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miércoles, 21 de enero de 2026

El Traje de Eva

 


El Traje de Eva

El hombre ya no la mira, le presta poca atención. La mujer se lo achaca a su viejo camisón.

Se compra uno nuevo que resalta su silueta, con un poco de abertura para que se vea la teta.

No resultó la cosa, él no se da por enterado; siempre de culo en la cama, mirando para otro lado.

Nunca se dio por vencida, compra un rojo camisón; este es mucho más corto y llamará su atención.

La cosa sigue igual, el marido ni se entera, aunque deje al descubierto las piernas y la pechera.

Motivo de preocupación, lo lleva al oculista. Le hacen las pruebas: está perdiendo la vista.

«Pobrecito mi marido, lo estaba juzgando mal; si cada día ve menos, que no se fije es normal».

«Me acostaré desnuda, así no tendrá que mirar; sin ningún impedimento, mejor me podrá tocar».

Al fin la toca una noche: —¿Mujer, qué pijama llevas? —Es que no llevo ninguno, ¡estoy en traje de Eva!

—La verdad, te sienta bien, quizás un poco ajustado... Te sentaría mucho mejor si antes lo hubieras planchado.

Ella, al verse criticada, le soltó con gran salero: «¡Para planchar este traje, me falta un buen ingeniero!»



La secretaria robótica


 

La secretaria robótica

Oficina muy moderna, toda robotizada; en el despacho del jefe, un robot de secretaria.

Un amigo lo visita, se queda muy impresionado: —¡Qué mujer tan exuberante es la que tienes al lado!

—Te veo como impactado con eso que ves al frente; es un robot secretaria, simpática y eficiente.

—No te me tires faroles, a mí no me digas eso; mejor una de carne y hueso, con la que tener un sexo.

—No se puede comparar, es superinteligente; hay sexo cuando uno quiere, se mueve bien y es caliente.

—Como amigos que somos, me la dejarás probar; si es tan buena como dices, yo me la quiero comprar.

—Puedes hacer la prueba cuando a ti te dé la gana, la muchacha queda libre los fines de la semana.

Sus fantasías sexuales al fin se verán cumplidas; el amor de mil maneras y sin riesgo de contraer sida.

El lunes que la devuelve se presenta demacrado; y su amigo le sonríe: —¿Parece que te has pasado?

—No te cachondees de mí — le contesta a voz en grito—, ¡tu maldita secretaria me ha destrozado el pito!

—¿No leíste instrucciones que llevaba en el bolsillo? Esas se pueden leer mientras fumas un pitillo.

Si no te gusta leer, podías hacer preguntas... ¡Y sabrías que su culo lo usamos de sacapuntas!

No me llores por la herida, ni me pongas ese gesto, ¡que para usar tecnología, hay que leerse el presupuesto!

Desigualdades Sociales.


 Desigualdades

Prometieron, en democracia, mismas oportunidades, pero hoy se está comprobando que sobran desigualdades.

Sobre todo en las mujeres se ve una brecha marcada: las ricas parecen tontas, las pobres, espabiladas.

La directora de empresa cuyo dueño es el marido, firma cualquier documento sin haberlo ni leído.

Diez coches en el garaje, ¿cómo se han conseguido? Ella ni se ha enterado, son todos de su marido.

Acusada de delitos, ella no sabe de nada; firma todos los papeles porque está muy enamorada.

Pero la mujer que es pobre no tiene el amor en blanco: controla bien al marido y las cuentas en el banco.

Cincuenta euros al mes, gastar más es de locura; él tiene que rendir cuentas y entregar cada factura.

Si no cuadra el presupuesto y falta algún centavo, ella le grita con furia: "¿En qué has gastado, bendito?"

—Perdona mi despilfarro, cometí una gran locura: compré dos moños al chino y no me dio la factura.

Así va este mundo loco, con su justicia invertida: unos roban a manos llenas, ¡otros cuentan cada comida!


El Calzoncillo Desechable

El Calzoncillo Desechable

Hombres y mujeres, estamos de enhorabuena: ha salido una prenda que nos ahorra las faenas.

Calzoncillos desechables, los acabo de probar; les falta algún detalle que se debe mejorar.

Un inconveniente es que duran muy poquito: falta una funda apropiada que pueda acoger al "pito".

El siguiente defecto es un gran inconveniente: si se te escapa una gota, se deshacen de repente.

Si padeces de la próstata y meas solo chorrillos, tendrás que llevar mochila llena de calzoncillos.

Cubre dos necesidades este invento tan singular: cuando acabes de lo tuyo, te puedes hasta limpiar.

Si en el amor tienes prisa por encontraros calientes, solo hace falta un tirón y se rompen al momento.

Le agradará a tu esposa, que siempre está protestando porque no te limpias bien cada vez que vas al baño.

¡Este invento es ingenioso y, además, resulta chulo; solo falta uno moderno que nos limpie solo el culo!

Lo peor es el bolsillo, si es que los usas a diario, pues gastas en calzoncillos la mitad de tu salario. ¡

Los errores de la rica


 Los errores de la rica

Las ricas cometen fallos, a veces a cualquier hora; así fue como le dijo la criada a su señora:

—Quiero que doble mi sueldo, no sea roñosa conmigo, que hago el trabajo muy bien... ¡Me lo dice su marido!

