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sábado, 10 de enero de 2026

Homenaje a la tía abuela

 

Homenaje a la tía abuela

Ochenta años, la abuela, se mantenía con tocino, unas patatas cocidas y unas pintas de vino.

Doce hijos, cuatro abortos... una cosa exagerada. Trabajó siempre en el campo, jamás se puso mala.

Pesa cuarenta kilos, va por agua a la fuente; un caldero en cada mano, es un caso sorprendente.

A pesar de todo esto, la abuela va cantando; con los calderos bien llenos, parece que va saltando.

Solo da los buenos días, no se entretiene en hablar; dice que el día es corto y tiene que trabajar.

Un día le da un mareo, al siguiente está peor; no le queda más remedio que visitar al doctor.

Va montada en la burra, no puede ir andando; como pesa tan poquito, esta la lleva trotando.

La examina el doctor, la encuentra desnutrida; le manda dieta severa y que cambie de comida.

No le hace ni caso, sigue comiendo tocino; piensa morir alegre, bebe un poco más de vino.

Llegó a los noventa y cinco, entonces una enormidad; con tocino y un tintorro, se curó su enfermedad.

Es una historia cierta, no es una invención mía. Ocurrió en mi familia: es un recuerdo a mi tía. 

Dos fantoches presumiendo.


 

Dos fantoches presumiendo de cuál de los dos es mejor, por todas las cosas que hacen en trabajo y en amor.

—Soy tan bueno en el trabajo, nadie me puede igualar; llevo veinticuatro horas sin parar de trabajar.

—Qué me vas a contar a mí, si solo me quedé ayer y terminé con el trabajo que tenían que hacer diez.

—Una vez formé un trío con dos mujeres casadas; yo quería seguir la juerga, ellas, las dos, agotadas.

—Eso es poco para mí, lo hice con tres trillizas; yo estaba como una rosa, ellas, las tres, hechas trizas.

—Mi mujer es muy sensible, devota y muy cristiana; un Cristo en el dormitorio, en la cabecera de la cama.

En una noche de amor no lo pudo resistir: se desprendió de la cruz, ¡y no paró de aplaudir!

—A la mía le gusta dar, los pobres le dan pena; en la cabecera tiene el cuadro de la Última Cena.

Cuando le hago el amor, a todos ellos les mola: me acompañan con aplausos, ¡y hasta me hacen la ola!

La culpa "Al muerto"

 

Los embarazos de ahora se controlan un montón; ya se puede averiguar la fecha de fabricación.

Estas cosas tan modernas se ignoraban antaño: unos nacían en meses, otros tardaban un año.

Ella enviudó en enero, una muerte de repente; la mujer quedó hecha polvo, dio a luz al año siguiente.

Le preguntan: "¿Cómo fue?". "El semen quedó escondido, quizás en alguna arruga o en los pliegues del higo".

"Mi vida es una tristeza, tengo poco que comer; por esta causa el niño tarda meses en nacer".

"Si yo lo voy a parir y lo tengo que criar, iros a tomar por culo, dejad de cotillear".

Siguen con los cálculos, la gente lo comenta; como no saben contar, nunca les sale la cuenta.

Nadie pedía la fecha del día del nacimiento; se atrasaba o adelantaba al ir al ayuntamiento.

Eso resolvía problemas, deshacía el entuerto; cualquier problema surgido, se echaba la culpa al muerto.

Un verano de calor


 

Un verano de calor

Un verano con calor, a cuarenta grados diarios, dos mujeres conversaban; escuchad estos comentarios:

Viuda una, otra casada, hablando todo el rato, una se quiere ir a casa y enchufar el aparato.

—Yo me marcho para casa, quiero descansar un rato. En cuanto llegue mi esposo, ¡que me enchufe el aparato!

—Yo no puedo enchufarlo, tengo oxidado el enchufe; como no tengo marido, no hay quien me lo enchufe.

—Si tu enchufe está oxidado y no puedes enchufarlo, cómprate uno de pilas, ese puedes usarlo.

Al poco tiempo se ven y se ponen a cascar: —Dime, ¿sigues con calor? ¿O lo has podido enchufar?

Tiré el viejo aparato heredado del marido; me compré uno de pilas que da calor y da frío.

Por la noche y por el día siempre lo tengo enchufado; igual me da por detrás, por delante que de lado.

¡Maridos, estad atentos! No os dejéis morir, que hay muy buenos aparatos que os pueden sustituir.


Cambio

La Vela del Vaticano


La Vela del Vaticano

 La María se casó, tenía grandes ilusiones; quería tener cinco hijos: dos hembras y tres varones.

Lleva un año de casada sin novedad en el frente. Hace el amor a diario, pero no le crece el vientre.

Los dos se hacen análisis para buscar soluciones; en todos sale que están en perfectas condiciones.

Le pagan misas al cura para ver si ocurre algo. San Nonato no se entera y no produce un milagro.

Otro año trabajando y la tripa sin crecer; y le consultan al cura qué más tendrían que hacer.

—Tengo que ir al Vaticano, creo que puedo hacer algo; si el Papa bendice una vela, puede que ocurra el milagro.

Han pasado doce años hasta que regresa el cura. Ellos tienen doce hijos: ¡eso es una locura!

Al ver el cura aquel cuadro, piensa que es un cumpleaños y le dice a la María: —¿Esto es una vez al año?

—Todos son hijos nuestros, fruto del matrimonio. ¿A quién le puso usted la vela? ¿A San Nonato o al Demonio?

El cura está pillado, en buen lío se ha metido. Se le ocurre preguntar qué dónde está su marido.

—Camino del Vaticano, él ya no puede aguantar; a ver si encuentra esa vela ¡para poderla apagar!

Las desventuras de Antonio

 

Las desventuras de Antonio

Antonio llega borracho a las seis de la mañana; la María está dormida, tranquilamente, en la cama.

Trata de abrir la puerta, la noche no es oscura; lo que pasa es que ve doble, no acierta con la ranura.

El hombre vive en un quinto, la María no despierta; él sigue dando voces, ella duerme a pierna suelta.

Agotado se marea y se tiene que sentar, a ver si sale un vecino para él poder entrar.

Sale el vecino del cuarto, que se tiene que levantar; como tarda demasiado, se le vuelve a cerrar.

Llega uno a descansar de una jornada muy dura, y le dice: «¿Tú qué haces hurgando en la cerradura?».

«Tratando de abrir la puerta, ¿acaso no lo estás viendo? La llave se calentó y se me está derritiendo».

«Tienes una buena castaña, la pillaste en Casa Honorio; difícil abrir la puerta usando un supositorio».

«Ya sé por qué no abre la puerta, ahora di con la clave... ¡Me acabas de recordar dónde me guardé la llave!».