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jueves, 15 de enero de 2026

Soluciones da Cantina.

 

—Sospecho que no me amas, haces el amor sin gana; creo que escondes a alguien debajo de nuestra cama.

—Estás mal de la azotea y vives obsesionado. Puedes echar un vistazo: verás que está despejado.

En efecto, comprobó que ella tenía razón. Todo estaba despejado, no quedó ni un rincón.

Su obsesión no se le pasa, no lo puede soportar. Pide cita al psiquiatra por si lo puede curar.

Alegre acude a la cita en la primera ocasión. ¡Le parece que es muy cara! Curarse valdrá un pastón.

Triste regresa al hogar, pensando por el camino: «Me sale más económico agarrar un pedo con vino».

Va directo a la cantina, allí, entre vaso y vaso, le comenta al cantinero lo singular de su caso.

Este, que es un lince, se ríe de su obsesión; entre risas le comenta: —Yo tengo la solución.

Dices que tu cama es alta y no sabes qué hacer... ¡Prueba a cortarle las patas y nadie se podrá esconder!

Si esta recomendación no te sirve de modelo, olvida cama y colchón ¡y te acuestas en el suelo!

Lencería para un difunto

 

Lencería para un difunto

Dos viudas coinciden visitando el cementerio: una viste de colores, la otra guarda el misterio.

La de negro se arrodilla y se pone a rezar, rosario siempre en la mano y no para de llorar.

En cambio, la de colores no siente ningún complejo: luce una minifalda que casi enseña el conejo.

A veces se abre de piernas, las lleva bien depiladas, y le pide al esposo que mire sus mini bragas.

Otro día se despoja de la prenda superior, para lucir el escote y el mini sujetador.

La viuda de luto negro está muy alucinada; ante tan rara conducta, no entiende nada de nada.

—¿Cómo es que en tus visitas nunca vienes a rezar, y cada prenda que estrenas se la vienes a mostrar?

—Mi esposo era un viajante de lencería fina; dejó maletas tan llenas que el armario no termina.

Como siempre andaba fuera, poco pudo contemplar; ahora que sé dónde ubicarlo, se las vengo a modelar.

Te extraña que esté tan alegre, cantando y sonriendo... ¡Es que hoy sé dónde descansa y quién se lo está comiendo!



El Joven y la Avería

 

El Joven y la Avería

El joven tuvo una avería en un lugar algo oscuro. Se encuentra sin cobertura y no lo cubre el seguro.

A lo lejos ve una luz en medio de la espesura; parece un lugar habitado, se acerca a pedir ayuda.

Allí encuentra a una familia dispuesta a prestarle ayuda; una singular familia que siempre anda desnuda.

—Ahora ya es muy tarde, te invitamos a cenar; debes quitarte la ropa para no desentonar.

A su lado, una rubia toda en pelota picada; su miembro golpea la mesa sin él poder hacer nada.

Ella le dice al oído al terminar de cenar: —Por normas de la familia, te la tengo que bajar.

Se la dejó como un trapo, y emocionada repetía: —Cuando pases por aquí, ¡simula otra avería!

Esto contó a un amigo, el cual no se lo creía: —Mañana paso por allí y simulo una avería.

El recibimiento es bueno, la rubia está a su lado; él se pone muy nervioso, se sienta de medio lado.

Por contemplar a la rubia cometió el error primero: no asentó bien el trasero y se le escapó un pedo.

El padre le dice al hijo: —A este se le van los pedos. Llévalo a tu habitación y ¡tápale el agujero!

La Tragedia del Amor


 Es un muchacho sensible, de muy noble corazón, que se entrega por entero a la primera ocasión.

Con la vecina del quinto, el padre lo vio abrazado; tuvieron una charla seria en un lugar apartado.

—Hijo, deja a esa muchacha, su madre es la Mariana; tuve una aventura con ella... ¡Puede que sea tu hermana!

Ante tal revelación, él se quiere suicidar; era su primer amor y lo tiene que olvidar.

Ha pasado casi un año, ya superó lo peor. Su vida se normaliza: encontró un nuevo amor.

Esta será la elegida, ya lo tiene decidido; pero al verla, nuevamente, el padre halla un parecido.

—Hijo, tienes que dejarla, hazme caso, por tu bien; mira bien sus facciones, son las mías, ¿no las ven?

De joven fui un semental, y fumaba marihuana; el próximo amor que busques... ¡Mejor que sea australiana!

Imposible asimilar la historia de aquel padre, y decide consultar la opinión de su madre.

—Yo siempre lo vigilé porque me tenía mosca; su semilla es muy estéril y no se come una rosca.

Deja ya de preocuparte, pásalo de puta madre; vete con la que tú quieras... ¡Que él ni siquiera es tu padre!

La Profecía del Siglo 28

 



La mujer era ignorante en esto de las posturas; le gustaba lo de siempre, por la noche y a oscuras.

Está algo desfasada, no se cuelga ni un adorno; ve poca televisión y nunca entró en el porno.

Su pareja le propone que hace falta innovar: buscar distintas posturas a la hora de chingar.

«Esto es como el tiempo, que de vez en cuando llueve: la próxima probaremos a hacer el sesenta y nueve».

—Eres un caprichoso y te voy a complacer; dime qué postura es esa y lo que tengo que hacer.

—Es una cosa sencilla, no es una cosa rara: tanto el uno como el otro pone el culo en la cara.

