El matrimonio es difícil, más ponerse de acuerdo. Si Antonio dice que es blanco, María dice que es negro.
Si el marido nunca cede, ella le manda a la calle: —Tú no tienes la razón, ¡lo mejor es que te calles!
Antonio sale a la acera y se pone a deambular; hace un frío que pelaba y se refugia en el bar.
Empieza tomando copas, el hombre no se da cuenta: si regresa muy borracho, la tendrá con la parienta.
Pilló tal "mona" o castaña que casi no puede andar, y por si esto fuera poco, le dan ganas de mear.
Abrazado a una farola, se saca la piruleta; forma un enorme charco que llega hasta la cuneta.
Una mujer que volvía a esa hora de trabajar, la pobre pisa el reguero y se empieza a resbalar.
Resbalando, resbalando, se va hacia la cuneta, y al pasar cerca de Antonio... ¡Le agarra la piruleta!
—¡No seas tan impetuosa, que me la vas a arrancar! Piensa que la necesito, al menos para mear.
El hombre pide perdón por caer en su meada; la mujer le perdonó... ¡Pero la tiene agarrada!
—Vivo muy cerca de aquí, me debes acompañar; en el estado en que estamos, nos tenemos que duchar.
Se ducharon los dos juntos, ¿qué más podría pasar? ¿Lo normal en estos casos? Se pusieron a "rezar".
Se siente feliz con ella por lo bien que le atendía; no regresó más a casa, se olvidó de la María.
Pasan las noches durmiendo, pasan los días rezando... y el tiempo que les sobra... en lo que tú estás pensando.

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