—No seas tan presuntuosa, si tanto sabes hacer, explícame las razones para poderte creer.

—Su marido en la empresa por todos es admirado, por lo limpio que camina y lo bien que va planchado.

La comida que yo guiso, él la termina el primero; siempre dice: "¡está muy rica!", y hasta se chupa los dedos.

Sus zapatos siempre brillan como el sol de relucientes; dice que mis manos frotan de formas muy diferentes.

Tengo muchas cualidades, me lo dijo esta mañana: que soy mejor que usted... ¡Y sobre todo en la cama!

—¡Pero qué mujer tan fresca! No lo puedo consentir. Por todo lo que has dicho te tengo que despedir.

—Eso le traerá problemas, tendrá que recapacitar; con todo lo que yo sé, la puedo chantajear.

Piénselo bien, mi señora, antes de entrar en esmero, que lo mismo opina el chofer, el jardinero y el fontanero.

El Tercer Tesoro


 


Posee dos hermosos pechos, cada uno apunta a un lado; será porque uno del otro está un poco separado.

Justo en medio de los dos, comenzó a brotar un grano; ella no le hacía caso, pues era entonces muy enano.

Pero aquello fue creciendo de una forma preocupante; se volvió en muy poco tiempo un tercer pecho al

El novio, que está flipando, va a un doctor en cirugía; le explica el raro fenómeno de tan extraña anomalía.

—Es un caso excepcional, pero se puede arreglar; analizaré a la joven para poderla operar.

—No se complique la vida, hay una mejor opción; quizás le resulte fácil hacer otra operación.

—Aquí el que paga es quien manda, diga usted lo que prefiere; exponga su pensamiento, pida lo que el alma quiere.

—Soy un ser muy sensible, sufro más que un enano. No quiero su operación, Mejor ponerme otra mano..

El joven mira al doctor con ojos de gran tunante: —Tener tres de esos tres tesoros es un premio fascinante 

El Médico y los Recortes


 

El Médico y los Recortes

Cariño, me siento rara, me duele mucho la cabeza. Tendré que llamar al médico, lo digo con gran certeza.

—Vete tranquilo al trabajo, me tomaré una aspirina. Y si con eso no basta, buscaré otra medicina.

El hombre se fue al "curro", trabajando siempre a destajo, pero por pensar en su esposa, volvió pronto del trabajo.

No era hora de llegar, siendo una hora tan temprana... y encontró a su mujer con el médico en la cama.

—¡Esto no es lo que parece! —gritó ella con soltura—. ¡Así comprueba mi mal y baja mi temperatura!

—¿Tú me quieres ver la cara o te sobra mucho rostro? ¿Cómo mide la fiebre sin usar el termómetro?

—¡Es que hay muchos recortes y no quedan materiales! Tenemos que apañarnos con recursos naturales.

Es este el mejor remedio: acostarse y "enchufarlo". Si pasa de los cuarenta, no tardaré en notarlo.

—Ya veo que hay mil recortes y os apañáis con poco... ¡Pero adaptarse a este método es para volverse loco!

—¡Déjate de tantas quejas y de "recursos" extraños! ¡Que este médico no cura... lo que cura son los daños!

El final del marido


 El final del marido

Desconsolada la mujer, no paraba de llorar. Todos quieren ayudarla, nadie la puede calmar.

Una desgracia muy grande es la que acaba de ocurrir: hace tan solo unas horas vio a su esposo partir.

Por eso la pobre llora, "era guapo y era fino", pero cayó en la tinaja donde guardaba su vino.

—¡Cuéntanos cómo ocurrió esa desgracia tremenda! Y deja ya de llorar, que eso ya no tiene enmienda.

—Pensaba limpiar la cuba, no hallaba la ocasión... y yo, para darle ánimos, ¡le di un fuerte empujón!

—¿Acaso fue una venganza por lo mal que te trataba? ¿Fue un momento de locura porque estabas desesperada?

—Yo le amaba con locura, él era un pobre infeliz. Se pasaba con el vino, pero en el fondo era feliz.

No me arrepiento del hecho, lo sigo y seguiré amando; ahora está donde le gusta... ¡Y allí seguirá disfrutando!

Ya no quiero entierro digno, ni caja de madera fina, que se quede allí guardado... ¡Así se me hace solera el vino!

Ahí no se deteriora. Se seguirá conservando. Con un trago por las noches... ¡Siempre lo iré catando!

El Toro y el Veterinario


 

El Toro y el Veterinario

En el pueblo había un toro, gran ejemplar semental, el amor de toda vaca que hubiera en el lugar.

Tenía muchos amores, sustento con demasía; se puso tan gordo el buey que la virilidad encogía.

Poco saben de animales, ni cómo solucionarlo; tuvieron que recurrir a Paco, el veterinario.

Este le mandó una dieta con pastilla milagrosa; bajó el toro cien kilos y se le estiró la cosa.

¡Eso sí es un semental! ¡Un toro de gran bandera! No hace falta repetir: acierta siempre a la primera.

Aquello fue un gran acierto, más bien una maravilla; todos piden al doctor esas cajas de pastillas.

Unas son para el burro, otras para algún caballo; unas pocas al' conejo, muchas otras para el gallo.

Fue toda una revolución, un bendito descubrimiento; y en unos pocos de años el pueblo fue en aumento.

