El truco del acelerón
De joven compré una moto con la intención de ligar, y si el amor no surgía... me servía para pasear.
Una Vespa en los sesenta, no de estas tan modernas; las chicas usaban faldas y no separaban piernas.
Les pedía que se agarraran, que tuvieran mucho cuidado, que se subieran la falda y no sentaran de lado.
¡Cómo disfrutaba yo! Con sus manos en mi espalda, más si la chica era hermosa y usaba la minifalda.
Pocas veces lo lograba, era gente recatada; la mujer en esos tiempos estaba poco lanzada.
Si ella no se sujetaba el paseo no era chulo: acelerando más fuerte se podía caer de culo.
Eso ocurrió alguna vez por no ir bien agarrada; si se volvía a montar... ¡Entonces sí se apretaba!
A veces me lo decían: «Eres un poco cabrón, para que yo me cayera diste un fuerte acelerón».
«Yo no soy el culpable, las reglas no has cumplido; de haberte apretado fuerte no te habrías caído».
«Eso es lo que tú quieres: que yo te apriete con ganas. ¡No pidas que monte más, ni me verás la semana!».
No todo eran fracasos, algunas daban paseos, unas pocas caricias y algunos besuqueos.
Si intentabas algo más te podías llevar un fiasco; había mucho miedo entonces... ¡Y a viajar siempre sin casco!
Tiempos de mi juventud que ya no van a volver; ¡qué difícil era entonces conquistar a una mujer!
Que me quiten lo bailado, los sustos y los paseos, que en mi Vespa se quedaron mis mejores devaneos.

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