Viuda, triste y sola está la pobre Juliana. Se acuesta muy pronto y madruga en la mañana.
Tiene cuatro gallinas, una cabra y el huerto. Con eso ella se entretiene y no se acuerda del muerto.
Con eso se va apañando, así pasa el día a día. Con muy pocas sorpresas y sin ninguna alegría.
Tiene leche, verduras y huevos, ¿qué más se puede pedir? Se toma un vaso de leche, eso le ayuda a dormir.
En esa vida tan simple jamás espera un milagro. Un día, al levantarse, se sobresalta por algo.
Cuando va a ordeñar, la cabra se le ha escapado. Esa cabra tan traviesa había saltado el cercado.
No le queda más remedio que avisar al Manolo, que le buscara la cabra; él es viudo y está solo.
Manolo encuentra la cabra y la devuelve a Juliana. Al fin podrá desayunar ese día en la mañana.
La cabra no quiere entrar, pega saltos y está inquieta. Manolo dice a Juliana si quiere que se la meta.
La Juliana pega un salto, se pone la mar de alegre: —Lo que tú quieras hacer... ¡pero antes ata la cabra al pesebre!
