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viernes, 30 de enero de 2026

Abuelas, chollos y condones


 

Abuelas, chollos y condones

Dos abuelas nonagenarias, ya con bastantes dolores, si ven algo que regalan, se transforman en dos flores.

Una joven en la calle algo está repartiendo; no quieren quedar sin ello, y rápido salen corriendo.

Son cajitas muy pequeñas, preguntan su contenido: —Son promoción de una marca, contienen preservativos.

—Muchas gracias, hija mía, la cojo aunque no los uso; llevo veinte años viuda, mi chichi ya está en desuso.

La otra, más avariciosa, sueña que los va a usar; quiere llevarse tres cajas, por lo que pueda pasar.

La joven que los reparte se queda petrificada; no sabe muy bien qué decir ante abuela tan osada.

La compañera reacciona a su desmedida ambición; ante cosa tan extraña, le llama la atención:

—Mujer, no los vas a usar, y nunca los has usado; no sabes para qué sirven, tu chisme está ya oxidado.

—Cuando regalan las cosas, no las puedes rechazar; quizás un día los necesite, y entonces los pueda usar.



El Castaño del Amor

 

 El Castaño del Amor


Un viejo castaño me dejó impresionado; era un árbol enorme, jamás lo habían podado.

Es el castaño del amor, de un amor sin igual; me cuentan la historia de un trágico final.

El dueño de ese castaño era un rico importante, que además de su mujer tenía una joven amante.

Con un hijo en plena forma, ni se puede figurar que es un rival de cuidado y se la puede birlar.

Se impone la juventud, el amor sale triunfante; ese rico con dinero pierde a la joven amante.

Ese padre abandonado, con su orgullo muy herido, les pone una vigilancia hasta descubrir su nido.

El castaño tiene un hueco en su tronco algo podrido; allí hacen el amor, es un lugar escondido.

Su secreto, al descubierto, le dispara varios tiros; después él se pega uno, allí se quedan tendidos.

Los entierran en el hueco, olvidan el cementerio. ¿Será verdad o mentira? Eso agranda el misterio.

No la inventé yo, esta historia de misterio; me la contó una abuela de niño, allá en el pueblo.

Quizás por esta leyenda sus castañas son pilongas. ¿Puede ser realidad? ¿O será solo una milonga?

La Pueblerina Fina.


 

Me presentan en bandeja una chica pueblerina; a pesar de ser paleta, era de canela fina.

Nueva es en Madrid y no tiene compañía; está demasiado triste, solitaria y aburrida.

Yo me pongo muy feliz, más feliz que un enano; me la llevo hasta el baile, bien cogida de la mano.

Todo está perfecto y salimos a bailar; la chica se aprieta bien, yo empiezo a soñar.

Sobra la conversación, no hace falta para amar; es suficiente motivo que ella se deje apretar.

Ilusiones concebidas se pueden venir abajo; culpable, un paisano suyo, y todo se va al carajo.

—Préstamela un momento, somos del mismo pueblo; al finalizar un baile, rápido te la devuelvo.

Nunca terminó ese baile, todavía estoy esperando; la cogió en sus brazos y se la llevó volando.

Me quedo como un pardillo, sin saber reaccionar; sigo esperando por ella para volver a bailar.

Me recordó a la niñez, cuando tenía una golosina y me la birló, en un descuido, el niño de la vecina.

Me ocurrió de verdad, esto no es fantasía; se la llevó calentita... ¡Qué mala suerte la mía!

El Despistado del Año.

 

El Despistado

No se entera de nada, es la mar de despistado; si la mujer se insinúa, no se da por enterado.

—Hoy te noto diferente, algo cambió en tu cuerpo; estás radiante y hermosa, capaz de resucitar a un muerto.

—Es muy normal en mí, me pasa de vez en cuando; tú eres un despistado y nunca lo estás notando.

—Al mirarte a los ojos, encontré algo extraño; me mirabas fijamente, estaban como brillando.

—Si me dieras un achuchón, verías lo que estoy sintiendo; tengo un calor sofocante, mi cuerpo se está encendiendo.

—Estamos en invierno, no me acaba de cuadrar que lleves tan poca ropa, pues te puedes resfriar.

—Tú tienes la solución para aliviar mi zozobra; no me seas gilipollas, ¡pon ya manos a la obra!

El marido, hecho un lío, piensa y requeté
piensa; no sabe si ir al médico o llevarla hasta urgencias.

Se ilumina su cerebro, encontró la medida: la mete en la bañera... ¡con agua muy, muy fría!

Tengo muy mala Suerte.

