Carecía de juguetes, ni siquiera uno de china; mi único entretenimiento era un simple tirachinas.
¿Aves sueltas en la calle? Una banda de gallinas. No podía resistirme a usar aquel tirachinas.
Entre todas las aves, una tuvo mala suerte: le di de pleno en la frente y aquello le causó la muerte.
No era esa mi intención, yo solo quería asustar; pretendía divertirme, nunca quise matar.
¿Qué hacer con la gallina? ¿Cómo poder esconderla? Estaría rica asada, así que decidí comerla.
Reuní un montón de leña, sin pensar en aliñarla; ya se encargaría el fuego de asarla y desplumarla.
Cuando el fuego se apagó pensé: «ya estará muy buena». Me comeré la mitad, la otra será la cena.
Pero no era una gallina, estaba toda chamuscada; su olor era detestable, no pude probar nada.
Enterrado su cadáver, la despedí con gran pena, soñando que en pepitoria habría estado muy buena.

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