Cambió el estilo de vida, ya no quedan animales; solo quedan los abuelos... ¡Pero con menos males!

Paco, el veterinario, se ha hecho el hombre más rico; pues receta a los abuelos lo que antes daba al bicho.

Hacer el amor sin casarse


 Hacer el amor sin casarse

Hacer el amor sin casarse, tarea muy complicada; la mujer, en otros tiempos, andaba muy asustada.

Con los cuentos de la abuela, los consejos de la madre, amenazas de los hermanos y los golpes de su padre.

La Iglesia con sus pecados, el cura con sus sermones, penitencias impuestas al hacer las confesiones.

Usando bragas de lino, rozando sus zonas tiernas, difícil tenerlas juntas... ¡Se separaban las piernas!

El pecado era más grave si la mujer se tumbaba; era un pecado mortal que nunca se perdonaba.

El hacerlo estando en pie parecía menor pecado; existía la creencia de no quedar en estado.

Con esa postura y faldas se hacía bastante mal, pero era menos castigado al ser pecado venial.

Si no mostraba entusiasmo, y además no se movía, le servía de disculpa no saber lo que hacía.

Y así pasaban los años, entre rezos y temores, guardando bajo la falda sus más ocultos amores.

El Emigrante y el Suegro


 El Emigrante y el Suegro

Una historia muy curiosa de un joven que fue emigrante. Su padre era un aldeano al que creían ignorante.

Salió a buscar la fortuna, solo piensa en regresar. Su novia quedó en el pueblo, no la puede ni olvidar.

Por no perder aquel amor, no mira a otras mujeres. Y autoriza así a su padre: ¡Que le case por poderes!

Ella quiere pronto un niño, lo comenta con el suegro. —¡No te preocupes, mi hija, que yo rápido lo arreglo!—

Le comunica a su hijo el deseo de su mujer: —Si mandas algo de semen, se podrá hacer el deber.—

El hijo no imaginaba tan sencilla solución; por si acaso no llegará, mandó doble la ración.

Pero el padre, que es tacaño, busca el modo más barato: pone una gota en su miembro y le mete aquel aparato.

Nunca se acabó la muestra, ella queda embarazada. Da las gracias a su suegro, él responde: —¡De nada!—

Cuando regresó el marido, ya tenía dos mocitos. ¡Se parecían al abuelo, eran sus vivos retratos!

El marido está orgulloso, de sus hijos y su suerte, ¡sin saber que el "superabuelo" usó un método más fuerte!

Retratos de la Mili


 Retratos de la Mili

Toca recordar la mili, con sus horas tan vacías; me las pasaba escribiendo a chicas desconocidas.

Entre todos los reclutas había camaradería, cambiando fotos y señas de mozas que conocían.

Y así, alguna picaba, tal vez por curiosidad; tras un cruce de palabras nacía una amistad.

Qué fácil jurar amor en un simple papelito, firmando falsas promesas a un rostro desconocido.

Pero el mundo da mil vueltas, a veces es pequeñito: me encontré en un trabajo a una que le había escrito.

Al escuchar mi apellido, se acercó a investigar; puso cara de asombro y no dejaba de mirar.

Me temblaban las rodillas, el corazón me latía, al ver que aquella muchacha era la que yo quería.

Hice promesas por carta al ponerme a escribir, pero al tenerla delante... no las podía cumplir.

No supe reaccionar, no estaba preparado; era "mucha" mujer la que tenía a mi lado.

Nos dimos solo un abrazo, dos besos y un apretón; se me trabó la lengua, faltó la respiración.

Al llegar el día siguiente, ya no fui ni a trabajar; era tanta la abundancia que no la supe afrontar.

Hoy lo evoco arrepentido: ¡Fui demasiado zoquete! Con el hambre que pasaba... ¡Y rechazar tal banquete!

Vicios de lengua y plaza


 Vicios de lengua y plaza

En esto de los defectos, todo se ha vuelto moderno; antes solo criticaban al del pueblo de al lado, el eterno.

Los hombres, unos borrachos; ellas, guarras de cojones. No sabían ni zurcir, ni remendar pantalones.

A la hija de Anastasia le crece la tripa y el pecho. Nadie conoce a su novio: ¿quién coño se lo habrá hecho?

¿Y qué pensar de Cipriano? Es un chorizo y ladrón: no cría ni un solo gorrino y siempre come jamón.

Si pasamos a mujeres, ya me diréis de Maruja: viste bien y no hay dinero, ¡esa es una puta bruja!

Y la hija, la Tomasa, que a Madrid se fue a servir... que anda metida en mala vida, ya se veía venir.

No es como aquella Pilar, esa sí fue espabilada: se lio con un "pez gordo" y ya no está de criada.

Acordaos del Ciruelo, que siempre andaba de culo; hoy vive sin trabajar... estará haciendo de chulo.

Casi nadie en este mundo se libra del cotilleo: unas por ser muy hermosas, otros por ser muy feos.

Esos chismes de los pueblos, de aquellas gentes de antaño, quizás por su ignorancia a muchos hicieron daño.

Perdonaremos a todos, pues se debían entretener: no tenían televisión y muchos no sabían leer.

Cambiamos el banco del pueblo por el móvil y la pantalla, pero el vicio de la lengua... ese nunca se nos calla.