 Qué gran compañera eres, tienes grandes cualidades, siempre te tengo a mi lado aliviando mis pesares.

Cuando sufrí el accidente y quedé medio chafado, tú, en todo momento, te mantuviste a mi lado.

Fracasé en un negocio, lo tuve que dejar; tú me ofreciste el hombro para poderme apoyar.

Me despidieron del tajo, me recibiste con flores, dijiste: "no te preocupes, ya vendrán tiempos mejores".

La vez que lo pasé mal, aquella que fui operado, no te separaste de mí hasta estar recuperado.

Con aquella depresión que no me dejaba dormir, me levantaste el ánimo para ayudarme a salir.

Eres mujer admirable, mereces cien monumentos, por estar siempre a mi lado en los peores momentos.

Tener tanta mala suerte me da mucho que pensar: ¡Como tú eres el amuleto, yo me quiero divorciar!

Poema al Autónomo

 Desde que se jubiló, ve la vida muy negra: le han prohibido comer el jamón de pata negra.

Puede comer el tocino con una simple patata; un plato que engrasa bien y es una comida barata.

El pescado que sea azul, pues tiene mil vitaminas; lo mejor que le vendría es que coma solo sardinas.

Olvidado ya el marisco, que eso le hace mucho daño; casi nunca está en rebajas y es caro durante todo el año.

A la cama sin cenar, un trago de agua caliente; te sentirás más ligero y dormirás ricamente.

Si ya no funcionas bien, a tu edad es lo normal; pero la Viagra no la paga la Seguridad Social.

—Estoy temblando, doctor, tengo un susto de cojones... ¿Tan mal me ve de salud para tantas prohibiciones?

—Te jubilaste de autónomo, entérate de una vez: si no sigues este régimen, ¡no llegas a fin de mes!

Como autónomo que soy. Hablo con propiedad, lo mejor es no dar guerra y no llegar acierta edad.




El Negocio de los Cuernos


 El Negocio de los Cuernos

Muchos hombres y mujeres, en estos tiempos modernos, viven de forma opulenta con la venta de los cuernos.

Al hombre antes le pesaban, era carga exagerada, caminaba por la calle con la frente claudicada.

A la mujer la juzgaban por "corrupta" e "indigna"; no le daba el "buenos días" ni la gente más benigna.

Ahora el que tiene amantes se jacta de sus favores, y el mundo le envidia el éxito llamándole "picaflores".

La que sale con diez hombres es "chica adelantada"; por moderna se le tiene, como mujer liberada.

Si no tienes una infamia, nada tienes que ofrecer, eres bulto en la marea, seas hombre o seas mujer.

Se cotizan en la prensa y en el chisme denodado, por ser "seres diferentes" o haber salido del armario.

Una historia no interesa si es aburrida y liviana; no hay nada que relatar del ayer ni del mañana.

Féminas y femeninos, personajes del montón, si no lucen cornamenta no pisan la televisión.

Los cuernos se pagan caros, como el vender la carne. ¿Será que no estamos hartos o que nos aprieta el hambre?

La Leyenda de la Presa


 La Leyenda de la Presa

Cuentan de otro pueblo, que eran brutos de cojones. Que se les ocurrió hacer, una presa con jamones.

Otros le añaden más, para rizar más el rizo. Que también le añadieron, unas tripas de chorizo.

Según mi información, hay algo de verdad. No eran ellos tan burros, esta es la realidad.

Eran tiempos de guerra, venían aquí batallones. Y tenían que esconder, sus chorizos y jamones.

Existe un lugar perfecto, al otro lado del río. Una cueva abandonada, es el lugar escogido.

Los cargan en un carro, tienen que vadear el río. No existe ningún puente, porque ya fue destruido.

Cruzando en medio del río, la carreta sufre un vuelco. Su mercancía se cae, en ese río revuelto.

Sus jamones y chorizos, en la presa, se detienen. Causa de esta leyenda, será de donde ahí proviene.

Recuperaron los chorizos, recogieron sus jamones. Pero esa leyenda, pasa a generaciones.

Así que si alguien te cuenta, la historia de los jamones, dile que no era por brutos... ¡Es que sobraban cojones!

El tapón de la discordia


 

El tapón de la discordia

Le mandan llevar la burra a un apartado lugar; el vecino tiene un burro que la debe montar.

—En cuanto acabe la faena no la dejes orinar, que el trabajo del borrico se podría estropear.

El chico queda asustado buscando una solución: ¿qué le pongo yo a la burra que le sirva de tapón?

Tres horas lleva la bestia y todavía no ha meado; si aguanta una hora más, habrá cumplido el recado.

