El cura monta en su burro, siempre andaba con mil prisas; cinco parroquias tenía y en todas debía dar misa.
Aquello era un sinvivir, era demasiado curro, y el que peor lo pasaba era el pobrecito burro.
Le llevaba bien trotando por caminos y laderas, a veces por malas sendas donde no había carreteras.
Le ataba siempre en el porche y no le daba comida; decía que oyendo misa el animal se nutría.
Un vecino lo vio flaco y le dio bastante pena; le llevó alfalfa y buen grano para la comida y cena.
Pero el cura se lo quitó: «El burro no lo necesita, se mantiene oyendo misa y un poco de agua bendita».
Al final el burro cascó, el cura quedó hecho cisco, y sin tener más remedio fue a contárselo al Obispo.
El Obispo no quiso saber nada, ni hablar de darle un repuesto: «Tu obligación es predicar y encargarte de los muertos».
«Sé bien cuál es mi deber, lo predico cada día, pero también es mi obligación ¡avisar a su familia!».
