Por andar de picos pardos, pilló una enfermedad: el pito cae a trozos, le queda la mitad.
La parienta le recrimina: —Te quedas sin pajarito; por tu mala cabeza, vas a acabar solito.
Él ama a su mujer y quiere seguir adelante; el médico le aconseja: —Lo mejor es un trasplante.
—No quiero la de un viejo, que es el que suele donar; un joven nunca la cede, no se podrá trasplantar.
—No sufras más, cariño, déjame pensar algo; quizás haya otros métodos que nos saquen del letargo.
—No pienses en siliconas ni medios artificiales; de esos los tengo de sobra, yo solo quiero naturales.
Llegó al fin el trasplante al décimo octavo día; se lo enseñó a su mujer y ella gritó de agonía:
—¡Eres un gran cabrón, un verdadero demonio! No quiero saber de ti, se acabó el matrimonio.
Se marchó lejos de él, sin querer ver el canuto; se vistió toda de negro y de riguroso luto.
Cuando una amiga la vio, quiso saber del entuerto: —¿Cómo es que vas de luto, si tu marido no ha muerto?
—No es por ese cabrón, que es un cerdo y un ratero... ¡El luto que estoy guardando es por él, (perro lucero)!

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