Ya llegando hacia su casa la suerte le fue mezquina: la burra levanta el rabo y suelta toda la orina.

Dos tortas se llevó el pobre sin comerlo ni beber, y pregunta entre sollozos: «¿Pues qué tenía que hacer

—Te llevas un nabo gordo en cuanto el burro termine, se lo hincas bajo el rabo y que la meada retiene.

A muchos nos ha pasado una historia parecida: nos llevamos los sopapos,
¡y el dolor no se olvida!

El negocio de la vaca


 

El negocio de la vaca

El que tenía dos vacas poseía una fortuna, pero caía en desgracia si se lesionaba una.

Eso le llegó a pasar al pisar la vaca un clavo; se le quedó en la pezuña, bien metido, ¡hasta el rabo!

La cuelgan de una viga para extraer aquel clavo; unos sujetan sus patas, otros tiran del rabo.

El clavo fue retirado, pero al bajar a la vaca, vieron que se había ahogado: la pobre estiró la pata.

Pone su carne a la venta, nadie la puede comprar; eran tiempos de miseria y la tuvo que fiar.

Un negocio peregrino, pues el fiar es muy malo; se le ocurrió decir: "¡los huesos van de regalo!"

Sin anotar ni un nombre, aunque la vaca fue enorme, todos llevaron los huesos... ¡y de la carne, ni el nombre!

Y decían que eran tontos y buenos para pagar. No te fíes de los tontos, que te harán espabilar.


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Tertulias de Bar


 Me puedo pasar el día escuchando discusiones; sin entrar en las tertulias, me lo paso de cojones.

Es un método barato como entretenimiento: lo escucho, lo escribo y ejercito el pensamiento.

Entre varios jubilados tienen la gran discusión, por una rara palabra como es la exfoliación.

Uno le pregunta a otro: —¿Sabes qué es exfoliar? —Eso es que te la limpies al terminar de mear.

—No tienes ni puta idea, solo dices sandeces. Eso es podar en la viña el sarmiento cuando crece.

—Es ir a una casa citas, entrar en el reservado, pagar una hora a la tía y te deja des foliado.

—¡Qué bolo eres, Manolo!, eso no es exfoliarse. Eso de echar un Kike... ¡Era ir a desahogarse!

—Yo creo que es algo raro que hacen en peluquería, yo le escuché a mi mujer una cosa parecida.

Se pueden tirar el día, les llega el agotamiento... esto parece el Gobierno en sesión de Parlamento.

Pelea en el río Tera.


 Esto es, a grandes rasgos, la crónica de una guerra: de muchachos de los cuarenta en las riberas del río Tera.

Cada pueblo en un costado, tercos y muy poco cultos; lo que se nos daba bien era lanzarnos insultos.

A la familia y demás, las ofensas conjuntadas, y al terminar los insultos... empezaban las pedradas.

Se proclamaba perdedor al grupo que abandonaba, o si alguno, en la pelea, una piedra recibía.

En la segunda batalla, la técnica era más fina: ya no usábamos la mano, sino el fiel tirachinas.

En la tercera pelea, con método más avanzado, ya manejamos la honda: el plan más sofisticado.

Un ángel nos protegía, o quizá tuvimos suerte; lanzar piedras con la honda puede causar hasta muerte.

Con esos cantos redondos de los márgenes del río, se lanzaba con tal fuerza que el aire silbaba un ruido.

Los padres lo toleraban y llegaban a decir: «Son peleas de muchachos, se tienen que divertir».

Zumban los cantos del río, con un silbido de muerte y sin ninguno cayó... fue por un golpe de suerte.

Un pueblo en los cincuenta


Un pueblo en los cincuenta

Evoluciona el pueblo, pero muy lentamente. Estamos en los cincuenta, olvídense del presente.

La madre decía a la hija: "Del hombre, mantente alejada. No te fíes de promesas, mantén las piernas cerradas.

Lleva la honra al altar y conserva la decencia. A los hombres no les gusta la mujer con experiencia.

Piensa que si pierdes eso y no se casa contigo, te morirás soltera, arrugada como un higo".

Las viejas tras las cortinas, vigilando cada paso, preparando el comentario por si dabas un traspié. 

No había secreto seguro ni puerta que no escuchara: el chisme era la sentencia que el honor te arrebataba.

El cura desde el púlpito tronaba contra el pecado, dibujando un infierno para el que se había desviado.

¡Qué miedo tenían los cuerpos! ¡Qué castigo la mirada! Si la risa era pecado y la vida era callada.

Difícil para los hombres pillar algo de chiripa. A pesar de esos consejos, alguna salió con tripa.

