El chico de los recados
Cuando uno se jubila, se queda medio atontado; normalmente pasa a ser el chico de los recados.
Los de mi generación, pocos hay acostumbrados; no los hacemos muy bien, casi nunca son de su agrado.
Si te encarga unos yogures y el nombre no has apuntado, compras el que no le gusta o bien está caducado.
«Mira que estoy ocupada, tú me estás estorbando; ve a por una barra de pan, que no esté duro ni blando».
«De paso pasas al súper, así tardo más en verte; te entretienes un buen rato, compras un litro de aceite».
Y un paquete de leche... aquí te surge un problema: no te acuerdas de la marca, ni si es desnatada o con crema.
Un día te da una nota, difícil de descifrar, que pone: «ve a la china, allí lo puedes comprar».
Al cabo de una semana, recibes una llamada: «¡Dónde andas, gilipollas, que me tienes cabreada!».
«¡Dónde coño voy a estar! ¿Y me preguntas por qué tardo? ¡Estoy en la puta China y no encuentro el leopardo!».
«Cada día estás más tonto, tú lo blanco lo ves pardo; ¡te mandé al "todo a cien" a comprar un leotardo!».

No hay comentarios:
Publicar un comentario