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jueves, 29 de enero de 2026

El Cristo y la Calderilla


 El Cristo y la Calderilla

Unos diez años tenía, al correr esta aventura: entré en una ermita vieja, sin pedir permiso al cura.

La presidía un buen Cristo, antiguo y crucificado; la gente le daba ahorros, él perdonaba el pecado.

Poco pecaba esa gente, era humilde y muy sencilla; no tenían ni un billete, solo daban calderilla.

Eran unas cinco pelas, para mí mucha fortuna; el Cristo no las gastaba, ni salía de la cuna.

Entré por un ventanuco, ¡vaya si me hizo sufrir! Recogí las monedas sueltas, pero no pude salir.

Aquel Cristo me juzgó, allí me quedé encerrado; no salía por donde entré, y era muy alto el tejado.

Al rato pasó un amigo, le llamé con gran presteza; él me ayudó a escapar, tirando de mi cabeza.

Liberado del castigo, salté feliz y contento; ¡la que me habría caído, si el cura me pilla dentro!

Compré muchos caramelos, y le di uno al buen Cristo; para que me perdonara, por si acaso me había visto.

Aún recuerdo aquel aviso, que el Señor me habrá mandado; le llevaré más dulces... ¡Y el trato queda cerrado!



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