—Eso debe ser moderno, no creo que antes se usara; es un poco "guarrete" poner el culo en la cara.

Tenía razón la mujer: con chupada y movimiento, le soltó un pedo en la cara que movió los cimientos.

«Si este es el sesenta y nueve y aún faltan sesenta y ocho... ¡Yo cierro el chiringuito hasta el siglo veintiocho!».

Sabor Tropical

 Sabor Tropical

Regresa de vacaciones, las pasó en Punta Cana. Allí comió mucha fruta, incluida la banana.

Libre de aquel marido que no pudo acompañar, pues no hubo vacaciones y tuvo que trabajar.

Al regreso, su esposo la encuentra muy cambiada: le han crecido los pechos, está más guapa de cara.

Se la lleva a la alcoba y se lleva una sorpresa: al besarle un pezón, ¡aquello sabe a frambuesa!

Emocionado el marido, busca el otro "biberón"; este sabe aún mejor: es fruta de la pasión.

—Cariño, no te emociones, y deja ya de chupar. Te portas como un niño que solo quiere mamar.

—Este sabor tropical algo me está transformando; noto cosas muy raras, pero seguiré probando.

Las tienes tan infladas... tengo que seguir chupando; ¡con cada beso que doy, mi plátano sé va estirando!

Si chupas más abajo, seguro te sabe a fresa y pasados nueve meses¡Te daré una sorpresa!

Tiempos sin locomoción


 Tiempos sin locomoción

Tiempos sin locomoción, en un pueblo ya perdido, con una tropa de hombres buscando el oro en el río.

Sin trabajo y sin dinero, allí espera encontrar la gran pepita de oro para poderse casar.

Pero ya ha pasado un año y no sabe qué ha de hacer: no encontró la gran pepita ni ha visto a una mujer.

Es un lugar solitario, donde no existen placeres. Desesperado pregunta: "¿Dónde hallaré a las mujeres?"

—Es un camino muy largo el que hay que recorrer; llegarás muy fatigado a la "casa del placer".

—Sigue recto ese sendero, encontrarás un cercado; allí verás unas burras pastando hierba en el prado.

Elige la que te guste, que ya haya sido montada; si eliges una novata, puede darte una patada.

Te acercas muy despacito, la empiezas a acariciar; si ella levanta la cola, es que se deja montar.

A su regreso preguntan si se siente satisfecho, si encontró aquel lugar y por todo lo que ha hecho.

—Elegí la burra joven, no se dejaba montar; la cabalgué varias veces hasta que la logré domar.

—Lo de montar a la burra veo que no has asimilado: ¡eran para ir al burdel y no llegar tan cansado!

La Postura del Murciélago.


Madre, tengo un ligue que no se piensa casar. Dime qué tengo que hacer y a dónde puede llegar.

—En estos casos puntuales, hay que usar la cordura y proteger la parcela debajo de la cintura.

De cintura para arriba te puedes dejar tocar; de cintura para abajo, eso lo debes guardar.

Esa es zona peligrosa, no olvides nunca mi consejo: allí está la conejera, ¡no dejes que entre el conejo!

—Seguiré tus consejos, llenos de sabiduría; le dejaré que disfrute de cintura para arriba.

—De cintura para arriba, gracias, no pasa nada... Seguí todos tus consejos ¡y estoy embarazada!

—Me dirás cómo lo hizo, estoy la mar de intrigada. Será por arte de magia que te dejó embarazada.

—La postura del murciélago es la mar de divertida... ¡Y la conejera queda de cintura para arriba!

miércoles, 14 de enero de 2026

Las tres viajeras


Las tres viajeras

Comentan tres amigas, sus viajes en avión, y el tipo de vestuario para dicha ocasión.

Viven obsesionadas, lo tienen muy presente: destacar con sus ropas si ocurre un accidente.

Una se viste de rojo por si el motor fallara, pues es un tono fuerte que pronto se avistara.

—No es una mala idea, pero la mía es mejor: yo voy de fosforito, que da más resplandor.

María no dice nada, jamás voló en avión, no sabe qué ponerse para tal situación.

—Tú guardas el silencio, pero habrás de viajar... ¿Qué prenda elegirías a la hora de volar?

—Subiría a la cabina sin llevar ni una muda, sin maleta y sin ropa, completamente desnuda.

—¡Es una idea estupenda! Si se estrella el avión, al ver tu cuerpo inerte llamaría la atención.

Más en la charla interviene mi futura suegra: —¡Lo primero que buscan es siempre la caja negra!

El Pronóstico de María

 El Pronóstico de María

Con el tiempo tan revuelto la gente no sabe qué hacer: si será un día estupendo o si acaso va a llover.

Esas mismas inquietudes no preocupan a María; ella sabe cuándo llueve o será un hermoso día.

Con un sol muy despejado, sin visos de caer agua, María sale a la calle cargada con su paraguas.

Cae al poco un chaparrón y le dice una vecina: "—¿Cómo sabes cuándo llueve? ¿Eres acaso adivina?

El otro día te vi, con el cielo muy nublado, ibas tú sin el paraguas y al poco hubo despejado".

"—Antes de salir de casa, miro el pene a mi marido; a ver si lo tiene húmedo o si lo tiene dormido.

Si lo tiene muy húmedo, ya sé lo que tengo que hacer: salgo pronto con paraguas porque ese día va a llover.

Si lo tiene bien dormido y al tocarlo ni se mueve, puedo salir muy tranquila, pues sé que ese día no llueve".

