Estando en plena faena oyen un extraño ruido; es el chirriar de una puerta: el regreso del marido.
Él no sabe qué hacer, ella se queda pensando: —¡Métete en el cuarto de ropa, le diré que estás planchando!
El marido no sospecha al ver al tipo sudando; bien sabe que su mujer las pasa canutas planchando.
—Vamos a otra habitación, no le metas mucha prisa, que si se pone nervioso quemará alguna camisa.
—Ese tipo es un novato, usa la plancha muy fría; para la próxima vez, usa la tintorería.
—No te preocupes, cariño, aunque la use muy fría; ese no cobra por horas, ya volverá otro día.
El amante, a la mañana, se encontró con un amigo, y entre trago y apretones le contó lo sucedido:
—Ayer lo pasé muy mal, terminé hecho una sopa; ¡la muy pilla me obligó a planchar toda su ropa!
—La ropa que tú planchaste... tengo la corazonada, que fue la que yo lavé toda la semana pasada.

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