Los abuelos nos contaban historias sobre los moros, que pasaron por el pueblo y escondieron sus tesoros.
Decían que eran califas, amantes de los placeres, no tenían que trabajar y tenían cien mujeres.
Adornaban con el oro sus comidas favoritas, así, al ir a defecar, les salían las pepitas.
Nunca las recolectaban por salir algo manchadas; las tiraban hacia el río para que fueran lavadas.
Si en el río tú te bañas y ves pepitas de oro, no dejes de investigar: ¡hallarás un gran tesoro!
Si encuentras un buen montón, ese es el botín del moro; lo que dice la leyenda es que aquel es el tesoro.
Si te bañas por la noche, podrás ver ese tesoro; verás brillos en el agua: son las pepitas de oro.
Mas luego nos dimos cuenta de que todo era tontuna: lo que brillaba en el agua era el brillo de la luna.
Pero un joven muy borrico la leyenda se creyó, y buscando aquella herencia en lo profundo saltó.
Nunca consiguió salir, hoy todavía lo buscan; como no sabía nadar... ¡bajo el agua lo disfrutan!
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