Vergüenza para la familia si ella no se casaba. El niño, un "hijo de puta", sin tener culpa de nada.

Si en vez de niño era niña, no la miraba nadie. La marcaron de por vida: tan golfa como su madre.

En el bar se hablaba recio, presumiendo de hidalguía, mientras muchos escondían lo que en casa sucedía. 

Mucho rezo en la novena, mucha fe de cara afuera, pero el dedo señalaba a quién salía de la hilera.

Las cosas cambiaron mucho en este mundo en que estamos. A algunos nos tocó esa época que ahora recordamos.


Memorias de un anuncio


 

Memorias de un anuncio

Busca tu media naranja, decía aquel viejo anuncio. Escribí por el contacto y el encuentro lo pronuncio.

Era fina de figura, no muy agraciada de cara. Yo, joven y con hambre... ¡Peor es no tener nada!

Hasta el río me la llevé, pero ella no se bañaba. Sería chica de secano, pues el agua no buscaba.

Extraña era la moza, aunque parecía sencilla; no logré que se riera ni haciéndole cosquillas.

Continué con las caricias, la besé lo más posible. Ella, con ojos cerrados, se mostraba muy pasible.

Yo, que estaba sorprendido, cuidaba cada detalle... ¿Dudaba si era mujer o una muñeca hinchable?

Puse todo mi entusiasmo y toda mi sabiduría. No logré ni un "me gusta", ¡no supe lo que quería!

Hacer mimos de esa forma es como caer muy bajo; a todos nos gusta siempre que valoren el trabajo.

Gasté muchas calorías y agoté mi paciencia. No le pasé la factura... ¡Batallas de la experiencia!

Así eran aquellos tiempos, de anuncios y de cartón, buscando siempre el afecto con mucha desesperación. 

Hoy lo cuento y me sonrío recordando aquel detalle, de cuando busqué el amor... ¡Y encontré una muñeca hinchable!

jueves, 29 de enero de 2026

La Faldriquera de la Abuela


 


Una abuela, me decía «Ven a mí, te quiero mucho». Sacaba de su faldriquera corruscos de pan pachucho.

Pequeños trozos de pan, muy duros y de centeno. Con cariño me decía: «¡Cómelos, que están muy buenos!».

Estaban de puta madre, con gérmenes muy nutrientes; bien chupados por su lengua, pues ella no tenía dientes.

Los cogía por vergüenza, porque tenían solera; llevarían más de un mes dentro de su faldriquera.

Estaban rebozados de sabor indefinido; ella no usaba bragas: andaban cerca del higo.

Microbios sin conocer no existían antaño; es fácil pensar así: nunca me hicieron daño.

Siendo un poco más mayor, se los echaba al gorrino, para que engordara más y poder comer tocino.

El que no vivió esos años no lo podrá comprender: la pobre abuela me daba lo que no podía comer.

Hoy nos sobran vitaminas y compramos pan de masa, pero falta aquel cariño que rondaba por su casa.

Decía que me quería con amor y con pasión... ¡Yo la habría querido más con un trozo de jamón!

Poema: El beso del sapo


 

Poema: El beso del sapo

Es un muchacho especial y con grandes sentimientos; cree en hadas y brujas, hechizos y encantamientos.

Tiene contados amigos, se va al campo a pasear pensando en fantasías que allí se pueda encontrar.

Un amigo le encuentra en un estado muy guarro: cerca de una charca, desnudo y lleno de barro.

—¿Qué te pasó, compañero? Tu estado es de locura. —Te lo digo ahora mismo: he tenido una aventura.

Aquí topé con un ser, me cautivó su mirada; me dijo que no temiera, que era una princesa encantada.

Que la besara y chupara durante un corto tiempo; con ese simple favor cambiaría su encantamiento.

Se transformó en princesa, guapísima y cojonuda; por si esto fuera poco, estaba toda desnuda.

Me ofreció una recompensa por ser su salvador: me pidió que me desnudara y que le hiciera el amor.

Lo hicimos cientos de veces, de mil maneras y modos; en la hierba, en el prado... terminamos en el lodo.

—Tú eres un gilipollas, te espabilaré de un sopapo: estás supercolocado de tanto chupar el sapo.

Aventuras de Río


 

Aventuras de Río

Esas aventuras de niño, que hoy recuerdo en la vejez, es bonito revivirlas, al menos por una vez.

Se bañaban tres muchachas en el río, sin sus ropas. Para gastarles una broma, les escondí las de arriba y las de copas.

Sin saber qué les pasaba, yo las estaba espiando; al cabo de poco tiempo, las tres las están buscando.

