Al vivir solo del campo, la gente estaba maltrecha. Si el tiempo no acompañaba, se perdía la cosecha.
Tristes y desesperados, imploran todos al cielo: que les mande pronto lluvia que les sirva de consuelo.
El campo, rajado y seco, así no pueden labrar. La tripa no se les llena con orar ni suplicar.
Sacan la santa al camino, el cura reza un sermón. Pide con mucha esperanza que cambie la situación.
—¡Amada patrona mía, aquí no crecen ni pajas! ¡Envía tanta agua al suelo que tape todas las rajas!
Los hombres, al oír eso, ponen su grito en el cielo. ¡Es lo único que tienen que le sirve de consuelo!
Las mujeres, asustadas, rodean pronto al cura: —Esa petición que hace nos parece una locura.
—Si su deseo se cumple, no vendremos más a misa; tendrá que hacer la maleta y escapar a toda prisa.
Por pelos se libró el cura al caer una nevada. Da las gracias a los cielos: ¡petición solucionada!
Y así termina este cuento de fe, campo y confusión: que a veces lo que uno pide no es siempre la solución.

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