Las Cuatro Viudas
En una tarde de otoño, mientras iba caminando, encontré a cuatro viudas que se hallaban rezando.
Me pareció algo insólito, una escena muy tierna: en la plaza de un pueblo, al pie de una cruz de piedra.
Quedé absorto mirando, quizás algo aturdido, y me atreví a preguntar: —¿Recuerdan a sus maridos?
—Como ve, vamos de luto, por las tardes nos juntamos; con unos cuantos rezos así nos desahogamos.
—Yo rezo porque era bueno, un hombre sensacional; desde que él se ha ido lo estoy pasando fatal.
—El mío era diferente, era un cínico y un chulo; rezo que esté en el infierno, ¡por mí, que le den por culo!
—Yo tengo otras plegarias, pues fue causa perdida: rezo que muera pronto la que tuvo por querida.
—Yo rezo por verme libre, el mío se emborrachaba y, cuando se ponía pedo, el muy cruel me apaleaba.
Son cuatro grandes mujeres, cristianas y muy creyentes; cada una eleva el rezo por causas muy diferentes.
Viudas, rezos y plaza, las contemplo cada día; lo que piden en sus rezos... ¡Eso es pura fantasía!
Me alejé de aquella plaza repasando lo escuchado; ¡quién diría que el rezo esconde tanto pecado!

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