Me presento con sus prendas, trato de disimular, y les digo: «Pobrecitas, me las acabo de encontrar».

—Eres un gran mentiroso, tú las habías escondido. Nos vengaremos de ti, ¡ya no serás nuestro amigo!

Al pasar un largo tiempo, la amenaza fue olvidada... Yo me bañaba en pelotas, sin temer a la emboscada.

No olvidaron el agravio, una de ellas se cobró: me quitó toda la ropa, y nunca más apareció.

Esperé a que fuera noche para volver sin un nudo. Mi madre, al ver aquel cuadro, pegó un susto cojonudo.

Como las madres son listas, supo bien lo que pasó; tras un par de preguntas, la ropa pronto encontró.

—Eso fue una gran venganza, más no puedo revelar. Si quieres saber quién fue, lo tendrás que averiguar.

Llevo años de detective con las tres de sospechosas; las tres se ríen de mí recordando aquellas cosas.

La Farmacia de la Vergüenza


 

La Farmacia de la Vergüenza

Una máquina en el metro me dejó muy pensativo, de lo fácil que es ahora comprar un preservativo.

Cuando los necesité, fue difícil conseguirlos; vergüenza daba de todo, y mucha más al pedirlos.

No sabía qué pedir, si paraguas o condones; quizás unos chubasqueros que sirvieran de protecciónes.

Vigilaba la farmacia y que estuviera vacía, a ver si salía un hombre y era él quien me atendía.

Y me salen dos chicas, las dos guapas y muy finas; me sentí avergonzado y pedí unas aspirinas.

Voy a otra farmacia y me atiende otra mujer; solicité un jarabe para dejar de toser.

Sigo mi peregrinaje, me atiende un señor mayor; le veo un poco anticuado, pido algo para el dolor.

Cien farmacias recorrí, en ninguna los compré; pre sí, cien medicamentos que yo jamás usaré.

Junté tantos remedios que no me hacían ni gracia; solo me faltó el título y poner una farmacia.


El Secreto del Relleno


 

El Secreto del Relleno

Tres mozas se van de fiesta para divertirse un rato, todas ellas muy dispuestas a estrenar los zapatos.

Los caminos eran malos, entre polvo y guijarros;  los zapatos en mano, no quieren llevarlos guarros.

El baile fue en una era, entre nube polvorienta; que estrenaban zapatos. nadie llegó a darse cuenta.

Esas tres pobres muchachas poco sabían de la vida; los mozos, como tunantes, solo miraban para arriba.

Para la próxima cita mejoraron el estreno; cada una iba bendita con un sostén con relleno.

Funcionó de maravilla, todos los mozos contentos, pues se obró la maravilla ante tales monumentos.

Al ponerse más al día los tenían en el bote, con falda de osadía y ampliando más el escote.

Se pintaron los labios, enseñaron más las piernas; cayeron tontos y sabios al ponerse tan modernas.

La abuela no lo comprende, la madre no lo ve mal; el padre el hombro encoge: es cambio generacional.

El peso de la apariencia


 

El peso de la apariencia

A veces la suerte ciega juega una mala pasada: esta joven nació fea y vivió siempre marginada.

No se acercaban a ella los chicos de su edad; creció incubando un odio hacia aquella sociedad.

En sus tiempos de moza nadie le dio su calor; todos buscan la belleza, nadie mira el interior.

Un soltero ya de años en un pueblo vecino, por no verse solo y triste se cruzó en su camino.

Concretaron las nupcias, el enlace se efectuó; pero al no haberse tratado, el defecto apareció.

No llegó la descendencia, lo cual resultó fatal; sin hijos a quien querer el matrimonio va mal.

Su rencor se multiplica, muere en la soledad; qué triste es nacer fea en el campo o la ciudad.

Cuando una nace hermosa tiene el triunfo asegurado; corre con tanta ventaja que hasta el fallo es perdonado.

Dicen que lo más valioso es lo que se lleva dentro; pero es una gran mentira, para ella... fue solo un cuento.

El tipo de lavadora


 

El tipo de lavadora

Le parece un disparate. Pues se le queda parada en cualquier escaparate.

—¡Qué vestido tan bonito para lucir por la calle! Me lo podías comprar; ten, una vez, un detalle.

—Te sentaría bien de joven, no puedes lucirlo ahora. Tienes un tipo cuadrado: el tipo de lavadora.

En uno de lencería, se queda pegada al suelo. Mira y remira las prendas; son todas para modelos.

—Ese sostén y esas bragas, mira qué cosa tan cuca. —Esa prenda tan pequeña no te tapa ni la nuca.

