Lencería para un difunto
Dos viudas coinciden visitando el cementerio: una viste de colores, la otra guarda el misterio.
La de negro se arrodilla y se pone a rezar, rosario siempre en la mano y no para de llorar.
En cambio, la de colores no siente ningún complejo: luce una minifalda que casi enseña el conejo.
A veces se abre de piernas, las lleva bien depiladas, y le pide al esposo que mire sus mini bragas.
Otro día se despoja de la prenda superior, para lucir el escote y el mini sujetador.
La viuda de luto negro está muy alucinada; ante tan rara conducta, no entiende nada de nada.
—¿Cómo es que en tus visitas nunca vienes a rezar, y cada prenda que estrenas se la vienes a mostrar?
—Mi esposo era un viajante de lencería fina; dejó maletas tan llenas que el armario no termina.
Como siempre andaba fuera, poco pudo contemplar; ahora que sé dónde ubicarlo, se las vengo a modelar.
Te extraña que esté tan alegre, cantando y sonriendo... ¡Es que hoy sé dónde descansa y quién se lo está comiendo!

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