Era un buen trabajador, pero no pudo aguantar; si le picaban los bajos, se tenía que rascar.
La doctora, sin mirarle, le receta una pomada; le siguieron picando, no le sirvió para nada.
En la segunda visita, tras una larga entrevista, la doctora no lo entiende y le manda al especialista.
Se presentó al urólogo, uno de los mejores, para pedirle opinión y quitarse los picores.
Al revisarlo el doctor, se queda muy asombrado: —Lo primero que hace falta es hacerse un rasurado.
Te los rasuras muy bien por las diferentes zonas, que ahí parece que tienes la selva del Amazonas.
Si todo sale normal y no te cortas un huevo, pasas a la segunda fase y quedarás como nuevo.
Siguió fiel el consejo, aunque no le hacía gracia. Con el "monte" despejado, se acercó a la farmacia.
Le seguían picando, perdió ya la paciencia, y le pide a la boticaria algo que tenga "frecuencia".
—No entiendo lo que quiere, me deja usted despistada; no sé si busca pastillas o tal vez una pomada.
—No sé si serán pastillas o un invento muy nuevo, ¡a mí lo que me pasa es que me pican los huevos!
—Quizás sea algún jabón de los que tienen esencia... ¡pues el médico me dijo: "que los lave con frecuencia"!

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