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viernes, 2 de enero de 2026

«Adiós, cariño, me voy a tirar al río».


 Es un muchacho muy guapo que se merecía un diez, mas no conquista a ninguna por culpa de su timidez.

Sueña con besar a una chica, no encuentra nunca la manera; si se cruza con un gay, rápido cambia de acera.

Va paseando y pensando, y no deja de cavilar: ¿cuándo llegará ese beso que tanto desea dar?

De pronto ve a una joven subida sobre un puente; parece que quiere saltar y morir en la corriente.

—Muchacha, ¿qué vas a hacer? Si te lanzas a ese río, te arrastrará la corriente y morirás de frío.

—Eso a ti no te importa, lo que quiero es morir; en el estado en que estoy, no lo puedo resistir.

—Antes de saltar al agua y que todo eso te pase, yo te pido por favor: que un primer beso me des.

—Te daré más de un beso, si quieres, una centena; luego me tiraré al río para acabar con mi pena.

Se dieron cientos de besos, y cuando él se quedó frío, ella dijo: «Adiós, cariño, me voy a tirar al río».

—No entiendo tu obsesión, ¿a qué viene tanta pena? Si eres joven, eres guapa y además estás muy buena.

—Mi problema es muy grave, soy un chico muy complejo: mis padres no me dan dinero... ¡para cambiarme de sexo!

El movil de mí juventud..

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 Movil de juventud

En mi juventud no había tecnologías de ahora; el móvil no existía, la campana era la emisora.

Había un toque para todo con mil interpretaciones: uno para ir a la iglesia, otros para las reuniones.

Eran sonidos distintos: si era rápido, era misa; si se anunciaba un incendio, se tocaba más deprisa.

Las ánimas del purgatorio también eran recordadas: al caer la tarde se oían tres veces tres campanadas.

El día de algún entierro se rendía un homenaje, doblando con paso lento deseando un buen viaje.

Con un sonido perfecto, si era bien ejecutado, llegaban las noticias hasta el pueblo de al lado.

El cura tocaba a misa y subía al campanario; con fuerza daba los golpes para rezar el rosario.

Hoy ya no suben la torre, las tocan desde debajo; no quedan curas tan jóvenes que puedan con el badajo.

Había expertos famosos, de alguno yo me acuerdo; en aquella sociedad eran orgullo del pueblo.

Daban hermosos conciertos que podías escuchar sin pagar una entrada, en el centro del lugar.

La juventud de otros tiempos repicaba cada día... ¡Hoy no queda quien se atreva a subir con alegría!


Contemplado monumentos.


Contemplando monumentos.

Estoy sentado en un banco, me pongo a reflexionar en la de monumentos que se pueden contemplar.

Es como cuando uno compra una caja de bombones: los hay de todos colores y de todas las naciones.

Una, color chocolate... ¿Estará dulce o amarga? Solo se puede opinar si uno pudiera probarla.

Ahora pasa una morena, morena de rayos uva; seguro estará sabrosa como el zumo de la uva.

Una rubia, platino, con un tipo tan perfecto que la miro con disimulo y no le encuentro un defecto.

Ahora se acercan dos con bastante "material", como para hacer dos puentes y una gran catedral.

Una china superblanca, con su piel muy delicada; me parece una muñeca para ser coleccionada.

Un conjunto de maduras... y me estoy dando cuenta de que siguen muy bonitas al pasar de los cincuenta.

Ya no digo ni un piropo, pues no les hace mucha gracia; pero si me dicen "guapo", yo siempre doy las gracias.

No hace falta viajar mucho si vives estos momentos: sentado en un simple banco se contemplan monumentos.


 

Historía de un emigrante.



Historia de un familiar que emigró con ilusión, y tuvo que regresar por una gran depresión.

Argentina era la meta, un gran país con futuro; España era la miseria, donde no se hallaba un duro.