Encrucijada de Luces


 

Encrucijada de Luces

Estoy en una encrucijada, a veces no sé qué hacer; tengo la luz apagada, temo tener que encender.

Unos nos recomiendan el ahorro de energía, otros, en su ciudad, la encienden noche y día.

No sé a quién hacer caso, me tienen hasta el gorro: viendo tanta luz prendida... ¿Dónde coño está el ahorro?

Unos con otros compiten por iluminar ciudades, con millones de bombillas en enormes cantidades.

La Navidad se adelanta cada año un poco más; terminará siendo siempre todo el año Navidad.

El que no tenga dinero se tendrá que conformar: no encenderá ni la luz cuando vaya a orinar.

Hacer el amor a oscuras o bien hacerlo de día; imposible por la noche si no tiene puntería.

Y el de la tercera edad, con la próstata dañada, tendrá la cuña en la cama para soltar la meada.

Al lanzar una campaña, como nunca están de acuerdo, vuelven loco al más pintado... ¡Aunque estuviera muy cuerdo!

Así que apaga la vela, no gastes en tonterías, que mientras ellos festejan... ¡Tú pagas las averías!



Dos amigas muy amigas


 Dos amigas muy amigas

Dos amigas muy amigas, de amistad de muchos años, se vuelven a saludar tras superar mil desengaños.

—¡Qué alegría me da verte! Estás lozana y hermosa. A pesar de tus setenta, te veo como una rosa.

En cambio, fíjate en mí, estoy muy estropeada. Desde que perdí al marido, ya no valgo para nada.

Me contarás tus secretos, a ver si copio tu norma. Ya intenté ir al gimnasio para mantenerme en forma.

—El secreto es muy sencillo, tienes que ponerte al día: como sobran tantos hombres, ¡tírate uno cada día!

Eso es lo que yo hago para mantenerme activa. Cada día cambio de mozo, me va muy bien en la vida.

—¡María, qué cosas dices! Desde que murió el marido, jamás lo volví a catar, ¡está más seco que un higo!

—Lo nuestro es un manantial y precisa de cuidados. Si no le quitas la broza, se terminará secando.

Como ves es muy sencillo, procura tenerlo en cuenta. Siempre estará en su punto... ¡Usando buena herramienta!

Recordando mi juventud





Cuando aprendía a bailar, entre madres muy cotillas, me solía cabrear con sus malas miradas fijas.

El baile se celebraba en la plaza de los toros; las madres, allí sentadas, tenían crítica para todos.

Lejos de mi familia, siendo yo allí un emigrante, al pedir baile a una chica no ponían buen semblante.

Nadie me daba apoyo por venir de otro lugar; como si fuera un bicho, me querían rechazar.

Eran todas unas brujas, no las podía aguantar; no dejaban a sus hijas un momento disfrutar.

Así ninguna picaba, estaban todas muy moscas; siempre decían que no, y no me comía una rosca.

Esas madres protectoras no hacían la reflexión: que a ellas les gustó el baile y también un apretón.

De aquel pueblo me marché, me vine a la capital; aquí no había cotillas y aprendí, por fin, a bailar.

Sin esas protectoras ni miradas acechando, la ocasión se aprovechaba... ¡Al! ¡Menos de vez en cuando!
Fue difícil aquel tiempo siendo un bicho en el lugar, pero el destino me puso donde sí pude brillar.


E

martes, 20 de enero de 2026

Primeros auxilios fatales

Primeros auxilios fatales

Un joven se desmayó por una fuerte impresión: al ver a su amor con otro, se le partió el corazón.

Ocurrió en plena calle, la gente corre que corre; pasan todos por su lado, pero nadie le socorre.

Solo una amable abuela —de las que quedan ya pocas— puso todo su entusiasmo para hacerle el boca a boca.

No reaccionó con aquello; la anciana, con gran coraje, decidió luego desnudarle para darle un buen masaje.

Con sus manos ya cansadas le empieza a masajear, pero al tener poca fuerza no le hace reaccionar.

Se sube encima del chico y con el cuerpo frotando, ayudada por sus manos, él ya va reaccionando.

La octogenaria, contenta, da unos saltos de alegría; sigue con él sube y baja, cree que salvó una vida.

El joven, al verla encima, piensa que le están violando; no se lo puede creer y termina agonizando.

Desenlace inesperado: ella queda frustrada, le da un ataque al corazón y muere a él abrazada.

Es una triste historia de "amor" y de ternura: la de un burlado Romeo y una Julieta madura.

Y así termina el romance de aquel encuentro fatal: un joven muerto de susto y una abuela sin rival.


El dilema del tatuaje.


 El dilema del tatuaje

Quiere hacerse un tatuaje, duda cuál será el mejor. Como no lo tiene claro, pide opinión a su amor.

El novio le recomienda que se pinte un corazón, con las iniciales de ambos, para reforzar la unión.

En los tiempos que corren, eso es muy arriesgado: muchos amores terminan antes de haber empezado.

Pregunta a sus amigas, ¿qué consejos le darán? "Un día te pones Pedro, y al otro te pones Juan".

Lo ve todo anticuado, ella quiere renovar; como es una mujer moderna, no deja de cavilar.

Ponerse uno permanente le parece algo pasado; además de estar muy visto, sale bastante caro.

