La mujer va a confesar, le cuenta al cura su drama; lo está pasando muy mal, sobre todo en la cama.
Si me tumbo del izquierdo, me duele el lado derecho; si me acuesto boca abajo, se aplasta todo mi pecho.
Si me pongo boca arriba, tengo que abrirme de piernas; si las mantengo cerradas, me pican las zonas tiernas.
De pie no me encuentro bien, sufro estando sentada; espero me recomiende alguna postura rara.
—No es el mejor lugar para preguntar al cura; mejor que vayas al médico, él te mandará una cura.
—Precisamente el doctor fue el que me habló de curas; vengo a confesar, por eso, que me enseñe otras posturas.
—Si el médico te manda, necesitas un milagro; me enseñarás tus posturas a ver si puedo hacer algo.
Dame pronto tu dirección, estudiaré bien el asunto; puede que se solucione si rezamos los dos juntos.
Me tengo que asegurar, no quiero manchar mi honor; dime los años que tienes, no vayas a ser menor.
—No me acuerdo exactamente, ya he perdido la cuenta; serán sobre ochenta y cinco, puede que sean noventa.
—¡Ve en paz, hija mía! Yo rezaré ahora mismo; que el Señor se apiade de ti y te cure el reumatismo.

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