"—¿Y qué haces —dice la otra— si al tocarlo algún día, lo encuentras muy animado apuntando hacia arriba?"

"—En esas condiciones, ¡rápido sé lo que pasa! Ese día lo aprovecho... ¡Y no salgo de la casa!"



El Amor Sordera.


 

Tiene un novio muy roñoso, ella lo quiere cambiar, con mucho amor y cariño para podérselo casar.

Surge un acontecimiento: él juega a la lotería, y llega su día de suerte con la "suerte" primitiva.

Dos millones y medio... ¡Ella salta de alegría! Eso lo cambia todo, bendita la lotería.

Nunca le hizo un regalo, este será el primero; antes siempre repetía: "Es que no tengo dinero".

"Ahora que tengo parné, puedo darte una alegría. Pide lo que tú quieras, que lo tendrás en el día".

Para darle una sorpresa y queriendo ser original, ella le pide el regalo escrito en una postal.

Rápida contestación: "Iré a media noche. Tú me abres la puerta cuando escuches el coche".

Se presentó puntual, sonriendo y cantando: "Ya traigo tu pedido, vete ya preparando".

"¡Estás jugando al despiste! No pedí cuarenta polvos... ¡Eres un puto roñoso! ¡Es un deportivo XL Volvo!"

La justicia divina

 La justicia divina

La justicia, la de arriba, es difícil de explicar, y este es un claro ejemplo de lo que puede pasar.

En el pueblo vive un cura que ejerce con gran pasión, que cuida de su parroquia y enseña la religión.

También vive un buen taxista que invade hasta las aceras, no respeta las señales en calles ni carreteras.

Dos personas tan distintas que, por culpa de la prisa, se encuentran cuando el cura va a paso de dar su misa.

Una decisión fatal: subir con aquel alocado. Chocan contra una farola y quedan "espachurrados".

Juntos llegan hasta el cielo; el taxista es premiado con la distinción más alta, más el cura es ignorado.

No entiende tal injusticia, pues sus misas y sermones no le sirven para nada... ¡Exige explicaciones!

—Tus misas y tus sermones eran lentos y aburridos; siempre decías lo mismo y acababan todos dormidos.

En cambio, con el taxista, como nada respetaba, pedían ayuda a Dios ¡y todo el mundo rezaba!

Tras oír la moraleja y el veredicto escuchado... ¿Quién merece ser premiado?


Especial el "Sesenta y nueve"

 

Sus amigos no comprenden que no le guste bailar, y a sus veinticinco años esté aún por estrenar.

Es un chico singular que se explica con paciencia: siempre pone de pretexto que le gana la vergüenza.

"Te buscamos una chica muy sencilla y educada; tú espera en la habitación y con la luz apagada.

No hace falta ni que hables, todo se hará en la espesura, comprobar el material y probar alguna postura".

Él no sabe de "material" ni se muestra exigente, le basta con una joven que sea un poco inocente.

De posturas nada sabe, la curiosidad le puede, solo recuerda en su mente algo del "sesenta y nueve".

De duraciones no entiende, desea que sea breve, y le pregunta a la dama: "¿Tú haces el sesenta y nueve?".

"Si alargamos la función, yo espero no sea breve; a las doce y un minuto... ¡Cumplo los sesenta y nueve!".

El milagro del paracetamol

 

El milagro del paracetamol

La mujer dice al marido: —Eres un buen cabezón, estás hecho una castaña y no me das la razón.

Tienes que ir al médico, que te haga una revisión; siempre estás de mal humor y has perdido la pasión.

—Eso es normal a mi edad, son unas simples cosillas; verás lo que me receta: seguro simples pastillas.

—Si unas simples pastillas te mejoran el humor, yo sería más feliz... ¡se lo explicaré al doctor!

Le explicó la mujer lo que le pasa al marido. Sin la cita presencial, la mujer se hizo un lío.

Con las pastillas en casa que le trajo la mujer, con la letra tan pequeña él no se puso a leer.

A la hora de tomarla empieza a reaccionar: —Vente, cariño, a la cama, que te voy a espabilar.

Cada ocho horas un "kiko", él siempre estaba a punto. Pero al terminar la caja... ¡se le declaró difunto!

La buena mujer compró pastillas para el amor, ¡y el médico recetó simple paracetamol!


¿Te

Misión de Intercambio.


 Se van a vivir al campo, muy lejos de la ciudad, buscan la vida sencilla, con paz y tranquilidad.

Esa paz que tanto ansían muy pronto se ve truncada, por unos extraterrestres en visita inesperada.

Han venido a la Tierra en una misión compleja: probar a crear otra raza intercambiando pareja.

El reto es inesperado, a la vez que atractivo; la mujer, más decidida, pronto anima a su marido.

Terminada la sesión, pasada ya la "calentura", los dos están de acuerdo en contarse la aventura.

—Al sacar el aparato, yo me quedé muy asombrada: era como un gusano, no servía para nada.

—No te preocupes, terrícola, sé bien lo que estás pensando: si le das unos tirones, esto se va agrandando.

El sistema era sencillo, el método funcionaba: se ponía larga y gorda cada vez que la estiraba.

Fue una noche muy feliz, la más grande de mi vida; jamás volveré a encontrar un "aparato" a medida.

—Ahora cuéntame tú, ¿qué tal te lo has pasado? Seguro le diste caña hasta quedar reventado.