—Esas botas tan bonitas, que se cierran con corchetes... —¿No ves que son muy estrechas? No entrarán tus juanetes.

Se detiene ante las cremas, de esas que quitan la edad. —¿Me compras este potingue? ¡Dime siempre la verdad!

—No gastes en esas cosas, que no hacen ningún milagro. Tu cara ya no es de seda, ¡es un terreno de magro!

Ya metidos en la cama, la empieza a sobetear. —¡Aparta tus manos de mí, que no estoy para lavar!

—Y menos para un pingajo, arrugado y muy enano. ¡Te vas al cuarto de baño y te lo lavas a mano!


 

El Diagnóstico Inventado


 

El Diagnóstico Inventado

El hombre se va a morir, su mujer aún es muy bella; le angustia que, al él partir, otro se quede con ella.

Seis meses de vida activa le restan, según el plan; y busca una alternativa para poderla incordiar.

El cáncer es de pulmón, no admite ya medicina; no existe la curación, el final se le avecina.

Convoca a sus conocidos para el adiós, la partida... y cuenta, entre los gemidos, que hace años tiene el sida.

Cuando su esposa se entera del rumor que está vertiendo: —¡Es el tabaco el que impera! ¿Por qué coño estás mintiendo?

—Ya sé de qué estoy muriendo, y miento de esta manera para que sigan fumando quienes están allá afuera.

Sabes que te quiero mucho, que disfrutes de la vida... ¡Por eso digo a los amigos que tú me pegaste el sida!

Se acabó tu buena suerte, nadie se te va a acercar; te guardarán los amigos el luto de no tocar.

Plañideras del Prime Time


Plañideras del Prime Time

Una costumbre que parece pertenecer a otra era, resucita y reaparece: es la antigua plañidera.

En el entierro de un rico ellas no podían faltar, con el llanto por el pico no paraban de sollozar.

Todas vestidas de luto, grandes sayas, gran pañuelo; con cebolla en el tributo, lloran mirando hacia el suelo.

Gritan pidiendo al Señor que lo acoja en su regazo, que aquel hombre fue un primor y no dio nunca un codazo.

Veinticuatro horas penando para ganarse solo un duro, con el vino acompañando al tocino y al pan duro.

Aquellas viejas costumbres hoy regresan desfilando, bajo focos y techumbres en la tele están llorando.

No lloran por un finado ni por un lío perdido, lo hacen por un buen contado y por vender su vencido.

Su colección de pasiones la historia va agigantando, suman falsas confesiones y las siguen contratando.

Ya no se visten de luto ni de noche ni de día, sacando mayor tributo al lucir la mercancía.

En esto no hay igualdad, menuda ha sido la alzada; con total impunidad, ¡ganan ya por goleada

El Cerdito de Juan


 

El Cerdo de Juan

Juan tenía una cerda, soñaba con una piara; prometió dar un cerdito si ella quedaba preñada.

Buscó un buen cerdo macho, de raza y muy bien gordito, un semental con diploma: garantía, seis cerditos.

Cuatro serían venta, uno para su matanza, que tuviera buen tocino para llenarse la panza.

Llegó el día del parto: solo un cerdito parió. Juan no pudo cumplir lo que un día prometió.

Pidió consejo al cura: —Estás metido en un lío, si no cumples la palabra de aquello que has prometido.

—Eso no tiene perdón, es un pecado tremendo; no cumplir una promesa es ir derecho al infierno.

Juan entregó el cerdito por temor a aquel infierno; no pudo probar tocino y al cielo fue en el invierno.

El cura asaba el gorrino con un aroma excelente, mientras Juan subía al cielo con el alma muy creyente.

Subiendo al cielo pensaba: —¡Ay, Juan, pero qué lerdo! Si los santos son estatuas... ¿quién se come ahora mi cerdo?

Calores de Menopausia.

 Mujer, qué maniática eres, en primavera y en verano, siempre sobando el aparato sin soltarlo de tu mano.

Me pones hasta nervioso al no tomarte una pausa; dices que estás "calentita", ¡maldita sea la menopausia!

Déjalo de una vez en paz, que me estás hasta estresando, lo pasas de mano en mano, siempre lo estás meneando.

A veces, hasta encogido, te lo llevas a la boca; no puedes pasar sin él, ¡estás un poquito loca!

Cuando lo tienes abierto lo mueves con mala leche; si el pobre no da más de sí, ¡qué aire quieres que eche!

Lo tuyo ya es obsesión, el no dejarlo de usar, dices que te dan mareos y no puedes respirar.

