Dos abuelos se saludan, cuentan sus novedades; lo normal en estos casos es hablar de enfermedades.
—A mí me duele la espalda, la tengo escacharrada, y la rodilla derecha la tengo muy jorobada.
—¿Me lo vas a contar a mí, que padezco de riñones? Que no duermo casi nada y estoy hasta los cojones.
Me regaña mi mujer cuando hago los recados: dice que pienso en mujeres y los llevo caducados.
—Tu mujer siempre celosa, no te deja ni respirar; seguro estará pensando que todavía puedes ligar.
—Ella lleva la razón, y no es por presumir, pero tengo mil mujeres que me invitan a salir.
—¡No te tires ya pegotes! Que yo tengo la certeza: no te comes ni una rosca porque no se te endereza.
—Yo jamás digo mentiras, te lo puedo demostrar: acompáñame al servicio, que tengo ganas de mear.
Se metió a soltar el chorro al servicio de señoras, y se quedó allí escondido casi más de media hora.
Tres mujeres con apuro lo acaban por descubrir: ¡se confundió el abuelo y le invitan a salir!
Se dirige a su compadre, todo feliz y contento: —¡Me invitaron a salir! Como ves, yo nunca miento.

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