El Milagro del Panteón
Viuda quedó la mujer, no paraba de pensar, qué cosa podría hacer para hacerlo resucitar.
Encargó cincuenta misas, no le sirvieron de nada. Entre llanto y sin sonrisas, vivía desesperada.
A los santos recurrió, les pidió con devoción: si pecados cometió, que obtuvieran el perdón.
"Era demasiado joven para llevarlo hasta el cielo", dice a quienes la oyen, sumida en su desconsuelo.
Ya agotadas sus fuerzas, sin saber a quién llamar, por caminos y por fuerzas fue al panteón a rezar.
Esa conducta tan rara no pasó desapercibida, y aunque nadie se lo aclara, dicen que está "medio ida".
La espían por la noche, ven que después de rezar, sin pudor y sin reproche, se pone allí mismo a mear.
Asombrados le preguntan: "¿Por qué vas allí a mear?". Y sus razones se juntan: "¡A ver si al verme el 'pepe', se anima a resucitar!".
Y allí sigue la mujer, esperando el movimiento, por si el muerto, al ver tal "bien", sale de su enterramiento.

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