Os presento a la Dolores, que se quedó sin marido. Muy querido por el pueblo, era un cachondo perdido.
Quería ser recordado en toda la población, y aprovechó para morirse el Domingo de Resurrección.
Le dicen a la Dolores, que no para de llorar: —No te desesperes tanto, que puede resucitar.
—Este ya no resucita, su vida llegó a la meta. Se murió en día señalado para hacerme la puñeta.
Con un rosario en la mano la mujer sigue rezando. Levanta un poco la vista, ve a las vecinas llorando.
Esto despierta sospechas, la espera se le hace larga. Desea terminar pronto y el coche fúnebre tarda.
Por fin aparece el coche, Dolores suelta un suspiro: «En cuanto pueda me junto... ¡Adiós, querido marido!».
Todo el mundo en silencio, la mayoría rezando. De entre la multitud sale un niño gritando:
—¡Papá, no me abandones! Sin ti me siento perdido. Sabes que te quiero mucho, ¡para y llévame contigo!
Se para el coche fúnebre, sale el chofer gritando: —Hijo, no te puedo llevar, ¡que ahora estoy trabajando!
