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miércoles, 27 de mayo de 2026

El secreto del club motero


 Seis años lleva casado y no tiene descendencia. Hace el amor a diario, ¡va a perder la paciencia!

Pertenece a un club motero, su mujer es una estrella. Los compis siempre preguntan si es culpa de él o de ella.

«Sois unos puros cotillas, me lo tomaré a risa; somos jóvenes los dos y no tenemos prisa».

Despacio se pasa el tiempo y todo sigue normal, hasta que un día la esposa le dice: «Me encuentro mal».

«Cariño, dime qué pasa, te noto muy preocupada». «Me encuentro algo molesta, tengo la tripa hinchada».

«Ve rápido al ginecólogo; si tienes la tripa hinchada, lo más lógico del mundo es que estés embarazada».

La revisa el doctor y dice: «Si esto le pasa otra vez, no está usted embarazada... ¡Tómese un Aero-Red!».

La mujer, desesperada, llama al grupo de moteros: «¡Lo que tenía eran gases, que se entere el mundo entero!».

Se expande pronto la historia, el marido está enfadado: «¿Por qué tenías que contarlo? ¡No sabes la que has liado!».

Estas cosas se contagian como la falsa moneda: ahora, cuando uno pincha... ¡me pide que infle la rueda!

El chisme de las comadres

 

Dos amigas cotilleando cómo son los maridos: unos que son muy despiertos, otros que andan dormidos.

Unos que son fumadores, otros que no fuman nada; otros son trabajadores, otros no trabajan nada.

El mío es trabajador de la noche a la mañana. Como llega muy cansado, ya no trabaja en la cama.

El mío también trabaja, pero lo hace sentado. Tiene el culo escocido, anda siempre cabreado.

Cuando llega a la cama, siempre duerme boca abajo. A veces pasan tres meses que no le veo el pingajo.

Nuestros matrimonios son de lo malo lo peor. Ellos con tomar cerveza ya se olvidan del amor.

Echemos una cana al aire y busquemos jovencitos. Les daríamos caña hasta que quedaran fritos.

Busquemos una discoteca donde haya material, con unos huevos frescos que podamos empollar.

Buscaron la discoteca sin estar bien informadas. El portero las rechaza por viejas y por arrugadas.

«Aquí no se admiten mayores ni tampoco jovencitas. Es un local exclusivo, solo para mariquitas».

Dos amigos y un buen vino


 Tres años llevan sin verse Manolo y su amigo Marcelino, y deciden celebrarlo con comida y un buen vino.

Vecinos desde pequeños, pero por una circunstancia, uno se quedó en Madrid y el otro trabaja en Francia.

Se sientan cómodamente para hablar de su vida, frente a un plato de callos con una buena bebida.

Manolo dice a su amigo: «Seguro te habrás casado con una guapa francesa que te haya enamorado».

«Sigo soltero, sin novia, y no me pienso casar; como chapurreo francés, me cuesta mucho ligar».

Terminan los ricos callos y la botella de vino. «Ahora cuéntame tú, ¿qué has hecho, Marcelino?».

«Yo ya me encuentro casado con la hija de Andrea, que andaba algo pachucha y no era guapa ni fea».

«Me gustaría saludarla para poder recordar aquellos tiempos pasados, si me invitas a cenar».

«Olvídate de saludarla, yo no te invito a la cena; te acabo de decir que mi mujer no está buena».

«No te preocupes por eso, yo sé que es algo sosa. Sabes que no soy delicado: ¡cenaremos otra cosa!».

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