—¡Hola, mi querida amiga! Me acabo de enterar que va mal tu matrimonio y te quieres divorciar.
—Estás muy bien informada, lo mío no es un farol: el marido que me toca es igual que un caracol.
—Tus amigas te envidiamos, nos parece un gran bombón. ¿Dinos qué motivos tienes para esa comparación?
—Tarda en llegar a casa, y lo que pide primero es que, como tiene ganas, quiere hacerlo en el suelo.
Le digo: «Ven a la cama, estaré más relajada». Más dice que hay mucho pasillo y que está muy alejada.
Él nunca se despoja, lo hace siempre vestido; si se queda en pelotas, se siente como encogido.
Me tengo que desnudar, no me quita ni las bragas; lo hace todo tan lento... ¡Que me llena de sus babas!
No utiliza las manos, la lengua solo va usando; hasta llegar a besarme, lleva una hora chupando.
El acto dura un montón, termino deshidratada, chupada por todos lados y, además, supersobada.
Y los cuernos que le pongo, desde hace ya muchos años, al pobre le van saliendo de diferentes tamaños.

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