Indecisa se encuentra, a todo le ve un defecto; lo deja para más tarde y abandona el proyecto.

Al año se decidió, por un método más fino, lo cambia todos los días, por pegatinas del chino.


La receta del doctor.


La receta del doctor

Padece una depresión, ya lleva una temporada. No mira ni a su mujer, no le apetece hacer nada.

 Al médico no quiere ir, dice que son matasanos, que solo es algo pasajero, ¡que él se encuentra muy sano!

Pero el mal no se le pasa, y sigue siempre empeorando; su mujer no lo soporta, todo el día regañando.

Ella, que no aguanta más, pide cita con el doctor, y el médico recomienda: «¡Que haga mucho más el amor!».

«Ese mal desaparecerá, tendrá cara de alegría; se irá toda depresión, si lo hace cada día».

Se lo cuenta a su mujer, que da saltos de alegría: ¡no se acostaban en serio desde hacía mil quinientos días!

Ella prepara las sábanas con un perfume de flores, esperando que el marido recupere sus ardores.

«Vayamos pronto a la cama, tú debajo y yo aquí encima, me moveré con esmero para darte la medicina».

«Lee antes la receta, que lo dice bien grabado: no usar remedio casero, ni producto caducado».

«Si el mío está caducado y la tuya es una molleja... ¡Para que esto funcione bien hay que cambiar de pareja!».

La Tomasa y el Novio Burlado

 


La Tomasa y el Novio Burlado

Tenía novia en el pueblo, era la hermosa Tomasa. Cuatro años de noviazgo, sin entrar nunca en su casa.

Época de dificultades, de secretos amoríos. Solo se "pillaba" algo, en lugares escondidos.

Entre escobas y entre espinos, con mil y una zarandajas, si la llevaba al pajar... la delataban las pajas.

Un día estaba impaciente, con mil ganas de jarana. Le pidió entrar en su casa, para verla en su cama.

—No seas tan impaciente, ni te canses de esperar, la noche que no haya nadie, yo te dejaré entrar.

Llegó la noche soñada, se lo dijo esa mañana: —Tienes el camino libre, pero entra por la ventana.

Es la que mira hacia el huerto, yo la dejaré entreabierta. No te verán los vecinos, olvídate de la puerta.

La Tomasa no aparece, él se siente un pobre lelo. Seguro que no le quiere y le está tomando el pelo.

De tanto estar esperando, se le quitaron las ganas. Y para dejar su huella... ¡Va y se mea en la cama!

Soñó con mil posiciones, en su cama se acostó. Pasó la noche solito, pero al fin descansó.

Al llegar la luz del día, la Tomasa regresó. ¡Vaya susto, se pegaría con el charco que encontró!

La burra, el vino y el mal marido


 

La burra, el vino y el mal marido

Dedicado a Judit, por compartir esta desternillante historia de su padre.

—¡Marido, coge la burra, lleva el grano hasta el molino! Tráelo pronto y bien molido, pero no te lleves vino.

Cargó el trigo sobre el lomo, con cuidado y con medida, más llenó la bota en sombras y se la llevó a escondidas.

El molino era de agua y molía lentamente; él, pegando picotazos, fue nublando su mente.

Terminada la molienda, se sintió algo mareado; el regreso es cuesta arriba, largo y muy empinado.

Están cansados los dos, mucho les cuesta subir; se paran en el camino a descansar y dormir.

Allí quedaron postrados en una falsa armonía, hasta que se hizo muy tarde y salió a buscarlos la  tía Bernardina.

Fáciles de localizar, conociendo el recorrido: abrazado con la burra, así encontró al marido.

—¡Vaya par de sinvergüenzas, durmiendo como benditos! ¡Tú te quedas con la burra y yo me llevo el saquito!

El truco del acelerón


 

El truco del acelerón

De joven compré una moto con la intención de ligar, y si el amor no surgía... me servía para pasear.

Una Vespa en los sesenta, no de estas tan modernas; las chicas usaban faldas y no separaban piernas.

Les pedía que se agarraran, que tuvieran mucho cuidado, que se subieran la falda y no sentaran de lado.

¡Cómo disfrutaba yo! Con sus manos en mi espalda, más si la chica era hermosa y usaba la minifalda.

Pocas veces lo lograba, era gente recatada; la mujer en esos tiempos estaba poco lanzada.

Si ella no se sujetaba el paseo no era chulo: acelerando más fuerte se podía caer de culo.

Eso ocurrió alguna vez por no ir bien agarrada; si se volvía a montar... ¡Entonces sí se apretaba!

A veces me lo decían: «Eres un poco cabrón, para que yo me cayera diste un fuerte acelerón».

«Yo no soy el culpable, las reglas no has cumplido; de haberte apretado fuerte no te habrías caído».

«Eso es lo que tú quieres: que yo te apriete con ganas. ¡No pidas que monte más, ni me verás la semana!».

No todo eran fracasos, algunas daban paseos, unas pocas caricias y algunos besuqueos.

Si intentabas algo más te podías llevar un fiasco; había mucho miedo entonces... ¡Y a viajar siempre sin casco!

Tiempos de mi juventud que ya no van a volver; ¡qué difícil era entonces conquistar a una mujer!