Te llevaré hasta Siberia a que refresques un poquito, y se te quite la manía... ¡De usar tanto el abanico!

Si uso tanto el abanico, tienes que tener en cuenta, Que tú
 ya no das frío, ni tampoco me calientas.

Juan "El Planta Pinos"


 

Juan "El Planta Pinos"

No desestimen la historia, no es ninguna invención; esto ocurrió en el pueblo en más de una ocasión.

Le rechazó una moza, desestimó su oferta, y él, herido en su orgullo, plantó un pino en su puerta.

La venganza era guarra, quizá un tanto mezquina. ¡Qué placer marcar la casa y limpiarse en la cortina!

Las primeras veces bien: culpaban siempre al perro, mas de tanto plantar pinos pronto fichan al gamberro.

Al padre le sienta mal, vigila de noche y día; con un tiro en el trasero le quitará la manía.

Carga el cartucho con sal, en la sombra vigilando; le da el tiro en las nalgas cuando estaba allí cagando.

Era una noche oscura, el mozo salió pitando, pantalones por los suelos y con el culo sangrando.

Sospechan de un vecino, no lo pueden confirmar; pero hay un mozo en el pueblo que no se puede sentar.

El padre lo investigó, quería ver su trasero. El mozo le contestó: —"Solo tengo un agujero".

Aquel mozo se marchó en busca de otro destino, pero en el pueblo quedó como "Juan, el planta pinos".

La incógnita se mantiene, nadie asegura quien fue; solo se sabe de él... ¡que siempre caga de pie!

Se difundió la noticia de venganza tan cañera: volaron los pretendientes, su hija quedó soltera.

Aún hoy cuentan los viejos, al calor de algún buen vino, que no hay rencor más tenaz que el de Juan "el planta pinos".

El Cocido de la Discordia


 

El Cocido de la Discordia

En una edad ya avanzada, le dice la mujer al marido: —¿Qué te pongo hoy de comer? ¡Pero no me pidas cocido!

—Sabes bien que a mí me gusta, que es comida muy variada. —Tú solo comes un huevo con un poco de ensalada.

Hacerlo es muy trabajoso y además, resulta aburrido. Solo con mirarte a la cara, se me atraganta el cocido.

—Vaya una excusa más tonta, ¡mi madre siempre lo hizo! Dime por qué no lo quieres, si a ti te gusta el chorizo.

—No te lo voy a hacer, no me toques los... botones. Para que al fin te enteres, estas son mis razones:

Eres un gorrino gordo y estás bastante viejo,  tienes pelos como escarpias y tienes muy duro el pellejo, 

Tus pelotas son garbanzos, ya no puedo ni usarlos; ni una semana en remojo lograría yo ablandarlos.

Tu chorizo ya no vale, está seco y encogido; ni una semana en la olla daría sabor al cocido.

Hay muchas razones más que no quiero enumerar... ¡Así que come verdura, a ver si logras adelgazar!


El Cura y el Prado


 

El Cura y el Prado

Viene el cura a decir misa, en un borrico montado, vio en su puerta a una moza con el cuerpo espatarrado.

El cura queda asombrado, se le ven todos los bajos: las matas altas del prado, el manantial más abajo.

—¡Bájate la saya, moza! Así no puedes estar, que el primer burro que pase seguro querrá pastar.

—Si quiere pastar, que paste, y que lo deje rasado; no crecerán malas hierbas y queda limpio el prado.

—No te lo tomes a mal, es un comentario tierno; mi misión es salvar almas, que no vayan al infierno.

—Al infierno irá usted si me sigue así mirando; sé que con el pensamiento ahora mismo está pecando.

No se quede ahí parado y procure darse prisa, que ya doblan las campanas y le esperan en la misa.

De mala gana se fue, bastante contrariado, deseando ser el burro para comer en el prado.

No acertó con el sermón, pensaba en alguna cosa... y el pueblo entero notó que le hace falta una moza.

La moza quedó riendo al ver al cura marchar, que hay pastos que los pastores nunca podrán catar.



Cincuenta años


Cincuenta años

Cincuenta años de casados, y ya se encuentran aburridos. Es demasiado el tiempo, no quieren estar unidos.

Como ya son muy mayores, tienen poca paciencia; no les llega el dinero para ir a la residencia.

Él se va al hogar del jubilado a tomarse un cafelito; es el lugar más barato y se está muy calentito.

Ella se queda en casa viendo la televisión; escuchando los cotilleos, esa es su diversión.

Con dolores de rodilla, con dolores de cabeza, ven cómo pasan los días, sumidos en la tristeza.

Entre visitas al médico y esperas en el hospital, con dolores en la cama, lo cierto es que lo pasan fatal.

