Me presentan en bandeja una chica pueblerina; a pesar de ser paleta, era de canela fina.
Nueva es en Madrid y no tiene compañía; está demasiado triste, solitaria y aburrida.
Yo me pongo muy feliz, más feliz que un enano; me la llevo hasta el baile, bien cogida de la mano.
Todo está perfecto y salimos a bailar; la chica se aprieta bien, yo empiezo a soñar.
Sobra la conversación, no hace falta para amar; es suficiente motivo que ella se deje apretar.
Ilusiones concebidas se pueden venir abajo; culpable, un paisano suyo, y todo se va al carajo.
—Préstamela un momento, somos del mismo pueblo; al finalizar un baile, rápido te la devuelvo.
Nunca terminó ese baile, todavía estoy esperando; la cogió en sus brazos y se la llevó volando.
Me quedo como un pardillo, sin saber reaccionar; sigo esperando por ella para volver a bailar.
Me recordó a la niñez, cuando tenía una golosina y me la birló, en un descuido, el niño de la vecina.
Me ocurrió de verdad, esto no es fantasía; se la llevó calentita... ¡Qué mala suerte la mía!

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