Lo llamó el ejército, el país estaba en guerra. Él no apoyaba la causa y le importaba una mierda.
Huyó en cuanto tuvo opción, pensó que era lo mejor. Sabía que lo buscarían: era un pobre desertor.
Divisó un viejo convento; allí estaría salvado. Nadie entraría a buscarle en aquel lugar sagrado.
Vio a una monja en el huerto que parecía rezando; se ocultó bajo su hábito mientras ella iba implorando.
Era el escondite ideal, oscuro y muy calentito. El hombre llegó cansado y pronto se quedó "frito".
Le despiertan unos golpes recibidos en la testa; sale lleno de chichones, le arruinaron la siesta.
—Llevas dos horas roncando, por eso te he despertado; mis rezos y mis plegarias hace tiempo han terminado.
—Lo que yo he notado en ti es que eres una monja rara: muchos pelos en las piernas y algo de barba en la cara.
—Soy desertor como tú, estoy aquí camuflado; no me gusta nada el frente, aquí vivo bien cuidado.
—Pues me hiciste la puñeta, que yo estaba allí soñando: creía estar en la gloria con campanas repicando.
—Si soñabas con campanas mientras estabas ahí abajo... es fácil de adivinar: ¡te despertó el badajo!

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