Los Chorizos de la Tía María
La buena de la tía María, que era una vecina mía, me enseñó los chorizos que en una orza tenía.
Sumergidos en manteca para mantenerlos tiernos, eran joyas del verano sin tocarse en el invierno.
Casada con el tío Juan, como no tenían hijos, se daban el gran lujo de guardar esos chorizos.
Yo soñaba con la orza, no dejaba de pensar: ¿qué método usaría para poderlos trincar?
Estudié bien el terreno muy temprano una mañana, y descubrí que se entraba por una vieja ventana.
Fui dando cuenta de ellos y, para ir disimulando, puse nabos en el fondo mientras me los iba almorzando.
Terminé con la matanza, ¡qué chorizos tan bravos!, que por arte de magia se convirtieron en nabos.
Dijo el cura en un sermón: "Hijos, no debéis pecar, que se ensucia la conciencia y la carne se echa a mal".
Pensó entonces la María, repasando sus pecados: "¡Con razón mis chorizos se han vuelto puros nabos!".

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