Más o menos como ahora, quizá un poco diferente; es una historia ya antigua, allá por 1920.

Trabajó en mil oficios, llegó hasta a mendigar, y al verse tan derrotado, decidió al fin regresar.

¿Qué sucede en el pueblo? Al volver así, humillado, ya nadie quiere mirarlo y todos le dan de lado.

Solo admiran al que triunfa, al que tuvo mucha suerte; él no tiene qué comer, solo desea la muerte.

Cualquier cosa que se mueva le sirve para ser guisada, y la gente de la aldea lo observa siempre asombrada.

Culebras, aves e insectos... para él son una suerte; come todo lo que pilla, perdió el miedo a la muerte.

Los cocina con sus hierbas, nunca le sucede nada; comiendo lo que da el campo su dieta está equilibrada.

Todos huían de su paso, nadie le mostró cariño, y llegaron a decir que devoraba a los niños.

Vivió muchos años solo, no dejó ni descendencia; fue pronto un hombre olvidado, sin nombre y sin una herencia.


El tesoro del rey moro.


 Los abuelos nos contaban historias sobre los moros, que pasaron por el pueblo y escondieron sus tesoros.

Decían que eran califas, amantes de los placeres, no tenían que trabajar y tenían cien mujeres.

Adornaban con el oro sus comidas favoritas, así, al ir a defecar, les salían las pepitas.

Nunca las recolectaban por salir algo manchadas; las tiraban hacia el río para que fueran lavadas.

Si en el río tú te bañas y ves pepitas de oro, no dejes de investigar: ¡hallarás un gran tesoro!

Si encuentras un buen montón, ese es el botín del moro; lo que dice la leyenda es que aquel es el tesoro.

Si te bañas por la noche, podrás ver ese tesoro; verás brillos en el agua: son las pepitas de oro.

Mas luego nos dimos cuenta de que todo era tontuna: lo que brillaba en el agua era el brillo de la luna.

Pero un joven muy borrico la leyenda se creyó, y buscando aquella herencia en lo profundo saltó.

Nunca consiguió salir, hoy todavía lo buscan; como no sabía nadar... ¡bajo el agua lo disfrutan!


C

"Es muy facil predicar".

ES MUY FACIL PREDICAR
 Hace ya muchos años, el domingo era sagrado. Era día de oraciones, pues así estaba estipulado.

Aunque fueran gente pobre de economía maltrecha, debían dar a la iglesia parte de su cosecha.

El cura, que mandaba tanto, vio a un hombre trabajando. Maldijo toda su siembra por no pasar el día rezando.

Con poco para  sembrar, tuvo una mala cosecha. Su familia pasó hambre y quedó muy maltrecha.

Entre rezos pide a Dios que ocurra pronto un milagro, que le envíe el maná del cielo para poder comer algo.

Pero el maná nunca llega y la miseria acentúa. Se le ocurre al pobre hombre pedir una ayuda al cura.

—"¡Eres tonto del culo por creer en lo que digo! Una cosa es predicar, y otra es darte trigo".

Pasó un invierno tremendo, fue una etapa muy dura. Jamás volvió por la iglesia ni a fiarse de los curas.

Segunda Parte: El sudor y la tierra

Pasaron los calendarios, la nieve se fue fundiendo, y aquel hombre, con sus manos, un destino fue tejiendo. No esperó más milagros ni miró nunca hacia el cielo, buscó el pan en la fatiga y el consuelo en el suelo.

Labró de sol a sol, sin descanso y con empeño, siendo él mismo su maestro, su destino y su dueño. Y la tierra, que es agradecida con quien de verdad la cuida, le devolvió con creces lo que el cura le dio por perdida.

Sus graneros se llenaron, hubo lumbre en su hogar, y sus hijos, ya crecidos, no volvieron a rezar. Pues aprendieron la herencia que el padre les enseñó: "Dios no llena la barriga si el brazo no se movió".