El fin de la "manopla"
Desaparecen los cines, es el final de una era; se lleva en su descalabro a la vieja pajillera.
Abrían las salas pronto, diez de la mañana daban, y las amas de pensión de la cama nos echaban.
Muchos chicos de patrona, sin un sitio adonde ir, buscábamos la butaca donde poder hasta dormir.
Allí estaban esas mujeres, solícitas y puntuales, que por unas mil pesetas te remediaban los males.
Al ver a un tipo solitario lo calaban de memoria: joven, solo y con urgencia, sin familia y sin novia.
Se sentaban a tu lado y empezaban a tocar; si te gustaba el meneo lo tenías que pagar.
Ella ponía su precio, tú tirabas a la baja, y si no había trato alguno te quedabas sin la paja.
Era difícil el acuerdo, todas daban la matraca; o te marchabas del cine o cambiabas de butaca.
Dedicadas a ese oficio, eran mujeres cansadas, viejas glorias del pecado y nunca bien jubiladas.
Denunciar era imposible, sería una cosa absurda; nadie te habría hecho caso, solo serviría de burla.
Llegan nuevas diversiones, aquel mundo se extinguió; los jóvenes hoy no saben que aquello un día existió.































