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miércoles, 14 de enero de 2026

Las tres viajeras


Las tres viajeras

Comentan tres amigas, sus viajes en avión, y el tipo de vestuario para dicha ocasión.

Viven obsesionadas, lo tienen muy presente: destacar con sus ropas si ocurre un accidente.

Una se viste de rojo por si el motor fallara, pues es un tono fuerte que pronto se avistara.

—No es una mala idea, pero la mía es mejor: yo voy de fosforito, que da más resplandor.

María no dice nada, jamás voló en avión, no sabe qué ponerse para tal situación.

—Tú guardas el silencio, pero habrás de viajar... ¿Qué prenda elegirías a la hora de volar?

—Subiría a la cabina sin llevar ni una muda, sin maleta y sin ropa, completamente desnuda.

—¡Es una idea estupenda! Si se estrella el avión, al ver tu cuerpo inerte llamaría la atención.

Más en la charla interviene mi futura suegra: —¡Lo primero que buscan es siempre la caja negra!

El Pronóstico de María

 El Pronóstico de María

Con el tiempo tan revuelto la gente no sabe qué hacer: si será un día estupendo o si acaso va a llover.

Esas mismas inquietudes no preocupan a María; ella sabe cuándo llueve o será un hermoso día.

Con un sol muy despejado, sin visos de caer agua, María sale a la calle cargada con su paraguas.

Cae al poco un chaparrón y le dice una vecina: "—¿Cómo sabes cuándo llueve? ¿Eres acaso adivina?

El otro día te vi, con el cielo muy nublado, ibas tú sin el paraguas y al poco hubo despejado".

"—Antes de salir de casa, miro el pene a mi marido; a ver si lo tiene húmedo o si lo tiene dormido.

Si lo tiene muy húmedo, ya sé lo que tengo que hacer: salgo pronto con paraguas porque ese día va a llover.

Si lo tiene bien dormido y al tocarlo ni se mueve, puedo salir muy tranquila, pues sé que ese día no llueve".

"—¿Y qué haces —dice la otra— si al tocarlo algún día, lo encuentras muy animado apuntando hacia arriba?"

"—En esas condiciones, ¡rápido sé lo que pasa! Ese día lo aprovecho... ¡Y no salgo de la casa!"



El Amor Sordera.


 

Tiene un novio muy roñoso, ella lo quiere cambiar, con mucho amor y cariño para podérselo casar.

Surge un acontecimiento: él juega a la lotería, y llega su día de suerte con la "suerte" primitiva.

Dos millones y medio... ¡Ella salta de alegría! Eso lo cambia todo, bendita la lotería.

Nunca le hizo un regalo, este será el primero; antes siempre repetía: "Es que no tengo dinero".

"Ahora que tengo parné, puedo darte una alegría. Pide lo que tú quieras, que lo tendrás en el día".

Para darle una sorpresa y queriendo ser original, ella le pide el regalo escrito en una postal.

Rápida contestación: "Iré a media noche. Tú me abres la puerta cuando escuches el coche".

Se presentó puntual, sonriendo y cantando: "Ya traigo tu pedido, vete ya preparando".

"¡Estás jugando al despiste! No pedí cuarenta polvos... ¡Eres un puto roñoso! ¡Es un deportivo XL Volvo!"

La justicia divina

 La justicia divina

La justicia, la de arriba, es difícil de explicar, y este es un claro ejemplo de lo que puede pasar.

En el pueblo vive un cura que ejerce con gran pasión, que cuida de su parroquia y enseña la religión.

También vive un buen taxista que invade hasta las aceras, no respeta las señales en calles ni carreteras.

Dos personas tan distintas que, por culpa de la prisa, se encuentran cuando el cura va a paso de dar su misa.

Una decisión fatal: subir con aquel alocado. Chocan contra una farola y quedan "espachurrados".

Juntos llegan hasta el cielo; el taxista es premiado con la distinción más alta, más el cura es ignorado.

No entiende tal injusticia, pues sus misas y sermones no le sirven para nada... ¡Exige explicaciones!

—Tus misas y tus sermones eran lentos y aburridos; siempre decías lo mismo y acababan todos dormidos.

En cambio, con el taxista, como nada respetaba, pedían ayuda a Dios ¡y todo el mundo rezaba!

Tras oír la moraleja y el veredicto escuchado... ¿Quién merece ser premiado?


Especial el "Sesenta y nueve"

 

Sus amigos no comprenden que no le guste bailar, y a sus veinticinco años esté aún por estrenar.

Es un chico singular que se explica con paciencia: siempre pone de pretexto que le gana la vergüenza.