—De tanto estiramiento, me la dejó hecha una mierda: me quedó larga y finita... ¡Como una lombriz de tierra!


La confesión del cura

 

La confesión del cura

Se encuentra ante el doctor con el rostro demacrado, tiene profundas ojeras y se siente muy cansado.

—Para poder valorar, aunque conozco tu oficio, cuéntame algo de tu vida, sobre todo de tus vicios.

—La verdad, tengo muy pocos, llevo una vida sin vicio: como bien, duermo lo justo y hago un poco de ejercicio.

De tabaco, casi nada, tres pitillos cada día: uno después del almuerzo, dos más con el mediodía.

No me paso en la bebida, bebo el vino que me agrado, con tres gotas de agua fría para que tenga menos grado.

Quizás en la comida sí que me esté sobrepasando, mi trabajo no es de fuerza y por eso voy engordando.

—No es para estar tan cansado, ¡tendrías que estar bailando! ¿Haces mucho el amor... o solo de vez en cuando?

—Eso es igual que el comer, siempre me sobran las ganas; lo más normal es que yo eche unos doce a la semana.

—No creo estar excediéndome, pues según he consultado, es lo que suele hacer siempre cualquier joven recién casado.

El médico se hizo cruces: —¡Válgame Dios, qué recuerdo! ¡Que tú no estás casado... y eres el cura del pueblo!

La técnica del ladrillo



La técnica del ladrillo

En tiempos de Mari castaña, con técnica muy avanzada, decían que, haciéndolo en pie, no quedabas embarazada.

Para reforzar el asunto, un complemento existía: si al terminar hacía pis, limpiaba la tubería.

Dos amigas estudiaban técnicas tan avanzadas; si el invento funcionaba, se iban a poner moradas.

A una la ronda un cojo, y ella, que el defecto ve, piensa: «si tiene una corta, no podrá hacerlo de pie».

Se va el cojo con la otra, a quien le mola un montón; le soluciona el problema en la primera sesión.

La otra, por darle envidia, busca un mozo más alto, que le fabrica una tripa casi en el primer asalto.

Le dice a la del cojo: «Tú no estás embarazada; gozarás más que ninguna, pero lo harás tumbada».

«¡Siempre lo hacemos de pie! Aprovecho su cojera; me da muy buen resultado, te explicaré la manera:

Yo llevo siempre un ladrillo, no me fío a la aventura; lo pongo bajo la corta y quedan a la misma altura.

No me fío de los dichos, ni que "de pie es lo mejor"; si no entra la gasolina, no arrancará el motor.

Me mantengo siempre alerta, y cuando él más acelera, ¡le doy un pie al ladrillo y desenchufo la manguera!».


La Dosis Equivocada


Dosis Equivocada

Pide un hombre en la sexshop unas pastillas potentes, que al tomarlas su mujer rápida se recaliente.

—Para darte esas pastillas yo tendría que saber, a cuántos grados bajo cero se te pone la mujer.

—Nunca le medí los grados, yo le puedo asegurar que cada vez que la toco me pongo hasta a tiritar.

Si le enchufo el pizarrín, la cosa se pone peor: ¡es como si la metiera dentro del congelador!

—Toma, pues, estas pastillas, que son el último grito. ¡Que solo se tome una! O con más... ¡Te funde el pito!

Llega a casa emocionado, le da una a la mujer, pero él se toma dos para poder responder.

Ella se desnuda rápido llamando pronto al marido, pero al mirarle la pieza... ¡La tiene medio dormida!

—¡Marido, eres un desastre! Esto no tiene perdón. No me sirves para nada, ¡yo quiero un hombre de acción!

—¡No eres tú sola, mi amor! ¡Ahora ya somos dos! Tengo el culo como un horno, ¡y necesito un extintor!

Por no seguir los consejos lo pasó mucho peor: para enfriarse las nalgas, ¡vació todo el extintor!

La Solución de la Bruja.

 

Un desastre de marido, tan borracho y comilón, que su mujer, ya aburrida, buscaba una solución.

Consultó a varios doctores, nadie dio con la receta; halló al fin la medicina en una bruja discreta.

—Con este simple brebaje que te voy a preparar, si se lo echas en el vino creerá que va a reventar.

Perderá el conocimiento, te podrás aprovechar; dile, cuando vuelva en sí: "¡Algún día vas a explotar!

Hoy tuviste mucha suerte, estás vivo de chiripa; si sigues haciendo el tonto, te quedarás sin la tripa".

—Tienes otra alternativa: ve directo al matadero, y recoge entre el despojo unas tripas de cordero.

Cuando vuelva a recaer y lo encuentres bien "pedo", se las pones junto al culo... esas tripas de cordero.

—¡Qué razón tenías, mujer! Sigo vivo de chiripa; se cumplió lo que advertiste: ¡se me salieron las tripas!

—Eso es por no cuidarte, aunque tiene solución; seguro que al escaparse te dolieron un montón.

—No dolieron al salir, lo que no llego a entender... ¡Es que las pasé muy putas al volverlas a meter!

El niño, la bruja y los huevos

 

El niño, la bruja y los huevos

Diez años sin tener niños sin saber cómo ocurrió, ella queda embarazada y de mellizos parió.

Al comenzar con el habla uno es más adelantado, el otro no dice nada: es bueno, pero callado.

El matrimonio, angustiado por corregir esa pega, con empeño lo han llevado directo al logopeda.