Que me quiten lo bailado, los sustos y los paseos, que en mi Vespa se quedaron mis mejores devaneos.



El Viaje de Negocios


 

El Viaje de Negocios

—¿Cariño? Cuánto te quiero, me ausento de mala gana. Por motivos de negocios, estaré fuera una semana.

—No te preocupes, mi amor, que yo te estaré esperando. Seguro que ni dormiré, me la pasaré rezando.

Es la primera separación desde que están casados. Será la prueba de fuego para dos enamorados.

—No lo pases mal, mi vida, te llamaré a diario. Como me encontraré solo, me haré algún solitario.

Al fin pasó la semana, regresa rápidamente. Recuperará en una noche todo lo que estuvo ausente.

Con tabiques de pladur se transmiten los gemidos. El vecino de al lado escucha todos los ruidos.

Da golpes en la pared, ellos no quieren oír. El hombre no aguanta más que no le dejen dormir.

Ellos siguen a su bola, ignorando al tal cotilla: «Es viudo y está muy solo, seguro que siente envidia».

Está hasta los cojones, se encuentra muy cabreado. Hace un agujero al muro para así ser escuchado:

—¡Me da igual que hoy celebre que ya terminó el calvario! ¡Pero explique qué "rezos" eran los que oía yo a diario... mientras usted hacía el solitario!


La Chica de Almohada



La Chica de Almohada

Muchos años de patrona, muchos años de recuerdos. Algunos ya se olvidaron, de otros tantos aún me acuerdo.

Solo alquilaban la cama, sin derecho a compartir; si me salía un ligue, no sabía a dónde ir.

Con tanta prohibición se nubló mi pensamiento. Y siempre estaba tramando cómo darle un escarmiento.

Con una vieja almohada le inventé una peluca; me fabriqué una chica que quedó la mar de cuca.

A la hora de hospedarme, me hice mucho el remolón, esperando a la patrona para hacer la habitación.

Al verme allí bien abrazado a chica tan cojonuda, salió espantada del cuarto pregonando voz de ayuda.

Juntó a varias vecinas, armó un tremendo follón. Armadas hasta los dientes, entraron a la habitación.

—¡Que esa chica se levante! ¡Usted es un pervertido! Prepare ya su maleta, ¡esto no es permitido!

Me levanté de la cama con "la chica" bien sujeta. No saben ni qué decir, se quedaron boquiabiertas.

Se dan cuenta del engaño y miran a mi patrona. A todas les da la risa festejando así la broma.

La mujer me apreciaba, de su casa no me echó; admitió no estar al loro y el enfado se pasó.

Hoy recuerdo aquella historia y su cara de impresión. ¡Qué buenos tiempos, aquellos de almohada y de habitación!

Coplas del recluta


 

Coplas del recluta

No quería hacer la mili, ni tampoco fregar ollas; quiso pasar por inútil y se hizo el gilipollas.

Uno se podía librar si tenía los pies planos, si acaso estaba muy ciego o si llegaba a ser enano.

Solo le queda una opción: que le borren de la lista. Para que eso suceda, dice ser corto de vista.

Le hacen todas las pruebas, él solo sabe decir: —Todo lo veo borroso, no lo puedo distinguir.

Se presenta una enfermera con una falda muy corta; le pregunta si es mujer, él dice: —No veo ni torta.

—Veo así como un bulto, me parece como un oso; también puede ser un burro, lo veo todo borroso.

Se desnuda la enfermera, casi en pelota picada; el tío sigue insistiendo: —¡Es que no distingo nada!

—Bájese los pantalones, esta prueba es infalible; nos dirá si es que no ve o se le fundió un fusible.

Al bajar los pantalones, se tuvieron que apartar: tenía el arma montada, a punto de disparar.

Esa prueba tan sencilla no la pudo superar; tuvo que hacer la mili y no se pudo librar.

Así termina la historia de aquel recluta tunante: juró que no veía nada... ¡Y se delató al instante!

El Currículum y el Banquete


 

El Currículum y el Banquete

En su vida fue ejemplar, cumplió los mandamientos; quiere, al llegar al cielo, no hallar impedimentos.

Así, al llegar a la gloria, ¿San Pedro dice «adelante»? —Ya leí tu currículum, la verdad, es impresionante.

—Si algo tú necesitas, pídemelo sin dudar. Hiciste mil sacrificios, nada te puedo negar.

—Todo lo veo muy bien, ya sé que esto es eterno; más quisiera visitar, un día de estos, el infierno.

—Te concedo un día libre para que puedas bajar. Regresa antes de las ocho, o te quedas sin cenar.

¡Por qué tanto sacrificio! ¡Cómo pudo tener miedo! Lo que contempla allí abajo es un puro cachondeo.

A la hora de la comida, es uno el que se sirve. No importa el horario, ¡allí hay bufé libre!

Hay licores de todo tipo, bebes lo que tú quieras. Nadie se mete con nadie, aunque pillen borracheras.

El amor allí es libre, nada está prohibido. Los cuernos los luce el diablo, ¡nunca los luce el marido!

Si el infierno es así, el cielo será mejor... Creyó que en el abismo lo pasarían peor.

Regresa para la cena: la primera decepción. Unos sándwiches muy fríos, con poco queso y jamón.

—Esta cena es una caca y carece de primero. San Pedro le contesta: —Para cuatro que aquí somos, no ponemos cocinero.