"Te buscamos una chica muy sencilla y educada; tú espera en la habitación y con la luz apagada.

No hace falta ni que hables, todo se hará en la espesura, comprobar el material y probar alguna postura".

Él no sabe de "material" ni se muestra exigente, le basta con una joven que sea un poco inocente.

De posturas nada sabe, la curiosidad le puede, solo recuerda en su mente algo del "sesenta y nueve".

De duraciones no entiende, desea que sea breve, y le pregunta a la dama: "¿Tú haces el sesenta y nueve?".

"Si alargamos la función, yo espero no sea breve; a las doce y un minuto... ¡Cumplo los sesenta y nueve!".

El milagro del paracetamol

 

El milagro del paracetamol

La mujer dice al marido: —Eres un buen cabezón, estás hecho una castaña y no me das la razón.

Tienes que ir al médico, que te haga una revisión; siempre estás de mal humor y has perdido la pasión.

—Eso es normal a mi edad, son unas simples cosillas; verás lo que me receta: seguro simples pastillas.

—Si unas simples pastillas te mejoran el humor, yo sería más feliz... ¡se lo explicaré al doctor!

Le explicó la mujer lo que le pasa al marido. Sin la cita presencial, la mujer se hizo un lío.

Con las pastillas en casa que le trajo la mujer, con la letra tan pequeña él no se puso a leer.

A la hora de tomarla empieza a reaccionar: —Vente, cariño, a la cama, que te voy a espabilar.

Cada ocho horas un "kiko", él siempre estaba a punto. Pero al terminar la caja... ¡se le declaró difunto!

La buena mujer compró pastillas para el amor, ¡y el médico recetó simple paracetamol!


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Misión de Intercambio.


 Se van a vivir al campo, muy lejos de la ciudad, buscan la vida sencilla, con paz y tranquilidad.

Esa paz que tanto ansían muy pronto se ve truncada, por unos extraterrestres en visita inesperada.

Han venido a la Tierra en una misión compleja: probar a crear otra raza intercambiando pareja.

El reto es inesperado, a la vez que atractivo; la mujer, más decidida, pronto anima a su marido.

Terminada la sesión, pasada ya la "calentura", los dos están de acuerdo en contarse la aventura.

—Al sacar el aparato, yo me quedé muy asombrada: era como un gusano, no servía para nada.

—No te preocupes, terrícola, sé bien lo que estás pensando: si le das unos tirones, esto se va agrandando.

El sistema era sencillo, el método funcionaba: se ponía larga y gorda cada vez que la estiraba.

Fue una noche muy feliz, la más grande de mi vida; jamás volveré a encontrar un "aparato" a medida.

—Ahora cuéntame tú, ¿qué tal te lo has pasado? Seguro le diste caña hasta quedar reventado.

—De tanto estiramiento, me la dejó hecha una mierda: me quedó larga y finita... ¡Como una lombriz de tierra!


La confesión del cura

 

La confesión del cura

Se encuentra ante el doctor con el rostro demacrado, tiene profundas ojeras y se siente muy cansado.

—Para poder valorar, aunque conozco tu oficio, cuéntame algo de tu vida, sobre todo de tus vicios.

—La verdad, tengo muy pocos, llevo una vida sin vicio: como bien, duermo lo justo y hago un poco de ejercicio.

De tabaco, casi nada, tres pitillos cada día: uno después del almuerzo, dos más con el mediodía.

No me paso en la bebida, bebo el vino que me agrado, con tres gotas de agua fría para que tenga menos grado.

Quizás en la comida sí que me esté sobrepasando, mi trabajo no es de fuerza y por eso voy engordando.

—No es para estar tan cansado, ¡tendrías que estar bailando! ¿Haces mucho el amor... o solo de vez en cuando?

—Eso es igual que el comer, siempre me sobran las ganas; lo más normal es que yo eche unos doce a la semana.

—No creo estar excediéndome, pues según he consultado, es lo que suele hacer siempre cualquier joven recién casado.

El médico se hizo cruces: —¡Válgame Dios, qué recuerdo! ¡Que tú no estás casado... y eres el cura del pueblo!

La técnica del ladrillo



La técnica del ladrillo

En tiempos de Mari castaña, con técnica muy avanzada, decían que, haciéndolo en pie, no quedabas embarazada.

Para reforzar el asunto, un complemento existía: si al terminar hacía pis, limpiaba la tubería.

Dos amigas estudiaban técnicas tan avanzadas; si el invento funcionaba, se iban a poner moradas.

A una la ronda un cojo, y ella, que el defecto ve, piensa: «si tiene una corta, no podrá hacerlo de pie».

