La Confusión de María
—Te veo triste, María, cuenta qué te ha ocurrido. —Una desgracia tremenda: ¡se mató mi marido!
—No me lo puedo creer, noticia tan inesperada; si te llevabas bien con él, cuarenta años casada.
—Era un ser fabuloso, de lo bueno, lo mejor, pero perdió la cabeza haciéndome el amor.
Le entraron los sudores, no podía terminar, pegó un salto de la cama y se fue a duchar.
Abrió la puerta del armario, no sabía lo que hacía, y al verse frente al espejo ni él mismo se conocía.
Solo le escuché decir: «¡Estoy metido en un lío! Me cortará los pinreles si me descubre el marido».
Le dije: «Ven a la cama, que yo soy tu mujer». No me hizo ni caso y salió a todo correr.
Estaba fuera de sí y ocurrió lo peor: abrió la puerta y cayó por el hueco del ascensor.
Y ahora lo velo con pena, aunque me causa pavor: ¡se mató por miedo a sí mismo creyéndose su invasor!

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