Amigo, te veo llorando, triste y preocupado. Estás hecho una piltrafa, dime, ¿qué te ha pasado?
Una cosa increíble, difícil de comprender. Ahora te la cuento y no la vas a creer.
Me tocó en herencia la casa del tatarabuelo, que tenía un escondite bajo el sótano, en el suelo.
LLamó mi curiosidad, empecé a investigar qué guardaría el tatarabuelo, y lo empecé a limpiar.
Entre tanto cachivache, llamó mi atención una cosa: una lámpara antigua que era maravillosa.
Apareció el genio, del susto casi me meo. Él, rápido, mi dijo: —Te concedo tres deseos.
Lo más lógico del mundo es que me diera dinero. Treinta millones me dio, ese fue el primer deseo.
Después le pedí cien mujeres, todas jóvenes y bellas, para cambiar cada día y hacer el amor con ellas.
Al necesitar material, no me dio tiempo a pensar y pedí dos almacenes. donde poderlo guardar.
Tan ilusionado estaba que al pedir el tercero, quería tener los huevos del caballo de Espartero.
Por eso me ves llorando, que da una pena verme. Como los tengo de bronce, ¡es que no puedo moverme!