Se va el cojo con la otra, a quien le mola un montón; le soluciona el problema en la primera sesión.

La otra, por darle envidia, busca un mozo más alto, que le fabrica una tripa casi en el primer asalto.

Le dice a la del cojo: «Tú no estás embarazada; gozarás más que ninguna, pero lo harás tumbada».

«¡Siempre lo hacemos de pie! Aprovecho su cojera; me da muy buen resultado, te explicaré la manera:

Yo llevo siempre un ladrillo, no me fío a la aventura; lo pongo bajo la corta y quedan a la misma altura.

No me fío de los dichos, ni que "de pie es lo mejor"; si no entra la gasolina, no arrancará el motor.

Me mantengo siempre alerta, y cuando él más acelera, ¡le doy un pie al ladrillo y desenchufo la manguera!».


La Dosis Equivocada


Dosis Equivocada

Pide un hombre en la sexshop unas pastillas potentes, que al tomarlas su mujer rápida se recaliente.

—Para darte esas pastillas yo tendría que saber, a cuántos grados bajo cero se te pone la mujer.

—Nunca le medí los grados, yo le puedo asegurar que cada vez que la toco me pongo hasta a tiritar.

Si le enchufo el pizarrín, la cosa se pone peor: ¡es como si la metiera dentro del congelador!

—Toma, pues, estas pastillas, que son el último grito. ¡Que solo se tome una! O con más... ¡Te funde el pito!

Llega a casa emocionado, le da una a la mujer, pero él se toma dos para poder responder.

Ella se desnuda rápido llamando pronto al marido, pero al mirarle la pieza... ¡La tiene medio dormida!

—¡Marido, eres un desastre! Esto no tiene perdón. No me sirves para nada, ¡yo quiero un hombre de acción!

—¡No eres tú sola, mi amor! ¡Ahora ya somos dos! Tengo el culo como un horno, ¡y necesito un extintor!

Por no seguir los consejos lo pasó mucho peor: para enfriarse las nalgas, ¡vació todo el extintor!

La Solución de la Bruja.

 

Un desastre de marido, tan borracho y comilón, que su mujer, ya aburrida, buscaba una solución.

Consultó a varios doctores, nadie dio con la receta; halló al fin la medicina en una bruja discreta.

—Con este simple brebaje que te voy a preparar, si se lo echas en el vino creerá que va a reventar.

Perderá el conocimiento, te podrás aprovechar; dile, cuando vuelva en sí: "¡Algún día vas a explotar!

Hoy tuviste mucha suerte, estás vivo de chiripa; si sigues haciendo el tonto, te quedarás sin la tripa".

—Tienes otra alternativa: ve directo al matadero, y recoge entre el despojo unas tripas de cordero.

Cuando vuelva a recaer y lo encuentres bien "pedo", se las pones junto al culo... esas tripas de cordero.

—¡Qué razón tenías, mujer! Sigo vivo de chiripa; se cumplió lo que advertiste: ¡se me salieron las tripas!

—Eso es por no cuidarte, aunque tiene solución; seguro que al escaparse te dolieron un montón.

—No dolieron al salir, lo que no llego a entender... ¡Es que las pasé muy putas al volverlas a meter!

El niño, la bruja y los huevos

 

El niño, la bruja y los huevos

Diez años sin tener niños sin saber cómo ocurrió, ella queda embarazada y de mellizos parió.

Al comenzar con el habla uno es más adelantado, el otro no dice nada: es bueno, pero callado.

El matrimonio, angustiado por corregir esa pega, con empeño lo han llevado directo al logopeda.

Lo revisan los doctores y llegan a sentenciar: «El niño está muy perfecto, solo tarda en hablar».

No se fían del dictamen, buscan otra solución; la abuela les recomienda curanderos de la región.

La bruja le pone en cueros, le hace una revisión y dice que por mil euros le dará la solución.

—No me importa ya el dinero, no me haga usted esperar, le daré lo que me pida si el niño empieza a hablar.

Usa un truco muy antiguo, el método no es muy nuevo: le agarra de las pelotas y le retuerce un huevo.

El niño pega un chillido, las está pasando putas, se encara con la señora: «¡Usted es una hija de puta!».

El padre, muy emocionado, llama rápido a la madre: «¡Estoy la mar de contento, he conseguido que hable!».

—¡Marido, eres un desastre, un torpe y un cornudo! ¡Te llevaste al que ya habla y aquí me dejaste al mudo!


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Cuestión de Retraso.


