Tiene Antonio, una vecina bastante despreocupada; dice que tiene de todo y nunca tiene de nada.
No quiere comprar aceite, dice que mancha y es caro; prefiere siempre comer algún plato preparado.
Freírse un par de huevos le resulta deprimente; una vez que probó a hacerlos, se manchó toda de aceite.
De especias mejor ni hablamos, pues le provocan ardores; dice que son muy intensos y no aguanta sus olores.
Siempre acude a su vecino, que es muy majo y educado; no le falta nunca nada, parece un supermercado.
—¡Vecino! Necesito sal, que hoy cenaré una ensalada; con una pizca me vale, me quedará aderezada.
—Yo nunca la tengo fina, pues la gorda es la mejor: aporta mucha sustancia, más placer y más sabor.
—Eso cambia mi menú... ya sé que no eres tacaño: ¡préstame veinte centímetros, que con eso yo me apaño!

No hay comentarios:
Publicar un comentario