Tres años llevan sin verse Manolo y su amigo Marcelino, y deciden celebrarlo con comida y un buen vino.
Vecinos desde pequeños, pero por una circunstancia, uno se quedó en Madrid y el otro trabaja en Francia.
Se sientan cómodamente para hablar de su vida, frente a un plato de callos con una buena bebida.
Manolo dice a su amigo: «Seguro te habrás casado con una guapa francesa que te haya enamorado».
«Sigo soltero, sin novia, y no me pienso casar; como chapurreo francés, me cuesta mucho ligar».
Terminan los ricos callos y la botella de vino. «Ahora cuéntame tú, ¿qué has hecho, Marcelino?».
«Yo ya me encuentro casado con la hija de Andrea, que andaba algo pachucha y no era guapa ni fea».
«Me gustaría saludarla para poder recordar aquellos tiempos pasados, si me invitas a cenar».
«Olvídate de saludarla, yo no te invito a la cena; te acabo de decir que mi mujer no está buena».
«No te preocupes por eso, yo sé que es algo sosa. Sabes que no soy delicado: ¡cenaremos otra cosa!».
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