Se encontró con un amigo que estaba muy cabreado. —¿Qué te pasa? —le pregunta—, ¿por qué estás tan enfadado?
—Un joven paseaba al perro, se cagó en mitad la calle; le llamé la atención y me dijo que me calle.
Es de mala educación contestar de esa manera. Le hice recoger la caca y echarla a la papelera.
—No es solo la juventud la que ya no hace ni caso. A mí me pasó lo mismo, ahora te cuento el caso:
Ayer llegué a mi casa a una hora muy temprana, y encontré a mi mujer en pelotas en la cama.
Le puse el termómetro y casi me lo revienta; me dejó muy asombrado el calor de la parienta.
Un ruido en el armario me dejó sorprendido; me asusté mucho al abrirlo: ¡había un tío escondido!
No salía de mi asombro, me quedé fijo mirando: —¿Qué estás haciendo ahí dentro? Y él dice: —Pues... meando.
Tuve que indicarle el sitio, que aquel no era el adecuado; lo agarré de la pirindola y lo llevé hasta el lavabo.
Le advertí seriamente: —Que no te vuelva a pillar. El armario es para la ropa, ¡aquí es donde hay que mear!

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