El hombre quedó asombrado, mirando su plato vacío: —¡Si quieres fiesta y banquete, vete al infierno, hijo mío!


Confidencias entre café y flores


 

Confidencias entre café y flores

Dos mujeres se reúnen, más que nada, a cotillear. Como ambas están casadas, tienen mucho que contar.

Los maridos siempre son tema de conversación; como ninguno es perfecto, les divierte la ocasión.

—¿Cómo vas con tu marido? Dicen que habéis discutido. —Nos pasa de vez en cuando, pero ya se ha convencido.

—Estoy de acuerdo contigo, no hay hombre que sea perfecto; con el tiempo te das cuenta de que todos tienen defectos.

—Ayer reñí con el mío, hoy volvió con mil colores, diciendo que me quería: ¡el amor de sus amores!

Al pasarse ya el enfado, nos entraron muchas ganas; puse en agua aquel ramo y volamos a la cama.

—El mío no es detallista, es más bien un desabrido, pero haciendo bien el amor... ¡No hay queja de mi marido!

Dos cosas son necesarias para arreglar desamores: saber usar la herramienta y acompañarla con flores.

Se miraron sonrientes, con el café ya acabado: con flores y buen empeño, el marido está arreglado.


El parto en el taxi Para e


 

El parto en el taxi

Para el taxi una pareja, la mujer, tripa hinchada; con lágrimas en los ojos, la cara muy colorada.

El hombre sale corriendo, tarda mucho en venir. La mujer se lamenta: está a punto de parir.

Al cuarto de hora aparece con total tranquilidad: —Llamé a toda mi familia, les conté la novedad.

—¡Taxista, vaya deprisa, que ya lo siento venir! —Mujer, cierra las piernas y no lo dejes salir.

—Ni caso a mi mujer, tú conduce muy prudente. Esta mujer, como todas, siempre es una impaciente.

No sé a quién hacer caso, ¡me puede dar un infarto! Estoy sufriendo yo más que si estuviera de parto.

Al fin llego al hospital, ya la bajan con la silla. Asoma ya la cabeza, la llevan en la camilla.

Él tarda mucho en pagar, dice: —¡Qué exagerada! Tiene muy poquito aguante, se queja siempre por nada.

Yo me libré por un pelo de tener que ser partero. El tío siguió tan tranquilo... ¡Y eso que era el primero!

El Recuerdo del Vaticano


 

El Recuerdo del Vaticano

En su luna de miel, eligen el Vaticano, por ser un lugar sagrado y con más calor humano.

Su madre, muy católica, les pide un recordatorio; una cosa muy sencilla, como cualquier abalorio.

Regresan y, al recordarlo, llega la gran cagada: la madre está esperando y no le compraron nada.

—Ahora te doy el recuerdo, es pequeño y muy discreto. Más tengo que ir al baño, que me está dando un aprieto.

Está meando y pensando qué se le puede ocurrir, qué regalarle a la madre y de ese apuro salir.

Pelos tiene de sobra, "ellos valdrán de recuerdo". Se arrancará unos pocos: dirá que son de San Pedro.

Se los entrega a su madre, que no logra comprender de dónde son esos pelos ni para qué pueden valer.

—Madre, no seas inculta, ¡esto es un gran recuerdo! Esos pelos pertenecen a los huevos de San Pedro.

—Perdón por mi ignorancia, ahora lo entiendo mejor. Sí que huelen a pescado... ¡San Pedro fue pescador!

¡Qué regalo tan sencillo para salir del apuro! La madre quedó contenta y él... sin gastar ni un duro.

La madre guarda el tesoro, con devoción y con celo. ¡Y hasta le reza un rosario, a cada punta de pelo!


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La Medicina de la Vecina


 

La Medicina de la Vecina

Va a la farmacia a comprar una simple medicina, y allí, por casualidad, se encuentra con la vecina.

Gozan de buena salud, a los dos les hace gracia; se ponen a comentar por qué van a la farmacia.

Los dos buscan un calmante, fuerte, de relajación, pues llevan odio en el cuerpo por culpa de una traición.

«Mi marido es un cabrón, me pone bien los cuernos; le odio con toda mi alma, sin pastillas yo no duermo».

«A mí me pasa lo mismo, me engaña también mi mujer; esto clama una venganza, lo pienso y no sé qué hacer».

«Es la misma situación, olvidemos la añoranza; vayamos juntos a un hotel, cumplamos con la venganza».

Lógica proposición: «¡Que se salve el que más pueda! Que a ellos les den por saco, paguemos con su moneda».

Han pasado veinte años, su odio siguen tratando; esa enfermedad crónica... la curan de vez en cuando.

Siguen yendo a aquel hotel, con la misma medicina; ¡qué bendita la traición, que le unió con la vecina!

El crecimiento imprevisto

El crecimiento imprevisto.

Le están creciendo los pechos, una cosa exagerada. Todas las noches los mira, está muy preocupada.

Hace apenas quince días que se los fue a comprar: estrenó sujetadores y ya no los puede usar.

De muchos caprichos pasa, al menos de vez en cuando; a pesar de sus esfuerzos, ellos siguen engordando.

Al médico va muy poco, en contadas ocasiones; le da muchísima vergüenza enseñarle los melones.