Lo revisan los doctores y llegan a sentenciar: «El niño está muy perfecto, solo tarda en hablar».

No se fían del dictamen, buscan otra solución; la abuela les recomienda curanderos de la región.

La bruja le pone en cueros, le hace una revisión y dice que por mil euros le dará la solución.

—No me importa ya el dinero, no me haga usted esperar, le daré lo que me pida si el niño empieza a hablar.

Usa un truco muy antiguo, el método no es muy nuevo: le agarra de las pelotas y le retuerce un huevo.

El niño pega un chillido, las está pasando putas, se encara con la señora: «¡Usted es una hija de puta!».

El padre, muy emocionado, llama rápido a la madre: «¡Estoy la mar de contento, he conseguido que hable!».

—¡Marido, eres un desastre, un torpe y un cornudo! ¡Te llevaste al que ya habla y aquí me dejaste al mudo!


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Cuestión de Retraso.


Bien que te lo advertí y tú sin hacerme caso, por culpa de tu despiste ya va un mes de retraso.

Presumías ante todos de tenerlo controlado, mañana iré yo al médico a que me dé el resultado.

Con el análisis hecho llega el primer fracaso: el doctor nos confirma que hay un mes de retraso.

Llaman de la compañía, ¡qué raro suena este caso! Le dicen que su mujer lleva un mes de retraso.

El hombre está en un lío, no se lo puede creer: ¿Cómo sabe Iberdrola lo que siente su mujer?

—Vaya usted pronto al banco, le dan poco tiempo y plazo, si su mujer se pone al día cerraremos este caso.

—¿Y si me niego a pagar? —pregunta él con frialdad. —Pasaremos por su casa y se la vamos a cortar.

—¡No me la pueden cortar! ¡Piensen en mi mujer! Con el marido capado, ¿ella qué va a hacer?

—Eso no es problema nuestro, a nosotros nos la pela, que se las arregle ella... ¡Con un cirio o una vela!

El Perdón del Despreciado.

 

De joven ya la quería, siempre la había soñado, pero ella no le hizo caso: mil veces fue rechazado.

Al cumplir los quince años, odiando la vida rural, buscó un destino distinto en la gran capital.

Sus padres no lo aprobaron, más ella estaba obstinada; tras una amarga disputa, se marchó de madrugada.

Pasaron años de olvido, sin querer nunca volver; aunque la vida era dura, no dio su brazo a torcer.

Más un día inesperado, una visita llegó; ella, marchita y soltera, a su puerta lo encontró.

Dudó si lo conocía, fingiéndose descuidada; no quería revivir una época pasada.

"¿Por qué se dirige a mí? No lo conozco de nada". —Me recuerdas a un amor de una vida ya olvidada.

Me encuentro solo y muy triste, el dinero me ha sobrado; si me entregas tus caricias, serás bien recompensado.

Tras encuentros repetidos, ella terminó prendada: —"Quédate siempre conmigo, aunque no me pagues nada".

—Soy aquel joven del pueblo que un día fue rechazado; conseguí lo que quería y me ha salido regalado.

Es dinero de tus padres, que sufren por tu destino; me pidieron que te hablara para marcar tu camino.

No perdona el despreciado, el orgullo lastimado, pero siempre da el perdón quien de veras ha amado.

Igualdad en el trabajo.

 

Después de una operación, él estaba disgustado: le cortaron los testículos, lo habían dejado capado.

Su novia le dio de lado, también perdió el trabajo. Él, para olvidar el tema, quería volver al tajo.

Recorrió varias empresas que, al conocer su caso, decían: "ya llamaremos", pero le daban el paso.

Está muy sano y muy fuerte y necesita currar; le queda poco dinero, le urge ir a trabajar.

Su ánimo no decae ante las adversidades: encontrará aquel empleo que aprecie sus cualidades.

Por fin llegó aquel día, sin ningún impedimento: al leer su currículo lo fichan al momento.

—La jornada es de ocho horas, son los turnos normales; la tuya será de siete y todos seréis iguales.

—Trabajaré las ocho a pesar de estar capado. ¡Yo soy un tío normal, no un discapacitado!

—Esa hora te iguala a capataz y peones... ¡Que pasan media jornada tocándose los cojones!

La parroquia del cachondeo


 

La parroquia del cachondeo

Se hizo mayor el párroco, ya no puede dar la misa. Pide al Obispo un relevo y que lo mande con prisa.

Llega un cura jovencito, ya no viste la sotana; viene montado en una moto de esas de muy alta gama.

El primer día de oficio, con la iglesia medio vacía, dijo: «Quiero verla llena para el próximo domingo».

«Para la siguiente misa, se obsequiará a todo kiski con una botella de ron y tarta de chocolate al whisky».

«Cambiaré la comunión, será mucho más moderna: se dará vino con pincho de jamón de pata negra».

«Y al salir, para que estéis muy contentos la mañana, recibiréis de regalo un buen "chute" de marihuana».

La entrada será gratuita, los rezos serán cantados, y todos los donativos serán bien aprovechados.

Y así la iglesia se llenó, los viejos salieron cantando, acudió toda la juventud y terminaron bailando.

El viejo cura se asusta, no cree lo que está viendo: «Escucha bien, cura joven, ¡esto lo estás pervirtiendo!».

«Es la nueva estrategia para atraer a los clientes: si hay licor y cachondeo, ¡allí se apunta la gente!».