Bien que te lo advertí y tú sin hacerme caso, por culpa de tu despiste ya va un mes de retraso.

Presumías ante todos de tenerlo controlado, mañana iré yo al médico a que me dé el resultado.

Con el análisis hecho llega el primer fracaso: el doctor nos confirma que hay un mes de retraso.

Llaman de la compañía, ¡qué raro suena este caso! Le dicen que su mujer lleva un mes de retraso.

El hombre está en un lío, no se lo puede creer: ¿Cómo sabe Iberdrola lo que siente su mujer?

—Vaya usted pronto al banco, le dan poco tiempo y plazo, si su mujer se pone al día cerraremos este caso.

—¿Y si me niego a pagar? —pregunta él con frialdad. —Pasaremos por su casa y se la vamos a cortar.

—¡No me la pueden cortar! ¡Piensen en mi mujer! Con el marido capado, ¿ella qué va a hacer?

—Eso no es problema nuestro, a nosotros nos la pela, que se las arregle ella... ¡Con un cirio o una vela!

El Perdón del Despreciado.

 

De joven ya la quería, siempre la había soñado, pero ella no le hizo caso: mil veces fue rechazado.

Al cumplir los quince años, odiando la vida rural, buscó un destino distinto en la gran capital.

Sus padres no lo aprobaron, más ella estaba obstinada; tras una amarga disputa, se marchó de madrugada.

Pasaron años de olvido, sin querer nunca volver; aunque la vida era dura, no dio su brazo a torcer.

Más un día inesperado, una visita llegó; ella, marchita y soltera, a su puerta lo encontró.

Dudó si lo conocía, fingiéndose descuidada; no quería revivir una época pasada.

"¿Por qué se dirige a mí? No lo conozco de nada". —Me recuerdas a un amor de una vida ya olvidada.

Me encuentro solo y muy triste, el dinero me ha sobrado; si me entregas tus caricias, serás bien recompensado.

Tras encuentros repetidos, ella terminó prendada: —"Quédate siempre conmigo, aunque no me pagues nada".

—Soy aquel joven del pueblo que un día fue rechazado; conseguí lo que quería y me ha salido regalado.

Es dinero de tus padres, que sufren por tu destino; me pidieron que te hablara para marcar tu camino.

No perdona el despreciado, el orgullo lastimado, pero siempre da el perdón quien de veras ha amado.

Igualdad en el trabajo.

 

Después de una operación, él estaba disgustado: le cortaron los testículos, lo habían dejado capado.

Su novia le dio de lado, también perdió el trabajo. Él, para olvidar el tema, quería volver al tajo.

Recorrió varias empresas que, al conocer su caso, decían: "ya llamaremos", pero le daban el paso.

Está muy sano y muy fuerte y necesita currar; le queda poco dinero, le urge ir a trabajar.

Su ánimo no decae ante las adversidades: encontrará aquel empleo que aprecie sus cualidades.

Por fin llegó aquel día, sin ningún impedimento: al leer su currículo lo fichan al momento.

—La jornada es de ocho horas, son los turnos normales; la tuya será de siete y todos seréis iguales.

—Trabajaré las ocho a pesar de estar capado. ¡Yo soy un tío normal, no un discapacitado!

—Esa hora te iguala a capataz y peones... ¡Que pasan media jornada tocándose los cojones!

La parroquia del cachondeo


 

La parroquia del cachondeo

Se hizo mayor el párroco, ya no puede dar la misa. Pide al Obispo un relevo y que lo mande con prisa.

Llega un cura jovencito, ya no viste la sotana; viene montado en una moto de esas de muy alta gama.

El primer día de oficio, con la iglesia medio vacía, dijo: «Quiero verla llena para el próximo domingo».

«Para la siguiente misa, se obsequiará a todo kiski con una botella de ron y tarta de chocolate al whisky».

«Cambiaré la comunión, será mucho más moderna: se dará vino con pincho de jamón de pata negra».

«Y al salir, para que estéis muy contentos la mañana, recibiréis de regalo un buen "chute" de marihuana».

La entrada será gratuita, los rezos serán cantados, y todos los donativos serán bien aprovechados.

Y así la iglesia se llenó, los viejos salieron cantando, acudió toda la juventud y terminaron bailando.

El viejo cura se asusta, no cree lo que está viendo: «Escucha bien, cura joven, ¡esto lo estás pervirtiendo!».

«Es la nueva estrategia para atraer a los clientes: si hay licor y cachondeo, ¡allí se apunta la gente!».