Lo comenta con una amiga que tiene su misma edad; comparando ambos pechos, ella tiene la mitad.

No estaba preparada para un cambio tan tremendo; si le dicen que es normal, cree que le están mintiendo.

Al año la ve un amigo y no lo puede creer: que en un periodo tan corto tanto le puedan crecer.

Ante un cambio de tal talla, no lo puede remediar; él le pide, por favor, que se las deje tocar.

Ella accede a su petición, pero advierte una cosa: cree que es enfermedad, y además muy contagiosa.

—Llevas toda la razón, ¡rápido me has contagiado! Solo de tocar tus tetas, se me ha puesto... muy hinchado.

Ella se quedó asombrada, de ver tal inflamación, pensando que el pobre amigo, se moría de infección.


Contrastes del Tiempo


 

Contrastes del Tiempo

En épocas de juventud se hablaba de chicas finas; hoy, en la tercera edad, hablamos de medicinas.

Se presumía, y con ganas, de hacer muy bien el amor; ahora presume más el que tiene más dolor.

Triunfaba aquel que tenía más arrestos y cojones; hoy se lleva la medalla quien suma más operaciones.

De aquellas grandes comidas y de tener la tripa llena, pasamos a comer poco: solo un yogur de cena.

De tomarse unos cubatas que bien se podían beber, a un vasito de agua sola a la hora de comer.

De beber veinte cervezas y no tener que mear, a beber solo una caña... y ya para de contar.

De añorar el tiempo libre para salir a por conejos, a usar el tiempo que sobra contando historias de viejos.

De tener una aventura cada noche, siempre amando, al perpetuo mal humor de vivir siempre regañando.

Por si esto fuera poco, lo acaban de arreglar: sin poder salir de casa, ni siquiera a pasear.

Que la vida se nos pasa entre queja y decepción, ¡quién pillara aquellos años de alegría y de pasión!

El Milagro del Panteón


 

El Milagro del Panteón

Viuda quedó la mujer, no paraba de pensar, qué cosa podría hacer para hacerlo resucitar.

Encargó cincuenta misas, no le sirvieron de nada. Entre llanto y sin sonrisas, vivía desesperada.

A los santos recurrió, les pidió con devoción: si pecados cometió, que obtuvieran el perdón.

"Era demasiado joven para llevarlo hasta el cielo", dice a quienes la oyen, sumida en su desconsuelo.

Ya agotadas sus fuerzas, sin saber a quién llamar, por caminos y por fuerzas fue al panteón a rezar.

Esa conducta tan rara no pasó desapercibida, y aunque nadie se lo aclara, dicen que está "medio ida".

La espían por la noche, ven que después de rezar, sin pudor y sin reproche, se pone allí mismo a mear.

Asombrados le preguntan: "¿Por qué vas allí a mear?". Y sus razones se juntan: "¡A ver si al verme el 'pepe', se anima a resucitar!".

Y allí sigue la mujer, esperando el movimiento, por si el muerto, al ver tal "bien", sale de su enterramiento.


La sombra del roble


 

La sombra del roble

Bajo la sombra de un roble, era una época dura, era una época pobre.

Nacer tan extrañamente le otorgó gran fortaleza; creció siempre saludable, como la naturaleza.

Al llegar la madurez, se puso fuerte y tetona. Como entonces se decía: ¡era una tía jamona!

Al cruzarse por la calle, todos bajaban la vista; no estaban acostumbrados, era algo nunca visto.

Al entrar en la iglesia, nadie le quitaba el ojo; a los santos más devotos se les salían los ojos.

Las mujeres criticaban que no era para tanto; «los hombres son muy tontos y ella no tiene encanto».

Tan grande era su belleza que a los hombres intimida; nadie solicita su amor, va muy sola por la vida.

Lo que toda mujer sueña para ella fue un infierno; en un pueblo tan atrasado tenían miedo a los cuernos.

Nació en esa época tonta, siendo siempre señalada; destacar tanto del resto no le sirvió para nada.

De niños jugamos juntos, de adultos fuimos «primos». De mozo me intimidaba... de abuelos hoy recordamos todo lo que nos perdimos.

Bajo aquel roble de niños, hoy descansa la memoria; de una mujer tan hermosa que se quedó sin historia.

El Zapato Caprichoso


El Zapato Caprichoso

Son amigas desde niñas, todo se lo cuentan ya, sus fracasos y aventuras, el cotilleo no falta jamás.

Los vi allí todos los días, y ayer me animé a entrar, obsesionada con ellos, los tenía que probar.

Algo nerviosa me puse, al empezar el intento, me costó mucho meterlo, ¡qué difícil el momento!

Me hacía daño la punta, en los lados me rozaba, una verdadera pena, porque ese sí me gustaba.

Como seguía empeñada, lo probé una vez más, pero al ponerme de pie, me hizo daño por detrás.

Tan justo me quedaba, que hasta gusto me daba, para disfrutar de aquello, allí me quedé sentada.

Me tuvieron que ayudar, tras pasar un mal rato, se acercó el dependiente, y desencajó el zapato.

—No vengas sin tus amigas, por ser tan presumida; la próxima te acompaño, que yo sé bien tu medida.

Desde entonces he aprendido, y no peco de imprudente: no me pruebo ni un zapato, si no viene el dependiente.