Un pueblo en los cincuenta
Evoluciona el pueblo, pero muy lentamente. Estamos en los cincuenta, olvídense del presente.
La madre decía a la hija: "Del hombre, mantente alejada. No te fíes de promesas, mantén las piernas cerradas.
Lleva la honra al altar y conserva la decencia. A los hombres no les gusta la mujer con experiencia.
Piensa que si pierdes eso y no se casa contigo, te morirás soltera, arrugada como un higo".
Las viejas tras las cortinas, vigilando cada paso, preparando el comentario por si dabas un traspié.
No había secreto seguro ni puerta que no escuchara: el chisme era la sentencia que el honor te arrebataba.
El cura desde el púlpito tronaba contra el pecado, dibujando un infierno para el que se había desviado.
¡Qué miedo tenían los cuerpos! ¡Qué castigo la mirada! Si la risa era pecado y la vida era callada.
Difícil para los hombres pillar algo de chiripa. A pesar de esos consejos, alguna salió con tripa.
Vergüenza para la familia si ella no se casaba. El niño, un "hijo de puta", sin tener culpa de nada.
Si en vez de niño era niña, no la miraba nadie. La marcaron de por vida: tan golfa como su madre.
En el bar se hablaba recio, presumiendo de hidalguía, mientras muchos escondían lo que en casa sucedía.
Mucho rezo en la novena, mucha fe de cara afuera, pero el dedo señalaba a quién salía de la hilera.
Las cosas cambiaron mucho en este mundo en que estamos. A algunos nos tocó esa época que ahora recordamos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario