En un trayecto de tren, de muy largo recorrido, viaja sola una mujer, con su niño y sin marido.
El crío, de corta edad, se agarra una gran rabieta; la madre, por calmarlo, le ofrece pronto la teta.
Sigue con su pataleo, la cosa va para peor: —¡Nene, si tú no la quieres, se la doy a ese señor!—
El hombre, muy sorprendido, no está para desperdiciar; se cambiaría por el niño para poderla catar.
El nene, sin hacer caso, no encuentra la solución; ella intenta calmarlo con el pecho en exhibición.
—Cariño, toma la teta, que ya no puedo aguantar; como sigas despreciándola me va, incluso, a explotar.—
Va por la enésima vez con el mismo resultado; el hombre, que ya no puede, está supercabreado.
—¡Decídase de una vez!— salta el tipo sofocado—, ¡que hace doscientos kilómetros que tendría que haber bajado!

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