Una señora mayor recuerda con ilusión, que al cumplir los dieciocho la llamaban "el bombón".
Los hombres se detenían, alelados y mirones, y las braguetas sufrían reventando los botones.
Cuchicheando entre dientes, todo el mundo comentaba: —"¡Vaya jaca tan potente, quién fuera quien la montara!".
Tan impresionante era que su belleza asustaba; por miedo a que los barriera, nadie se le declaraba.
Fueron pasando los años y ella se quedó esperando, a ver si algún buen valiente se ponía a su tamaño.
El tiempo nada perdona y, casi sin darse cuenta, de pesar ochenta kilos pasó a pesar los cincuenta.
Y aquellos de su edad, a los que ella impresionaba, hoy están viejos y rotos y ya nadie dice nada.
De poco le sirvió entonces nacer tan linda y percherona; va a morir virgen la pobre, triste, sola y solterona.
Eran tiempos de complejos, de hombres poco decididos, que no salían de caza si el conejo era crecido.
Yo también la conocí y nunca llegué a pensar, qué joya tan exquisita se fuera a desperdiciar.

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