El Doctor (Curalotodo)


Se jubiló el viejo médico, Don Cipriano, el del lugar, que solo daba pastillas y te mandaba a callar. 👴💊

Llegó un doctor muy moderno con un pirsin en la ceja, dice que curar los males es una cuestión muy vieja. 💉🤨

Ya no te mira la lengua, ni te ausculta el corazón, te receta tres cervezas y un buen plato de jamón. 🍻🍖

«Si le duele la rodilla o le pica la nariz, tómese un gin-tonic frío y verá qué es ser feliz». 🍹✨

La sala de espera ahora es una sala de fiesta, con hilos de luces rojas y una banda de orquesta. 🎺💃

Los abuelos con el reuma ya no llevan el bastón, están bailando un reguetón cerca del mostrador. 🕺🔥

El boticario del pueblo está que echa chispas, claro, pues ya no vende jarabes, ¡solo vende ron del caro! 🥃🚫

Vino a verlo el inspector con cara de pocos amigos: «¿Qué receta usted, doctor, a estos pobres mendigos?». 📋🧐

Y el médico le responde con una gran alegría: «¡Si la gente está contenta, no existe la enfermedad fría!». 🥳🌈


Cuidado con lo que te Untas


Tiene una buena amiga que está de pan y moja; ella sueña con algo más, pero él la tiene floja.

Le invita a merendar solitos los dos en casa; él acepta encantado, ya veremos lo que pasa.

Es un día de verano, una tarde de calor; ella, para estar más fresca, se queda en ropa interior.

Él está muy asustado, el pobre empieza a sudar; para refrescarse un poco se tiene que desnudar.

Tapa el pito con las manos, lo tiene algo encogido; ella le mira diciendo: "estamos entre amigos".

—Vete pronto a mi tocador, está en el cuarto de baño, allí tengo yo una crema que aumentará su tamaño.

Cogió la primera crema que vio en el cuarto de baño, se untó una buena ración para aumentar su tamaño.

Las prisas nunca son buenas, y por no leer primero, el pito se puso duro... ¡Parecía de puro acero!

Ante tal acontecimiento, él no sabía qué hacer; desenroscó bien el tubo para poderlo leer.

Casi se cae del susto, la había liado buena... Esto es lo que decía el letrero de la crema:

"Pomada para los callos: frótela y se endurece; a los pocos días se cae... ¡Y al final desaparece!"

EL Buen Samaritano.

 


Se encontró con un amigo que estaba muy cabreado. —¿Qué te pasa? —le pregunta—, ¿por qué estás tan enfadado?

—Un joven paseaba al perro, se cagó en mitad la calle; le llamé la atención y me dijo que me calle.

Es de mala educación contestar de esa manera. Le hice recoger la caca y echarla a la papelera.

—No es solo la juventud la que ya no hace ni caso. A mí me pasó lo mismo, ahora te cuento el caso:

Ayer llegué a mi casa a una hora muy temprana, y encontré a mi mujer en pelotas en la cama.

Le puse el termómetro y casi me lo revienta; me dejó muy asombrado el calor de la parienta.

Un ruido en el armario me dejó sorprendido; me asusté mucho al abrirlo: ¡había un tío escondido!

No salía de mi asombro, me quedé fijo mirando: —¿Qué estás haciendo ahí dentro? Y él dice: —Pues... meando.

Tuve que indicarle el sitio, que aquel no era el adecuado; lo agarré de la pirindola y lo llevé hasta el lavabo.

Le advertí seriamente: —Que no te vuelva a pillar. El armario es para la ropa, ¡aquí es donde hay que mear!


C

Empleado Ejemplar.

 

El empleado llama al jefe diciendo estar medio muerto: —Me encuentro muy fatigado, me duele todo el cuerpo.

No puedo ir a trabajar, si me pusiera peor tendría que ir a urgencias a que me vea el doctor.

—No me hagas la puñeta, tenemos mucho trabajo, yo te daré una receta para que vengas al tajo.

Cuando a mí me pasa eso, no hay medicina mejor que agarrar a la mujer y hacerle bien el amor.

Es el mejor tratamiento, hazlo y me cuentas luego, seguro que te espabilas y quedas como nuevo.

Pasadas unas horas, el chico llegó radiante, con cara de mucha dicha y alegría desbordante.

—Muy bueno fue su consejo, seguí su recomendación, la seguiré practicando en la próxima ocasión.

—Te daré una paga extra por venir a la oficina, por seguir mis instrucciones y tomar la medicina.

Eres un buen empleado, el mejor de la oficina, soltero y con buena planta... ¿Quién te dio la medicina?

—Seguí sus instrucciones, le tuve que obedecer: fui directo hasta su casa y me la dio su mujer.