El Doctor (Curalotodo)


Se jubiló el viejo médico, Don Cipriano, el del lugar, que solo daba pastillas y te mandaba a callar. 👴💊

Llegó un doctor muy moderno con un pirsin en la ceja, dice que curar los males es una cuestión muy vieja. 💉🤨

Ya no te mira la lengua, ni te ausculta el corazón, te receta tres cervezas y un buen plato de jamón. 🍻🍖

«Si le duele la rodilla o le pica la nariz, tómese un gin-tonic frío y verá qué es ser feliz». 🍹✨

La sala de espera ahora es una sala de fiesta, con hilos de luces rojas y una banda de orquesta. 🎺💃

Los abuelos con el reuma ya no llevan el bastón, están bailando un reguetón cerca del mostrador. 🕺🔥

El boticario del pueblo está que echa chispas, claro, pues ya no vende jarabes, ¡solo vende ron del caro! 🥃🚫

Vino a verlo el inspector con cara de pocos amigos: «¿Qué receta usted, doctor, a estos pobres mendigos?». 📋🧐

Y el médico le responde con una gran alegría: «¡Si la gente está contenta, no existe la enfermedad fría!». 🥳🌈


Cuidado con lo que te Untas


Tiene una buena amiga que está de pan y moja; ella sueña con algo más, pero él la tiene floja.

Le invita a merendar solitos los dos en casa; él acepta encantado, ya veremos lo que pasa.

Es un día de verano, una tarde de calor; ella, para estar más fresca, se queda en ropa interior.

Él está muy asustado, el pobre empieza a sudar; para refrescarse un poco se tiene que desnudar.

Tapa el pito con las manos, lo tiene algo encogido; ella le mira diciendo: "estamos entre amigos".

—Vete pronto a mi tocador, está en el cuarto de baño, allí tengo yo una crema que aumentará su tamaño.

Cogió la primera crema que vio en el cuarto de baño, se untó una buena ración para aumentar su tamaño.

Las prisas nunca son buenas, y por no leer primero, el pito se puso duro... ¡Parecía de puro acero!

Ante tal acontecimiento, él no sabía qué hacer; desenroscó bien el tubo para poderlo leer.

Casi se cae del susto, la había liado buena... Esto es lo que decía el letrero de la crema:

"Pomada para los callos: frótela y se endurece; a los pocos días se cae... ¡Y al final desaparece!"

EL Buen Samaritano.

 


Se encontró con un amigo que estaba muy cabreado. —¿Qué te pasa? —le pregunta—, ¿por qué estás tan enfadado?

—Un joven paseaba al perro, se cagó en mitad la calle; le llamé la atención y me dijo que me calle.

Es de mala educación contestar de esa manera. Le hice recoger la caca y echarla a la papelera.

—No es solo la juventud la que ya no hace ni caso. A mí me pasó lo mismo, ahora te cuento el caso:

Ayer llegué a mi casa a una hora muy temprana, y encontré a mi mujer en pelotas en la cama.

Le puse el termómetro y casi me lo revienta; me dejó muy asombrado el calor de la parienta.

Un ruido en el armario me dejó sorprendido; me asusté mucho al abrirlo: ¡había un tío escondido!

No salía de mi asombro, me quedé fijo mirando: —¿Qué estás haciendo ahí dentro? Y él dice: —Pues... meando.

Tuve que indicarle el sitio, que aquel no era el adecuado; lo agarré de la pirindola y lo llevé hasta el lavabo.

Le advertí seriamente: —Que no te vuelva a pillar. El armario es para la ropa, ¡aquí es donde hay que mear!


C

Empleado Ejemplar.

 

El empleado llama al jefe diciendo estar medio muerto: —Me encuentro muy fatigado, me duele todo el cuerpo.

No puedo ir a trabajar, si me pusiera peor tendría que ir a urgencias a que me vea el doctor.

—No me hagas la puñeta, tenemos mucho trabajo, yo te daré una receta para que vengas al tajo.

Cuando a mí me pasa eso, no hay medicina mejor que agarrar a la mujer y hacerle bien el amor.

Es el mejor tratamiento, hazlo y me cuentas luego, seguro que te espabilas y quedas como nuevo.

Pasadas unas horas, el chico llegó radiante, con cara de mucha dicha y alegría desbordante.

—Muy bueno fue su consejo, seguí su recomendación, la seguiré practicando en la próxima ocasión.

—Te daré una paga extra por venir a la oficina, por seguir mis instrucciones y tomar la medicina.

Eres un buen empleado, el mejor de la oficina, soltero y con buena planta... ¿Quién te dio la medicina?

—Seguí sus instrucciones, le tuve que obedecer: fui directo hasta su casa y me la dio su mujer.

martes, 13 de enero de 2026

El aniversario de los despistados

 

El aniversario de los despistados

Aniversario de boda, un día muy señalado; la mujer bien lo recuerda, el hombre lo ha olvidado.

—Marido, eres un despistado, ya no te importo nada; ni un miserable regalo en fecha tan señalada.

—No me eches la bronca ahora, no merezco tu reproche; tengo el regalo guardado, te lo daré esta noche.

—No me gusta «ese» regalo, está demasiado usado; cada día está más triste, más viejo y más arrugado.

—No pensaba darte eso, tampoco un ramo de flores; es algo mucho más moderno, de diferentes colores.

La mujer se va a la cama toda llena de alegría; casi adivina el regalo: ¡un bonito picardías!