Los vecinos les comentan: «Pronto vais a mejorar, marchaos de excursión, apuntaos a bailar».

Por mucho que los animan, todo es pura tontería; cada año son más viejos, están peor cada día.

Soportando la rutina, sin ninguna otra ilusión, son dos sombras que caminan en la misma dirección.

La GAllina Charruscada.


 Carecía de juguetes, ni siquiera uno de china; mi único entretenimiento era un simple tirachinas.

¿Aves sueltas en la calle? Una banda de gallinas. No podía resistirme a usar aquel tirachinas.

Entre todas las aves, una tuvo mala suerte: le di de pleno en la frente y aquello le causó la muerte.

No era esa mi intención, yo solo quería asustar; pretendía divertirme, nunca quise matar.

¿Qué hacer con la gallina? ¿Cómo poder esconderla? Estaría rica asada, así que decidí comerla.

Reuní un montón de leña, sin pensar en aliñarla; ya se encargaría el fuego de asarla y desplumarla.

Cuando el fuego se apagó pensé: «ya estará muy buena». Me comeré la mitad, la otra será la cena.

Pero no era una gallina, estaba toda chamuscada; su olor era detestable, no pude probar nada.

Enterrado su cadáver, la despedí con gran pena, soñando que en pepitoria habría estado muy buena.


El gato cohete


 

El gato cohete

Reuniones de rapaces para pasar el rato: a uno se le ocurrió ¡por qué no pillar un gato!

Un plan muy perfecto, mucho que preparar; esa clase de animal es difícil de cazar.

Una vez cazado el gato, con la cola un poco grasa, le prendimos fuego al rabo a ver qué es lo que pasa.

Sale el gato disparado sin saber dónde se mete; eso no era ya un gato, ¡era un puro cohete!

Se refugia en un pajar, surge la gran faena: prende fuego toda la paja, la hemos liado buena.

Tocamos las campanas, el pueblo se reunió, y con calderos de agua entre todos se apagó.

No estaba lleno de paja y estaba muy apretada; nos salvamos por los pelos de esa gran gamberrada.

No éramos niños salvajes ni tampoco unos gamberros; nuestros únicos juguetes eran los gatos y perros.

Los padres en el campo, nosotros solos todo el día; la única diversión: hacer mil perrerías.

No sufran por el gato, siguió cazando ratones; solo se quemó el rabo sin más complicaciones.

El sermón de las rajas

El sermón de las rajas

Al vivir solo del campo, la gente estaba maltrecha. Si el tiempo no acompañaba, se perdía la cosecha.

Tristes y desesperados, imploran todos al cielo: que les mande pronto lluvia que les sirva de consuelo.

El campo, rajado y seco, así no pueden labrar. La tripa no se les llena con orar ni suplicar.

Sacan la santa al camino, el cura reza un sermón. Pide con mucha esperanza que cambie la situación.

—¡Amada patrona mía, aquí no crecen ni pajas! ¡Envía tanta agua al suelo que tape todas las rajas!

Los hombres, al oír eso, ponen su grito en el cielo. ¡Es lo único que tienen que le sirve de consuelo!

Las mujeres, asustadas, rodean pronto al cura: —Esa petición que hace nos parece una locura.

—Si su deseo se cumple, no vendremos más a misa; tendrá que hacer la maleta y escapar a toda prisa.

Por pelos se libró el cura al caer una nevada. Da las gracias a los cielos: ¡petición solucionada!

Y así termina este cuento de fe, campo y confusión: que a veces lo que uno pide no es siempre la solución.

La aventura de las Cinco


 

La abandonó un camionero al borde de la carretera; formó un gran espectáculo en su edad de quinceañera.

Se difundió la noticia, causó un gran alboroto; todos queríamos verla, corrimos más que una moto.

La tía hacía de todo: por solo cinco pesetas, tres por tocarle el culo, dos por mostrar una teta.

El revuelo fue tremendo, una cosa de locura; se enteró todo el pueblo, los civiles y hasta el cura.

Una panda de mirones, todos sin una peseta; no le salió ni un cliente, nos mandó a hacer puñetas.

Nadie abandonó el lugar, solo se cerró el anillo; no le quedó más remedio, tuvo que pedir auxilio.

Se presentan los civiles, quedamos muy asustados; más de uno llevó un palo al quedarse rezagado.

Lo más singular del caso en tan extraña ocasión: ¡fue que el hijo de un guardia llamó a su padre cabrón!

Al rato nos reunimos en la plaza del lugar; la diversión fue tremenda, un domingo sin igual.