Homenaje a la tía abuela
Ochenta años, la abuela, se mantenía con tocino, unas patatas cocidas y unas pintas de vino.
Doce hijos, cuatro abortos... una cosa exagerada. Trabajó siempre en el campo, jamás se puso mala.
Pesa cuarenta kilos, va por agua a la fuente; un caldero en cada mano, es un caso sorprendente.
A pesar de todo esto, la abuela va cantando; con los calderos bien llenos, parece que va saltando.
Solo da los buenos días, no se entretiene en hablar; dice que el día es corto y tiene que trabajar.
Un día le da un mareo, al siguiente está peor; no le queda más remedio que visitar al doctor.
Va montada en la burra, no puede ir andando; como pesa tan poquito, esta la lleva trotando.
La examina el doctor, la encuentra desnutrida; le manda dieta severa y que cambie de comida.
No le hace ni caso, sigue comiendo tocino; piensa morir alegre, bebe un poco más de vino.
Llegó a los noventa y cinco, entonces una enormidad; con tocino y un tintorro, se curó su enfermedad.
Es una historia cierta, no es una invención mía. Ocurrió en mi familia: es un recuerdo a mi tía.