Al poco entra el marido, todo alegre y sonriente, con una cajita mini como caja de pendientes.

—Mejor que estés acostada, pues el regalo es muy chulo; al llevarte la sorpresa te podrías caer de culo.

Son tapones de colores, para poner en los oídos; así dormirás tranquila, sin oír mis ronquidos.

—Eres un ser «especial», un marido cojonudo... ¡Ese regalo tan guay te lo metes por el culo!

La Piruleta y la Farola.


El matrimonio es difícil, más ponerse de acuerdo. Si Antonio dice que es blanco, María dice que es negro.

Si el marido nunca cede, ella le manda a la calle: —Tú no tienes la razón, ¡lo mejor es que te calles!

Antonio sale a la acera y se pone a deambular; hace un frío que pelaba y se refugia en el bar.

Empieza tomando copas, el hombre no se da cuenta: si regresa muy borracho, la tendrá con la parienta.

Pilló tal "mona" o castaña que casi no puede andar, y por si esto fuera poco, le dan ganas de mear.

Abrazado a una farola, se saca la piruleta; forma un enorme charco que llega hasta la cuneta.

Una mujer que volvía a esa hora de trabajar, la pobre pisa el reguero y se empieza a resbalar.

Resbalando, resbalando, se va hacia la cuneta, y al pasar cerca de Antonio... ¡Le agarra la piruleta!

—¡No seas tan impetuosa, que me la vas a arrancar! Piensa que la necesito, al menos para mear.

El hombre pide perdón por caer en su meada; la mujer le perdonó... ¡Pero la tiene agarrada!

—Vivo muy cerca de aquí, me debes acompañar; en el estado en que estamos, nos tenemos que duchar.

Se ducharon los dos juntos, ¿qué más podría pasar? ¿Lo normal en estos casos? Se pusieron a "rezar".

Se siente feliz con ella por lo bien que le atendía; no regresó más a casa, se olvidó de la María.

Pasan las noches durmiendo, pasan los días rezando... y el tiempo que les sobra... en lo que tú estás pensando.


La Selva del Amazonas.

 
Le despiden del trabajo, trabajaba en la construcción, el capataz le pilló en plena "operación".

Era un buen trabajador, pero no pudo aguantar; si le picaban los bajos, se tenía que rascar.

La doctora, sin mirarle, le receta una pomada; le siguieron picando, no le sirvió para nada.

En la segunda visita, tras una larga entrevista, la doctora no lo entiende y le manda al especialista.

Se presentó al urólogo, uno de los mejores, para pedirle opinión y quitarse los picores.

Al revisarlo el doctor, se queda muy asombrado: —Lo primero que hace falta es hacerse un rasurado.

Te los rasuras muy bien por las diferentes zonas, que ahí parece que tienes la selva del Amazonas.

Si todo sale normal y no te cortas un huevo, pasas a la segunda fase y quedarás como nuevo.

Siguió fiel el consejo, aunque no le hacía gracia. Con el "monte" despejado, se acercó a la farmacia.

Le seguían picando, perdió ya la paciencia, y le pide a la boticaria algo que tenga "frecuencia".

—No entiendo lo que quiere, me deja usted despistada; no sé si busca pastillas o tal vez una pomada.

—No sé si serán pastillas o un invento muy nuevo, ¡a mí lo que me pasa es que me pican los huevos!

—Quizás sea algún jabón de los que tienen esencia... ¡pues el médico me dijo: "que los lave con frecuencia"!

El Campo Abandonado

 

El Campo Abandonado

Arde el monte sin control, una desgracia moderna; es culpa del abandono de esta época cruenta.

Abandonamos los pueblos, esa es la pura verdad, buscando una vida mejor lejos de la soledad.

A pocos les gusta el campo, se perdieron las costumbres, como recoger escobas para encender las lumbres.

Hacer la comida en pote, que llevaba todo el día, para cocer las legumbres con la llama siempre viva.

Desbrozábamos los árboles, se aprovechaban las hojas, recogíamos la hierba y otras tantas mil cosas.

Los campos estaban limpios, las tierras todas labradas, los caminos transitados y las casas habitadas.

La lumbre estaba en el suelo, consumía de cojones; se necesitaba el humo para curar los jamones.

Inviernos de frío intenso, casas sin calefacción; con la lumbre siempre ardiendo, esa era la solución.

Carentes de electricidad, pues aún no había llegado, y con el tejado abierto el aire entraba de lado.

Sin vacas para labrar ni ovejas para pacer, la cosa está complicada, no sé qué se puede hacer.

La solución no la sé, todo está muy enredado; ese es el gran problema de nuestro campo olvidado.

Diálogos de matrimonio

Diálogos de matrimonio

—Tenemos que hablar más claro de ahora en adelante, tengo que comunicarte algo muy interesante.

—Lo que te voy a contar es difícil de creer, te vas a caer de culo si permaneces de pie.

—No me vengas a contar una de tus muchas penas, que cada vez que hablamos no traes noticias buenas.

—No es noticia mala o buena, pero la vas a creer: este hijo que tenemos quiere cambiarse a mujer.

—Ese hijo es un idiota, será solo un arrebato. Si se convierte en mujer... ¡Le cortan el aparato!

—No sé qué ventaja tiene eso de querer ser mujer. Si ella tiene que sentarse y el hombre mea de pie.

—La operación es muy cara, ¿no se ha puesto a pensar? No tiene ni un puto duro, ¿quién se la va a pagar?

—Por eso no te preocupes, lo acaba de solucionar: esa reforma la paga la Seguridad Social.

—¡Joder con los adelantos! ¡Estamos de enhorabuena! Y yo sin un sonotone porque no tengo la tela.

—Comiendo puré a diario porque la carne está dura, sin dinero en el bolsillo para una dentadura.

—Tengo que comprar la Viagra y nos cuesta un dineral; por dos ratos al mes... ¡Pierdo el sueldo mensual!

—Así tiran los impuestos en esta moda increíble, y que el viejo se fastidie y se muera lo antes posible.

—Ya te lo decía yo, tú no traes noticias buenas. Me voy para el jubilado... ¡A compartir mis penas!

La Pluma y el tintero

 Pluma y el tintero

Sra. Cariño, hazme este favor, ve pronto con la analista. Tengo el tiempo muy ocupado, y aunque no esté yo en la lista, recógeme el resultado.

Sr. El marido va contento por ver pronto el resultado, pero la cosa se afea y se pone complicado.

Anl. No se lo puedo entregar, pues nunca nos ha ocurrido: que coincidan dos mujeres en nombre y en apellido.

Extraña coincidencia, pocas veces nos sucede. Le daré una nueva cita... ¡Vuelva en tres meses, si puede!

Sr. ¡Eso es demasiado tiempo! Yo no puedo más esperar. Me gusta escribir a pluma y la tengo que mojar.

Anl. No lo veo tan difícil, no será usted el primero. Si no puede mojar pluma, ¡use mano y lapicero!

Sr. Dígame, ¿qué dan las pruebas? ¿Cuál es el diagnóstico dado? Así volveré a mi casa alegre y más confiado.

Anl. Uno marca gonorrea, el otro anuncia demencia. Le aconsejo que se aguante y tenga mucha paciencia.

Sr. ¡No puedo esperar tanto! ¡Estamos de mil demonios! Tú, que sabes del asunto, ¿qué hago con mi matrimonio?

Anl. Abandone a su mujer una noche con mil brumas; si ella regresa a la casa... ¡No sueñes usar la pluma! 



Los Higos sin Pelo

 

Mil leyendas le acompañan en su fiel emigración: "que no frecuente las putas ni se vuelva maricón". 

Le pintan la capital peor que una oscura mazmorra, donde todo es puterío como en Sodoma y Go morra.

Pasa un año de temores, las está pasando cánulas, hasta que se arma de valor y busca casa de putas. 

Temblando entra en el tugurio, está muy sugestionado; la mujer que allí le atiende cobra siempre por adelantado.

Se encierra con una morena, él se queda en un rincón. Ella dice: "apaga el foco, que me ponga el camisón".

 Huele a tabaco de liar y a whisky de garrafón; su pecho late muy fuerte, no domina la emoción.

Con el aparato armado —el pobre es un poco lerdo—, toca y toca sin descanso, no sabe dónde meterlo.

 Comienza por las firmezas, se pierde por el ombligo, espera encontrar el vello para dar con el "higo".

No encuentra lo que buscaba, va muy desilusionado; él esperaba otra cosa... ¡Allí todo está afeitado!

 Asustado se da a la fuga, cree que es timo o camelo, añorando a las del pueblo que en el higo tienen pelo.



La Vecina Tacaña.


 Tiene Antonio, una vecina bastante despreocupada; dice que tiene de todo y nunca tiene de nada.

No quiere comprar aceite, dice que mancha y es caro; prefiere siempre comer algún plato preparado.

Freírse un par de huevos le resulta deprimente; una vez que probó a hacerlos, se manchó toda de aceite.

De especias mejor ni hablamos, pues le provocan ardores; dice que son muy intensos y no aguanta sus olores.

Siempre acude a su vecino, que es muy majo y educado; no le falta nunca nada, parece un supermercado.

—¡Vecino! Necesito sal, que hoy cenaré una ensalada; con una pizca me vale, me quedará aderezada.

—Yo nunca la tengo fina, pues la gorda es la mejor: aporta mucha sustancia, más placer y más sabor.

—Eso cambia mi menú... ya sé que no eres tacaño: ¡préstame veinte centímetros, que con eso yo me apaño!

El Abuelo nunca Miente.

 

Dos abuelos se saludan, cuentan sus novedades; lo normal en estos casos es hablar de enfermedades.

—A mí me duele la espalda, la tengo escacharrada, y la rodilla derecha la tengo muy jorobada.

—¿Me lo vas a contar a mí, que padezco de riñones? Que no duermo casi nada y estoy hasta los cojones.

Me regaña mi mujer cuando hago los recados: dice que pienso en mujeres y los llevo caducados.

—Tu mujer siempre celosa, no te deja ni respirar; seguro estará pensando que todavía puedes ligar.

—Ella lleva la razón, y no es por presumir, pero tengo mil mujeres que me invitan a salir.

—¡No te tires ya pegotes! Que yo tengo la certeza: no te comes ni una rosca porque no se te endereza.

—Yo jamás digo mentiras, te lo puedo demostrar: acompáñame al servicio, que tengo ganas de mear.

Se metió a soltar el chorro al servicio de señoras, y se quedó allí escondido casi más de media hora.

Tres mujeres con apuro lo acaban por descubrir: ¡se confundió el abuelo y le invitan a salir!

Se dirige a su compadre, todo feliz y contento: —¡Me invitaron a salir! Como ves, yo nunca miento.