para abajo, eso lo debes guardar.

Esa es zona peligrosa, no olvides nunca mi consejo: allí está la conejera, ¡no dejes que entre el conejo!

—Seguiré tus consejos, llenos de sabiduría; le dejaré que disfrute de cintura para arriba.

—De cintura para arriba, gracias, no pasa nada... Seguí todos tus consejos ¡y estoy embarazada!

—Me dirás cómo lo hizo, estoy la mar de intrigada. Será por arte de magia que te dejó embarazada.

—La postura del murciélago es la mar de divertida... ¡Y la conejera queda de cintura para arriba!