El último deseo
A veces surgen amores de una manera muy burda; es lo que siente este hombre, que tiene fe en su burra.
Era su ojo derecho, se hacía pronto querer; el hombre la había criado, pues su madre murió al nacer.
Ella le correspondía, en la cuadra rebuznaba; se restregaba contra él, pedía que la rascara.
Fue su medio de transporte, siempre callada y sumisa; se ponía de rodillas cuando él asistía a misa.
La mujer sentía celos de aquel amor desmedido, y a veces llegó a decir: «¡Vaya mierda de marido!».
Se fueron distanciando hasta llegar a enviudar; solo le queda la burra en quien poderse apoyar.
Llegó el fatídico día que a todos nos va a llegar: la burra estiró la pata sin poderlo remediar.
El hombre se hallaba solo, sin nada que compartir; esperando ya la muerte, no quería más vivir.
Se apagó muy lentamente, como vela consumida; pidió que lo sepultaran junto al amor de su vida.

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