Esto es, a grandes rasgos, la crónica de una guerra: de muchachos de los cuarenta en las riberas del río Tera.
Cada pueblo en un costado, tercos y muy poco cultos; lo que se nos daba bien era lanzarnos insultos.
A la familia y demás, las ofensas conjuntadas, y al terminar los insultos... empezaban las pedradas.
Se proclamaba perdedor al grupo que abandonaba, o si alguno, en la pelea, una piedra recibía.
En la segunda batalla, la técnica era más fina: ya no usábamos la mano, sino el fiel tirachinas.
En la tercera pelea, con método más avanzado, ya manejamos la honda: el plan más sofisticado.
Un ángel nos protegía, o quizá tuvimos suerte; lanzar piedras con la honda puede causar hasta muerte.
Con esos cantos redondos de los márgenes del río, se lanzaba con tal fuerza que el aire silbaba un ruido.
Los padres lo toleraban y llegaban a decir: «Son peleas de muchachos, se tienen que divertir».
Zumban los cantos del río, con un silbido de muerte y sin ninguno cayó... fue por un golpe de suerte.

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